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Una alternativa preocupante para Alemania

La extrema derecha cobra cada vez más poder mientras la estrella de Angela Merkel
se apaga sin sucesores fiables a la vista.

Pasaron 75 años desde que finalizó la Segunda Guerra Mundial y el Nazismo fue vencido y exonerado del poder. Desde aquel momento, Alemania adoptó un compromiso ético de no repetir ese pasado que mancilló su historia. Sin embargo, ese mismo pasado que parecía haber quedado atrás golpea la puerta del presente.

La semana pasada, Thomas Kemmerich, un político liberal prácticamente desconocido, fue elegido como jefe del gobierno estatal de Turingia gracias al apoyo del partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD por su sigla en alemán). Si bien no se lo puede calificar como partido neonazi, es cierto que sectores afines al neonazismo engrosan las filas de AfD. Surgió hace siete años con una propuesta de oposición a la zona euro, en la que entendía que Alemania desperdiciaba sus recursos para subsidiar a los países más pobres de la Unión Europea (UE). Sin embargo, su ideología rápidamente se convirtió en anti. Está en contra de la UE, del Islam, de los inmigrantes y de los refugiados, entre otras cosas. AfD se asemeja al resto de las agrupaciones de ultraderecha emergentes en Europa como la de Holanda y la de Francia, las cuales despiertan preocupación, pero con el agravante de que el peso simbólico de Alemania es mayor por tratarse del país que albergó a la más cruenta forma de fascismo registrada hasta la fecha. Quizás el elemento más preocupante que aporta AfD a la actualidad alemana es su islamofobia, la cual concluye por hacerle el caldo gordo al terrorismo fundamentalista que acusa a Occidente de pretender destruir al Islam. Ambos extremos se retroalimentan y terminan por justificar en el imaginario de los sectores más redicalizados la existencia del otro.

Lo sucedido en Turingia, un hecho aparentemente anodino, hizo crujir al sistema político germano y provocó el fin del sueño de Angela Merkel de finalizar su mandato con una transición serena que depositara el poder en la sucesora por ella elegida, Annegret Kramp-Karrenbauer. El problema fue que la Unión Cristianodemócrata (CDU), el partido de la propia canciller, votó alineado con liberales y ultraderechistas. Esa votación causó indignación en todo el país, y miles de alemanes salieron a protestar a las calles. Porque el modo en el que se produjo la elección de Kemmerich rompió la barrera de contención que los partidos políticos tradicionales le habían impuesto al partido de extrema derecha.

Ningún dirigente estatal había asumido hasta entonces el cargo con el apoyo de AfD. Apenas tres días después de ser electo y, ante el revuelo causado, Kemmerich renunció a su cargo y ahora se espera que se lleven a cabo nuevas elecciones en el Estado. Sin embargo, el daño ya está hecho.

De a poco

¿Cómo se llega a las crisis más severas? De a poco. Si se tratara de algo grosero que sucede de un momento a otro, todo el mundo lo advertiría fácilmente y reclamaría medidas inmediatas. Las multitudes indignadas en Alemania por los acuerdos entre cúpulas partidarias, constituyen ya una reacción tardía. AfD tuvo personería política para participar, pese a su programa y a su discurso. Pudo competir legalmente en elecciones.

Pudo acceder a la representación parlamentaria. Pudo convertirse en el primer partido de la oposición. Y ahora pudo coaligarse para formar gobierno en un Estado. El sistema político habilitó por acción o por omisión a AfD para que llegara hasta este presente y es muy probable que no pueda contener su avance futuro.

En 1930, pese a perder las elecciones generales, Adolf Hitler no se encontraba en absoluto desairado. Escribió: Nuestro mayor éxito lo tuvimos en Turingia. Allí somos el partido más importante. Los partidos en Turingia que intentan formar un gobierno no pueden asegurar una mayoría sin nuestra cooperación. El Estado en cuestión era el mismo, Turingia.

Que la extrema derecha haya crecido hasta ejercer semejante influencia, que un partido político dominante como el liberal aceptara su apoyo y que la CDU de Merkel se alineara con ellos es para muchos en Alemania una fuente de temor, vergüenza y un mal augurio. La reacción de Merkel no se hizo esperar. Reprendió duramente a los políticos regionales de su propio partido que, al votar por Kemmerich, suscitaron acusaciones de que -al menos localmente- la CDU estaba lista para romper la promesa de nunca unir fuerzas con la extrema derecha. Fue un mal día para la democracia, un día que rompió con la larga y orgullosa tradición de los valores de la CDU. Esto no está en línea con lo que la CDU piensa, con cómo hemos actuado durante la existencia de nuestro partido, expresó la canciller. El problema es que Merkel está en su ocaso y -al parecer- no dejará sucesores.

Onda expansiva 

Las consecuencias de lo ocurrido en Turingia fueron más allá de las declaraciones, las protestas y la renuncia de Kemmerich y sus efectos finales están aún por verse. La ruptura de la barrera de contención a la ultraderecha se cobró una víctima del primer nivel, nada más y nada menos que la presidente de la CDU y quien ostentaba el sitio de heredera cantada de Merkel, Annegret Kramp-Karrenbauer, quien se mostró incapaz de controlar a los sectores más reaccionarios de su propio partido.

Tras lo sucedido en Turingia, Kramp-Karrenbauer anunció que no competirá en las elecciones parlamentarias que determinarán quién sucederá a Angela Merkel. Luego de 15 años de gobierno, la canciller anunció el año pasado que renunciará en 2021 y convocará a elecciones parlamentarias en una fecha anterior al 24 de octubre.

El problema que acusa la CDU es que no encuentra la manera de recuperar a los votantes atraídos por el extremismo xenófobo que propone AfD, cuya popularidad ha crecido en los últimos años, y ante el crecimiento de un progresismo distinto al del socialismo tradicional, de la mano del Partido Verde.

Por su parte, AfD cuenta con 89 escaños en la cámara baja del parlamento sobre un total de 709, lo que lo convierte en el mayor partido opositor. Si se observa su performance en las últimas elecciones, la tendencia es al crecimiento. Su presencia en el parlamento ha vulgarizado los debates legislativos. Sus campañas centradas en la migración irregular y la identidad nacional han esmerilado los tabúes alemanes respecto de los peligros del extremismo y el pasado nazi y desplazaron la política hacia la derecha. AfD encontró un terreno electoral especialmente fértil en el este del país, que aún acusa el retraso de la época comunista. Justamente en Turingia, el partido duplicó sus votos en las elecciones regionales del año pasado.

Se avecinan tiempos turbulentos para la política alemana. Lo que comenzó como una elección regional en apariencia intrascendente se convirtió en una demostración del poder de la extrema derecha para causar caos político en el país más poderoso de Europa. Lo que ocurre en Alemania siempre impacta en el resto de contente y especialmente en la Unión Europea, el bloque comercial más grande del mundo.

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