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¿Qué futuro nos espera después de la pandemia?

Analistas y filósofos de distintas vertientes coinciden en que el mundo cambiará tras el Covid-
19. Pero mantienen divergencias a propósito de la dirección que adoptará

Zizek (Foto: EFE)

Mientras los líderes globales reaccionan de maneras diversas ante la pandemia y hay oscilaciones notorias entre cuarentenas totales y la negación de la gravedad del virus, crecen los debates entre pensadores a propósito del mundo que se configurará a partir de esta traumática experiencia.

A grandes rasgos, pueden observarse tres posiciones respecto del futuro que se avecina. Una
sinetizada por el filósofo, sociólogo y crítico cultural esloveno, Slavoj Zizek, quien expresa que “el coronavirus podrá expandir el virus de una sociedad alternativa en cooperación y solidaridad global”. Otra es la sintetizada por el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, quien señala que Zizek se equivoca y que “el coronavirus nos aisla y nos individualiza” porque “la solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es solidaridad. El capitalismo regresará con más fuerza aún”. La tercera -quizás la más preocupante- corresponde al historiador israelí Yuval Noah Harari, quien advierte acerca de los riesgos de caer en una “vigilancia totatalitaria”.

¿Una utopía solidaria?

“La actual expansión de la epidemia de coronavirus ha detonado las epidemias de virus ideológicos que estaban latentes en nuestras sociedades”, señala Slavoj Zizek. Para el filósofo esloveno, junto con el virus real se expande un virus ideológico que podría conducir a la humanidad a pensar en una sociedad alternativa, una sociedad más allá del Estado-Nación tradicional, una sociedad que se actualice mediante solidaridad global y cooperación. Plantea en definitiva la posibilidad de una globalización que ya no esté asentada en la economía financiera, la tecnología y las comunicaciones, sino en los valores y, especialmente en uno: la solidaridad.

Asimismo, Zizek especula con que la aparición del Covid-19 provocaría una eventual caída del
comunismo en China, de la misma forma que la tragedia de Chernobyl -en palabras de Mijail
Gorvachov- detonó el fin del comunismo soviético. Aunque sostiene que el Coronavirus forzará una reinvención del comunismo basado en la confianza en las personas y en la ciencia.

Zizek también destaca la anteposición que el sistema económico capitalista hace del peligro que corre la estabilidad económica por sobre el peligro que corre la salud pública. Sostiene que las noticias llevan a pensar que uno no debería preocuparse por los cientos de fallecidos, sino por el hecho de que “los mercados están nerviosos”. Eso se funda en que el Coronavirus está perturbando crecientemente el mercado mundial y se prevé que la economía global podría caer entre un 2 y un 3 por ciento. Esta es para Zizek una clara señal de la urgente necesidad de reorganizar la economía global, que ya no debería estar a merced de los mecanismos del mercado. Es por eso que entrevé la posibilidad del surgimiento de una nueva forma de comunismo -diferente a las experiencias previas -entendido como una organización global que pueda controlar y regular la economía, así como controlar y limitar la soberanía del Estado-Nación cuando fuera necesario. Sólo un cambio radical puede salvar a la humanidad y el Covid-19 presenta la oportunidad para ese cambio, se desprende del razonamiento de Zizek.

Un capitalismo más fuerte

Byung-Chul Han sostiene que los asiáticos tienen una ventaja ante la epidemia. Por tradición
cultural, expresa, ellos son más propensos a obedecer y confían en el Estado, a diferencia de los europeos. “Sobre todo, para enfrentarse al virus los asiáticos apuestan fuertemente por la vigilancia digital. Sospechan que en el big data podría encerrarse un potencial enorme para defenderse de la pandemia”, señala. Así, en la batalla contra el virus se encuentran científicos y especialistas en informática y macrodatos. Es por eso que, a diferencia de Zizek, para Byung-Chul Han el comunismo chino no solamente no colapsará sino que, por el contrario, podría exportar su modelo de control policial basado en la vigilancia digital, lo que le habría permitido hasta ahora manejar la crisis.

Y esa sería solamente una cara de la moneda. Porque pese al pánico que cunde en el sistema
financiero global, el Coronavirus no logrará derribar al modelo económico, opina el filósofo
surcoreano. Para él, la revolución viral que hará nacer una sociedad alternativa anunciada por Zizek no llegará a producirse. Si se piensa solamente en la comercialización de una eventual vacuna, medicamento o cura contra el virus, seguramente en poder de alguna de las poderosas empresas multinacionales farmacéuticas, es mucho más sencillo coincidir con Byung-Chul que con Zizek.

Pero también si se analiza la evolución valorativa de la crisis. Para Byung-Chul Han “el virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte”. Sostiene que una solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica y más justa. Afirma que no puede dejarse la revolución “en manos del virus”, sino que es el propio ser humano el que debe repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo y también “nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta”.

Totalitarismo o empoderamiento ciudadano

El historiador israelí Yuval Noah Harari alerta que las decisiones que se tomen frente a la pandemia moldearán nuestras vidas y advierte sobre el riesgo de que la adopción de medios de vigilancia biométrica masiva trascienda la emergencia y habilite a que gobiernos y corporaciones controlen nuestras vidas. Harari apunta a “tener en cuenta las consecuencias de largo plazo de nuestras acciones” y preguntarnos “no sólo como superar la amenaza inmediata, sino también en qué clase de mundo viviremos cuando pase la tormenta”.

Harari explica que se están tomando en horas o días decisiones que habitualmente demandarían años de deliberación. Se adoptan tecnologías inmaduras e incluso peligrosas por miedo. Hay países que realizan experimentos de gran escala que ni escuelas o universidades aceptarían realizar en tiempos normales.

Para Harari el futuro oscilará entre dos opciones: la vigilancia totalitaria o el empoderamiento de la ciudadanía. Las actuales técnicas de vigilancia permiten a los gobiernos apoyarse en sensores ubicuos y algoritmos en vez de usar espías humanos y en la batalla contra el Covid-19 se han desplegado esas nuevas herramientas. Mediante el monitoreo de smartphones y el uso de millones de cámaras de reconocimiento facial y obligando a los ciudadanos a chequear y reportar su temperatura corporal y condiciones médicas, China logró detectar no sólo a los portadores del virus sino también trazar sus movimiento e identificar a todos con quienes se estuvo en contacto.

“Si no somos cuidadosos, la epidemia puede marcar un hito en la historia de la vigilancia” advierte Harari no tanto porque podría normalizar el despliegue de herramientas de vigilancia masiva, sino más bien porque representa una dramática transición de la vigilancia “sobre la piel” a la vigilancia “bajo la piel”. Hasta ahora, cuando el dedo de una persona tocaba la pantalla de un smartphone o clickeaba un link, el gobierno podía saber qué estaba tocando. Con el Covid-19, también quiere saber la temperatura del dedo y la presión sanguínea. El uso masivo de esas técnicas permitiría en un futuro próximo que gobiernos y corporaciones sepan si una persona está enferma antes que la propia persona, y dónde y con quiénes estuvo. En tiempos de crisis estas tecnologías acortan drásticamente el tiempo para detectar cadenas infecciosas e incluso cortarlas de plano. Eso es maravilloso, reconoce Harari, pero puede legitimar un temible sistema de vigilancia en el que gobiernos y corporaciones no sólo podrán saber las preferencias políticas de un ciudadano, sino también sus reacciones emocionales al mirar, por ejemplo, un videoclip, lo que les permitirá vigilarlo y manipularlo mejor.

Incluso si las infecciones de Coronavirus se redujeran a cero, algunos gobiernos “hambrientos de datos” mantendrían la vigilancia biométrica bajo el pretexto del surgimiento de algún nuevo virus. En este sentido, la batalla de la privacidad -y por ende de la libertad- podría perderse, dado que cuando hay que elegir entre privacidad y salud, habitualmente se elige la salud.

Ese planteo es para Harari la raíz del problema, porque se trata de un falso dilema entre privacidad y salud. Para el historiador hay una alternativa a los sistemas de vigilancia totalitarios, y consiste en empoderar a la ciudadanía, tal como hicieron Corea del Sur, Taiwán y Singapur, países que usaron mecanismos de trazado de ciudadanos, pero se apoyaron en el testeo masivo y el reporte voluntario de una ciudadanía bien informada y dispuesta a cooperar. Para Harari, cuando la ciudadanía conoce los hechos científicos y confía en las autoridades, puede hacer lo correcto sin que Estado la vigile. “Un pueblo motivado y bien informado es mucho más poderoso y efectivo que un pueblo vigilado e ignorante” sentencia.

La ciudadanía necesita confiar en la ciencia, lo cual implica entender por qué motivo debe adoptar determinada medida, necesita confiar en las autoridades públicas lo cual implica entender que tienen una mirada estratégica sobre los problemas y también necesita confiar en los medios de comunicación, lo cual implica calidad de la información. En los últimos tiempos, numerosos líderes y partídos políticos irresponsables han deliberadamente socavado la confianza en la ciencia, en las autoridades públicas y en los medios. Esos mismos líderes y partidos políticos irresponsables estarán tentados de adoptar el camino autoritario con el argumento de que no se puede confiar en que la ciudadanía hará lo correcto. Imbéciles hubo siempre, el asunto es no confundir la parte con el todo.

Ante las alternativas señaladas por estos pensadores, puede concluirse que el Covid-19 supone una oportunidad para provocar antes que nada una revolución de los valores, pero una revolución que debe ser por sobre todas las cosas consciente y producto de la madurez de los pueblos. Sólo esos pueblos maduros, conscientes de si mismos y solidarios, podrán exigir un capitalismo con rostro humano.

En caso contrario, será muy fácil caer presa de un capitalismo que emergerá fortalecido en su lógica de la ganancia y la acumulación, apoyado en gobiernos inescrupulosos dispuestos a manipular a ciudadanías enteras, a las cuales intentará convencer del falso dilema privacidad versus salud. Sin una globalización de los valores articulados sobre la solidaridad como valor central, puede preverse un futuro sombrío, caracterizado por un capitalismo salvaje encaramado sobre Estados autoritarios y hasta totalitarios, con medios de comunicación obsecuentes con esos poderes económico y político.

Sea como fuera, un cambio se avecina.

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