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Purvis, el perro de Urquiza al que Sarmiento le tenía pavor

La historia argentina se forjó a fuerza de herraduras y rebencazos. Los caballos fueron prácticamente extensiones de los cuerpos tanto de federales como unitarios y la relación de estos hombres con sus animales ha llegado a casos como el de Facundo Quiroga, que desarrolló con su equino un vínculo rayano lo místico. Pero hoy hablemos de otro animal: un perro. Su nombre, Purvis. Su dueño, el caudillo y Gobernador de Entre Rios, Justo José de Urquiza.

El mastín de Urquiza recibió su nombre en homenaje a John Brett Purvis, un almirante inglés que participó en el bloqueo anglofrancés de los puertos de Montevideo y Buenos Aires, bloqueo que finalmente Juan Manuel de Rosas terminaría diluyendo.  

Resulta raro entender por qué Urquiza, referente del federalismo argentino, se decidió por el apellido de alguien que había intentado lesionar gravemente la soberanía argentina. Sin embargo, quizás, considerando la traición de Urquiza a Rosas que culminó con la derrota del último en la Batalla de Caseros, la cuestión tiene un poco más de sentido.

Urquiza adoptó al perro 

Urquiza se encontró a un Purvis cachorro en tierras uruguayas. Un buen día, el  perro lo empezó a seguir y el caudillo entrerriano decidió adoptarlo. Al poco tiempo se convirtió en su fiel ladero y mientras cualquier otro perro se achicaría ante el ruido de las espadas y el estruendo de los  cañones, Purvis seguía a Urquiza a todos lados e inclusive tomó parte en la Batalla de Caseros.

El perro de Urquiza era mal llevado, agresivo y, en palabras de Sarmiento, “enorme”, “monstruoso”. Al haber sido Domingo Faustino el encargado de ir escribiendo las crónicas del ejército de Urquiza, no pudo evitar escribir sobre el can batallador. Toda persona que se acercara al Gobernador de Entre Ríos se las debía ver primero con el gran mastín: el soldado “principal de la línea de defensa” urquicista.  

"El perro Purvis (...)  muerde horriblemente a todo el que se acerca a su amo. Esta es la consigna. Si no recibe órden en contrario, el perro muerde", escribió Sarmiento, quien no se llevaba nada bien con Purvis. Si alguien se acercaba, el perro largaba "un gruñido de tigre" y estaba dispuesto a destrozar a cualquiera entre sus dientes siempre y cuando no recibiera un grito de su dueño. "Un '¡Purvis!' del general (...) le intima estarse quieto", anota el sanjuanino.

Domingo denunció las víctimas de la bestia del caudillo, que no tenía preferencia alguna: "Han sido mordidos Elías [secretario de Urquiza] (…), Teófilo [Urquiza] su hijo y ciento más”. Sin embargo, Purvis tenía predilección por un comandante en particular: el Barón de Grati. Cuatro veces lo mordió, lo tenía de hijo, según contó Sarmiento. El general José María Paz,  uno de los soldados más duros, recios e inteligentes de nuestro país, también fue víctima del perro que no sabía distinguir jerarquías militares ni tallas históricas.

Parece que alguna que otra vez le tiró un tarascón, porque escribe Sarmiento que "el General Paz al verme de regreso de Buenos Aires, su primera pregunta confidencial fue '¿no lo ha mordido el perro Purvis?". El brazo derecho de Paz quedó inutilizado por las heridas de bala recibidas en batalla, aunque si Purvis le junaba el brazo izquierdo la situación hubiese sido calamitosa.

Sarmiento y Purvis eran, quizás, los seres vivos más carcamanes y alterados del país. Entonces por eso tenían esa relación tan disfuncional. "Desde niño he tenido por rasgo característico, la impavidez para hacer frente a los perros, que nunca han podido morderme" -reflexiona Sarmiento- pero se sinceró al escribir: "yo le tengo demasiado miedo al perro Purvis”, el mastín podía desvirgarlo en esto de las mordidas.

Sarmiento no querías saber nada con Purvis

Un día, en los campos de batalla, Urquiza necesitaba que Sarmiento fuera rápidamente a su tienda de campaña y lo mandó a llamar. La noticia le debió haber caído como una patada en el estómago al “padre del aula” no tanto por hablar con el entrerriano, sino por lidiar con su can. Ese día, presentía Sarmiento, iba a perder el invicto.

"Escribí en un papelito: 'el perro Purvis va a morderme hoy', se lo mostré a cuatro testigos y me lo eché al bolsillo (...). Acometí la descomunal empresa de atravesar sesenta varas de terreno despejado que mediaba entre ambas tiendas, solo y en línea recta a Purvis. (...) No he tenido excitación igual nunca. Debía ostentar una serenidad perfecta (…) la sangre me venía y se retiraba a borbollones del corazón".

Sarmiento iba preparado, llevaba la mano derecha sobre el mango de la espada para desenvainar rápido si Purvis hacía de las suyas. Finalmente entró a la tienda, Purvis gruñó, Urquiza lo frenó y se pusieron a hablar sobre cómo iban los relatos de la campaña que Sarmiento tenía encargados. Domingo nunca fue mordido.

Cuando el General Paz le preguntó si alguna vez el perro le había hincado los dientes, el sanjuanino se la dio de bravo y le contestó "no ha podido morderme, general (...) siempre tenía la punta de la espada entre él y yo". Pero la realidad es que si no lo mordió, fue porque Urquiza nunca quiso que ocurriese. Purvis se quedó con las ganas.

El 11 de abril de 1870, casi al caer la noche, unos 50 jinetes se metieron a los tiros en el Palacio de San José, la mansión de Urquiza. Iban con la firme convicción de matar al entrerriano por ciertos altercados políticos que exceden este artículo. Se fueron metiendo por todas las habitaciones buscándolo, los caballos de los invasores estrellaban sus pezuñas sobre los baldozones de los diversos patios del palacio, los gritos de "¡Abajo el tirano Urquiza!" empezaban a zigzaguear las columnas de las galerías.

Finalmente lo encontraron, Urquiza atinó a defenderse pero un tiro en el ojo izquierdo lo desplomó. Moribundo en el suelo, su mujer y sus hijas se abalanzaron sobre él. Nicomedes Coronel, hombre de confianza de Urquiza y capataz de una de sus estancias, las corre y le asesta al entrerriano cinco puñaladas en el pecho. Purvis había muerto unos años antes. Quizás no podría haber evitado el suceso, pero lo que sí es seguro es que asesinar a Urquiza hubiese un poco más difícil.    

(*) Abogado. Integrante de la Cátedra de Historia Constitucional Argentina, Facultad de Derecho, UNR

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