ESTEBAN PAULÓN (*)

Hace un tiempo un amigo me dijo que el máximo acto de libertad de cualquier persona es poder decir NO. Y me quedé pensando, porque esa idea contrastaba con mi “sentido común” por el cual toda la vida pensé que la libertad consistía en un infinito “SÍ a todo”. Ese SÍ como un símbolo de “posibilidad”, de “poder hacer”, sin tener que pensar en las condicionalidades ni en las consecuencias de mis actos.

Poco tiempo después, coordinando un taller sobre Educación Sexual Integral en una institución de Educación media de una pequeña localidad santafesina, aquel debate volvió a aparecer frente a mi. Una de las participantes me contó lo mucho que le costó decir NO cuando algunas de sus compañeras la instaron a iniciarse en la vida sexual activa. “Deberías iniciarte con tu novio. Ya es tiempo, estás en edad de empezar” le habían repetido insistentemente sus compañeras. Pero ella no lo sentía. No lo deseaba. Y pudo desoír las presiones.

Cuando le pregunté cómo había logrado resistirse me contó que en su escuela primaria, cursando séptimo grado, había tenido una clase de Educación sexual integral en la que había aprendido que su cuerpo era un territorio propio, sobre el cual ella era la única que podía decidir. Decidir cuándo, decidir con quién, decidir de qué manera. En síntesis, ejercer su propia decisión libremente a partir de información basada en evidencia científica y en cumplimiento de la legislación vigente. Y aprender a decir NO.

Traigo esta historia a cuento porque se me vino automáticamente a la mente esta mañana cuando me encontré en redes con un video de Javier Milei que, en nombre de su idea errónea de libertad, prometía la urgente derogación de la ley de Educación Sexual Integral en caso de llegar a la presidencia.

En ese mismo video Milei propuso que ese tipo de educación debería quedar reservado a lo que cada familia desee impartir. Desconociendo incluso que la mayor parte de las situaciones de abuso y violencia suceden en esos mismos hogares a los cuales se quiere confiar la educación en sexualidad.

En síntesis su propuesta consiste en privar a millones de niñas, niños y adolescentes de las herramientas para poder decir NO. Y en caso de sufrir el avasallamiento de sus derechos, el abuso y la violencia sexual, poder denunciarlo y poner en evidencia a los responsables.

Pero parece que para el peluca es más importante repetir frases hechas y seguir a pie juntillas cada una de las lecciones que le da su asesor estrella en estas temáticas, el militante anti derechos Agustín Laje.

La idea que Javier y Agustín tienen sobre la libertad y la sexualidad no podría estar más errada. Atrasa décadas, desconoce el libre albedrío, la capacidad y la libertad individual de las personas (raro para quienes dicen ser libertarios, ¿no?) y perpetúa formas represivas y abusivas que han naturalizado, desde hace décadas, la violencia sexual hacia las niñas, niños y adolescentes y la discriminación sistemática hacia toda persona que no sea un varón cisgénero y heterosexual, que no comparta sus mismos rasgos de “superioridad.”

ESI PARA LA LIBERTAD

Más allá de las proclamas del “Bolsonaro argento”, es importante aclarar que la implementación de la ESI en nuestro país (bastante deficiente por cierto) se da en el marco del derecho que niñas, niños, niñes y adolescentes tienen a recibir educación sexual integral desde una perspectiva de los derechos humanos y la diversidad, todo ello bajo el paraguas de la Convención Internacional de los derechos de la infancia (que cuenta con rango Constitucional) y la ley de Protección a las infancias (26.061) que el Diputado, por un mínimo rasgo de responsabilidad, debería conocer.

Tal como ocurre con los disparatados argumentos de Milei, y de Laje, cotidianamente escuchamos versiones sobre lo que pasa en las escuelas cuando se habla de ESI. Desde que con la ESI se les enseña a masturbarse a les niñes de nivel inicial, hasta la obligatoriedad de “travestirse” o que tendrían para “experimentar” con el otro género. También se ha escuchado que la ESI busca “adoctrinar” acerca de las orientaciones sexuales de la diversidad y el aborto o el inicio temprano de las relaciones sexuales. Todo esto es falso.

Lejos de todo esto, la ESI busca promover otros valores. Lo que para algunas y algunos es “enseñar la masturbación”, en realidad es el conocimiento del propio cuerpo, como un territorio que debe ser respetado y no puede ser avasallado por nadie. Con estas nociones brindamos herramientas para la prevención del abuso sexual infantil.

Cuando se habla de “adoctrinar” con la diversidad sexual, o la supuesta “ideología de género”, en realidad hablamos de visibilizar todas las formas de familia, las diversas expresiones que asume la sexualidad, las desigualdades estructurales entre mujeres y varones, y el respeto a la diversidad humana en el amplio abanico que se presenta en la vida cotidiana, invitando a la no discriminación y a la inclusión efectiva, reconociéndonos diferentes y reconociendo el aporte que eso supone para la construcción de una sociedad plural y democrática.

Cuando la ESI aborda la libertad, la autonomía y el cuidado, está promoviendo relaciones libres de violencia física y sexual, vínculos sexuales o afectivos en los cuales lo que prime sea el consentimiento y el disfrute mutuo. Poder decidir cuándo, con quién y en qué forma ejercer la propia sexualidad, también es un derecho que debe ser preservado.

Para finalizar me gustaría compartirles que personalmente creo que la libertad es un valor tan preciado para nuestra sociedad - y condición sine qua non para garantizar la igualdad social - que llegó el momento de dar una batalla profunda para recuperarla de las manos de los grupos autoritarios, fascistas y reaccionarios que en toda nuestra región pretenden convencernos de que, en nombre de “su” idea de la libertad, vale la ley de la selva.

(*) Director del Instituto de Políticas Públicas lgbt+