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¿Otra guerra de Crimea?

Rusia y Ucrania se encuentran enfrentadas en un conflicto que puede adquirir dimensiones bélicas.

Hace 165 años se iniciaba la guerra de Crimea, que enfrentó a Rusia con el Imperio Turco Otomano, respaldado en ese entonces por las principales potencias occidentales. El conflicto, que duró tres años (1853-1856), se desencadenó debido al expansionismo ruso que buscaba una salida al Mediterráneo y al temor a que el ya decadente Imperio Otomano se desmoronase y dejara de funcionar para los europeos como un freno a Rusia. Se disputó fundamentalmente en la península de Crimea, y se cobró alrededor de 690 mil vidas, la mayoría de ellas debido a enfermedades y malas condiciones de vida como consecuencia de los enfrentamientos. Culminó con la derrota rusa y el triunfo de los europeos, aunque esa victoria no se hizo extensiva a los turcos, cuyo imperio se desintegraría de todas maneras medio siglo después.

En tiempos recientes, Rusia y Ucrania mantienen una fuerte disputa que gira en torno a la misma región geográfica, y en la cual Ucrania es la carne de cañón o el partícipe necesario de las potencias occidentales, de modo similar al rol que cumplió en su momento el Imperio Otomano. El verdadero conflicto enfrenta a Rusia la Unión Europea (UE) en el aspecto comercial, y con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en el aspecto militar.

 

El conflicto

 

Ucrania se transformó desde hace tiempo en el centro de la disputa entre Occidente y Rusia. Caída la Unión Soviética, europeos y estadounidenses prometieron que no avanzarían desmesuradamente sobre las zonas de influencia rusas, o al menos no lo harían al punto de convertirse en una amenaza para los intereses rusos. Pero, del mismo modo en que lo hicieron tras la Segunda Guerra Mundial, incumplieron puntillosamente sus promesas aprovechando la debilidad rusa posterior a la implosión soviética.

En realidad, con el triunfo sobre la Unión soviética, ni los europeos ni los estadounidenses se encontraron cómodos ante la ausencia de un enemigo tangible. El terrorismo fundamentalista siempre fue un actor escurridizo, difícil de situar en un espacio y un tiempo específicos, difícil de identificar y de predecir. En la idiosincrasia occidental posterior a la Guerra Fría, Rusia sigue cumpliendo con todos los requisitos de un enemigo tradicional y reconocible: es un espejo en el cual mirarse. 

Hace unos años, ante la inminencia del ingreso de Ucrania a la UE y, presumiblemente,  a la OTAN, el gobierno ruso y su presidente, Vladimir Putin, tomaron la determinación de que eso no iba a suceder sin consecuencias. Comenzó entonces una campaña para soliviantar a la población de origen ruso que vive en Ucrania, y que era mayoritaria en regiones del sur -Crimea- y del este -Donetsk y Lugansk- con el objetivo de fragmentar el país. Recuérdese que Ucrania es la antesala de Rusia, algo así como su patio delantero. Es así como se llegó primero a la escisión de la península de Crimea y su casi inmediata incorporación a Rusia en 2014.

Desde entonces ambos países se encuentran enfrentados -de forma indirecta- en tierra, con las fuerzas ucranianas combatiendo a separatistas apoyados por Rusia en el este de Ucrania.

Ahora bien, en los últimos meses, las tensiones entre Rusia y Ucrania se incrementaron y se trasladaron también a las aguas que rodean la península de Crimea.

El 25 de noviembre, las fuerzas armadas de ambos países se enfrentaron por primera vez de forma directa en el mar y Rusia capturó a tres barcos de la armada ucraniana en la costa de la península.

El incidente ocurrió en el estrecho de Kerch, que separa al mar Negro del mar de Azov, una zona que se ha convertido en el nuevo escenario del conflicto entre los dos países.

 

Los pormenores

 

La Armada ucraniana manifestó que el 25 de noviembre las lanchas del servicio de guardacostas de Rusia abrieron fuego contra su flotilla, que se dirigía desde el puerto de Odessa en el mar Negro hasta el de Mariupol en el mar de Azov.

Las autoridades rusas por su parte, acusaron a los barcos ucranianos de entrar ilegalmente en sus aguas.

La flotilla continuó hacia el estrecho de Kerch, el único acceso hacia el mar de Azov, pero fueron detenidos bajo el puente del mismo nombre, que une a Rusia continental con Crimea y fue construido a principios de este año a pesar de la oposición de Ucrania.

El puente de Kerch impide el tránsito de barcos de gran calado, perjudicando deliberadamente al comercio marítimo ucraniano que intenta trasladar mercancías desde y hasta los puertos de Berdansk y Mariupol.

La zona entre el mar Negro y el mar de Azov, donde ocurrió esta confrontación, es un laberinto de fronteras reclamadas y derechos en disputa para tener acceso a través del estrecho de Kerch.

Ucrania reclama el derecho a patrullar todo el mar de Azov, como lo establece un tratado con Rusia que declara al mar como aguas territoriales compartidas entre ambos países. Pero el tratado fue firmado mucho antes de que las relaciones se descompusieran en 2014.

Desde Ucrania afirman que las acciones rusas violan el tratado y la Ley Marítima de la Organización de las Naciones Unidas, que debe garantizar el acceso por el estrecho de Kerch.

Desde Rusia, aseguran que los barcos ucranianos estaban maniobrando de forma peligrosa, lo cual condujo a que el estrecho fuera clausurado temporalmente por cuestiones de seguridad.

Lo cierto es que desde que Rusia se anexó Crimea en 2014, las tensiones entre ambos países han aumentado en torno a la disputa por el acceso al mar Negro y al mar de Azov, que rodean la península de Crimea, y tanto Rusia como Ucrania incrementaron su presencia militar en la zona.

Las potencias occidentales acusan a Rusia y al presidente Vladimir Putin de abonar el conflicto, aunque tienden a la miopía al momento de evaluar sus propias responsabilidades en el conflicto.

 

La guerra posible

 

El incidente pone en evidencia que Rusia necesita controlar el mar de Azov para asegurar su posición en Crimea -puente sobre el estrecho de Kerch incluido- o, con criterios suspicaces, como plataforma de futuras operaciones hostiles, incluida la guerra comercial.

A su vez, el mar de Azov también es de importancia estratégica para la subsistencia de los procesos separatistas prorrusos en Lugansk y en Donetsk, territorio este último que domina un pequeño tramo costero en Azov. Una concentración militar ucraniana -con un eventual apoyo de la OTAN- en aquellas aguas, es percibida desde Rusia como un serio peligro para sus posiciones. De ahí que los rusos comenzaran a afianzar su control sobre el mar de Azov, aunque oficialmente es de gestión compartida.

Si bien es real que la posición del presidente Putin tiende a ser hostil sin mayores ambigüedades, también es cierto que europeos y estadounidenses tienden invariablemente a incumplir los compromisos asumidos con los rusos, a acorralarlos y, una vez que los rusos adoptan represalias, a rasgarse las vestiduras y a victimizarse. Ucrania por su parte paga un precio demasiado caro por encontrarse en el medio de la disputa. Si nadie abandona la paranoia y no hay espacio para la negociación, otra guerra de Crimea podría encontrarse a la vuelta de la esquina.

 

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