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Los sobrevivientes del choque, con cicatrices en cuerpo y alma

María Agustina Barzi tardó ocho meses en volver a caminar y Nicolás Ruggeri sufrió heridas en su cabeza. A un año del accidente, cuentan cómo son sus días

Además de las trece víctimas fatales y el insoslayable dolor de sus familiares, la tragedia del 24 de febrero de 2017 en la ruta 33 también dejó otras varias vidas marcadas para siempre. Fueron muchos los que viajaban en los colectivos de Monticas que chocaron de frente a la altura de Pérez, varios de los cuales sufrieron heridas. Historias sobran, como las de la zavallense María Agustina Barzi y el casildense Nicolás Ruggeri.

El rostro y la voz

El rostro de Nicolás Ruggeri es, para muchos, una de las caras con las que identifican lo ocurrido hace un año. En medio del shock y la conmoción tras el choque, el Tanque, como es conocido por sus seres queridos, se tomó una foto y la subió a Facebook. La imagen no tardó en viralizarse. El chico, por entonces de 18 años, había llegado con lo justo a subir al colectivo. Es que junto a Jason Pautasso, amigo con el que estudian kinesiología y compartieron equipo en las divisiones inferiores y la reserva de Unión Casildense, tuvieron que correr una cuadra al Monticas que debía trasladarlos a Rosario, para una clase a la que finalmente nunca llegaron.

Ruggeri aun dentro del colectivo de la tragedia

Minutos después, aún dentro del coche, también brindó su palabra a Radio Casilda, mientras recibía atención médica y sus familiares lo aguardaban a la vera de la ruta, antes de ser derivado al Hospital Eva Perón de Granadero Baigorria. El de Nicolás, que dormía en su asiento y despertó por el sobresalto que le provocó la colisión, fue el testimonio más directo de la tragedia, el cual se cerró con un mensaje para darle tranquilidad a su abuela de que había podido contarla. Consultado sobre lo ocurrido aquel día, Nicolás recuerda apenas imágenes difusas de lo que pasó.

A un año de esa experiencia, él y Jason Pautasso, quien sufrió heridas en sus piernas, prefieren no brindar demasiados detalles de lo que vivieron, no revivir recuerdos de la desgracia que los tuvo como protagonistas involuntarios. Las secuelas tanto en lo físico como en lo emocional son fuertes. “Tengo una cicatriz en la frente, que cada vez que voy al baño la veo y me recuerda lo que pasó. Fue algo muy feo, y hay que tener todo el respeto por las familias de las víctimas”, sostuvo Nicolás, quien junto a Jason actualmente vive en Rosario.

Pese a que ya no es un usuario tan asiduo del transporte de pasajeros, el adolescente asegura que tras el siniestro de ruta 33 advirtió cambios en la calidad de los servicios: “Cuando viajo, veo que las cosas cambiaron bastante. Ahora los colectivos están en condiciones y son bastante más cómodos. Por ahora, se están haciendo bien las cosas, pero siempre queda la desconfianza”, subrayó. Y pidió que el tema siga manteniéndose en la memoria para que no pase al olvido sin justicia de por medio.

Sensaciones encontradas

María Agustina Barzi tiene 21 años y es estudiante de ingeniería en la Universidad Nacional de Rosario. Aquel día, regresaba de un examen en un coche de Metropolitana, algo rutinario. Tras el choque, su nombre ingresó a la lista de heridos del hospital Provincial, donde debió ser intervenida quirúrgicamente y pasar once días en terapia intensiva y otros nueve en sala común hasta finalmente poder regresar a su casa en Zavalla. Allí, junto a su familia y amigos, dio batalla para recuperarse. Ocho meses después del siniestro, volvió a caminar.

María Agustina

Las sensaciones de María Agustina a un año del hecho son ambiguas. “Estoy agradecida de estar un año más junto a las personas que quiero. Pero por otro lado está esa bronca e impotencia de no poder hacer nada, y que no haya justicia por ninguna de las víctimas”, analizó. La estudiante agregó que aún le genera “mucho dolor saber que hay gente que hoy ya no está por culpa de personas egoístas e incompetentes”.

La joven recuerda lo ocurrido todos los días. Según contó, cuando hay calor y humedad sufre dolores en las zonas de su cuerpo que sufrieron heridas en el impacto. También su ánimo se ve alterado. “Hay días malos, en que ves las cicatrices y te recuerdan por qué están ahí o que te duele algo a causa del accidente y te genera bronca. Hay muchas cosas que hoy en día me cambian el humor y me recuerdan el accidente, pero todo depende del día, porque por suerte trato de combatir todo esto con humor y reírme de mis desgracias”, contó.

“Mi vida poco a poco está volviendo a tomar el ritmo que tenía antes del accidente, sólo que yo no soy la misma persona. Cambió mi manera de ver muchas cosas. Cuando estás ocho meses sin poder caminar y ser libre te replanteás y valorás más todo. También pensás en si a los responsables les genera algo lo que pasó. Pero al notar su ausencia, te das cuenta de que no, que si no les importó condenar a tantas personas por su mal servicio, no les va a importar el resultado”, planteó. Y aclaró que si bien recibió buen trato en los centros de salud en los que fue tratada, los afectados no tuvieron ningún tipo de ayuda de parte del Estado en sus procesos de rehabilitación.

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