Los Monos y el miedo como combustible del negocio

En una entrevista poco antes del juicio oral, Lorena Verdún volvió a contar su historia y la de Claudio “el Pájaro” Cantero en los términos que ya son habituales. Según su versión, ambos habrían sido vecinos comunes, corrientes y honestos de Las Flores, que construyeron su pasar gracias al esfuerzo y hasta se ocupaban de “hacer mejoras edilicias y gratuitas” en el barrio, asegurar que no se produjeran robos y representar a la comunidad ante el lejano poder político. Aún hoy, dijo, “me buscan para hacer de seguridad, hasta gente de mucha plata quiere que la proteja”.

Verdún dijo así más de lo que seguramente se propuso. Esa “gente de mucha plata”, esos vecinos que la solicitan, probablemente le reconocen un savoir faire especial y buscan a los mejores y más confiables en el rubro. Pero lejos de ser un servicio solidario, como hace creer la nota, el negocio de la protección es una típica actividad mafiosa. El que vende protección es el que controla la violencia e inspira miedo. Y en primer lugar el seguro que concede es que no ejercerá la violencia que está en condiciones de ejercer contra aquel que lo contrata. Ese fue, como se sabe, el mecanismo con el cual los Monos controlaron el territorio en Las Flores y construyeron su poder.

Monchi Cantero sabe causar golpes de efecto en sus declaraciones.

Fue lo que describió el cuestionado juez Juan Carlos Vienna en el pasaje más importante de su acusación contra la banda: “El objeto fundacional, prioritario y aglutinante es lo que podría denominarse el «negocio de la violencia», que preexiste y es presupuesto de todo otro negocio. A saber: la organización de violencia sistemática a los fines de provocar y usufructuar un territorio liberado. No estamos en presencia de meros narcotraficantes, amparados en el secreto y la clandestinidad, abocados al mero intercambio, sino, por el contrario, nos hallamos frente a abiertos controladores de zonas y personas, proveedores de «seguridad», prometedores de violencia, que en dicho marco usufructúan negocios diversos y exclusivos, legales o no, entre ellos el de la droga”.

Ramón Ezequiel Machuca, Monchi Cantero, también se presenta como una especie de vecino con iniciativas. En el video intimidatorio que le dirigió a Alejandra Rodenas, dijo que había elaborado un plan para la resocialización de los presos. Los Monos están allí donde el sistema falla y las instituciones se desentienden de los más necesitados.

Tal vez los Monos tengan incluso un programa de seguridad pública. O demuestren en el juicio que la organización del narcomenudeo, el modelo que desde Rosario exportaron al país, es un ejemplo de empresa capitalista. Y en ese sentido tal vez no estarían del todo equivocados, porque el tipo de empresa criminal que plantearon, con su explotación sin límite en el tiempo y su política agresiva hacia la competencia, parece una exasperación o versión cruda de la lógica capitalista, con la que comparte un objetivo básico: aumentar la ganancia, caiga quien caiga.

Desde que comenzó la investigación judicial, pese a que sus líderes terminaron en prisión, los Monos trataron de conservar sus negocios. Lo demostró la operación Los Patrones, entre otras causas. También apuntaron a preservar el capital simbólico del que disponen. Es una reputación fundada en el miedo, en la capacidad que se les reconoce de perseguir a sus enemigos según una lógica que, como se vio después del crimen del Pájaro Cantero, multiplica la ley del ojo por ojo.

El miedo a los Monos no es un resultado exclusivo del historial de sus crímenes. Es también el producto de la descomposición de la policía -comprometida en la sociedad con el narcotráfico desde sus máximas autoridades y reducida al rol de sirviente, informante o consejero de la banda, como el caso emblemático de Juan “Chavo” Maciel-, de la ineficiencia de la justicia y del fracaso de la política criminal en la provincia.

En sus declaraciones ante el tribunal que los juzga, Verdún y Machuca no solo se proclaman inocentes, como haría cualquier acusado en la misma situación. También cuestionan la validez del juicio. Lo hacen apelando con plena conciencia a las fallas de la justicia, a las sospechas que rodean a la política, al resultado final de años de impunidad: a Machuca le parece desmedida la pena de prisión que solicita la fiscalía porque no tiene causas por narcotráfico, para Verdún es absurdo que se la juzgue por asociación ilícita por la posesión de dos autos.

Los Monos no aceptaron preguntas en las audiencias. Siguieron el guión de sus abogados, que como los apuntadores de los actores de teatro los asistieron para que actuaran en la escena del juicio. Y lo hicieron con soltura, porque saben llamar la atención pública, tirar títulos para el periodismo (“Soy un chivo expiatorio”, etc.), sacar provecho de consensos marginales pero no insignificantes, que extienden la sospecha hacia el conjunto de las instituciones y las deslegitima en la búsqueda de verdad y justicia.

Se entiende: el juicio es la forma en que la sociedad les dice a los Monos que no pueden regirse por sus propias reglas. Algo que las organizaciones mafiosas no suelen aceptar.

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