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La “Gran Dama” de la izquierda estadounidense

Elizabeth Warren se perfila como la favorita en las elecciones internas del Partido Demócrata y podría convertirse en una pesadilla para la ambición reeleccionista de Donald Trump

Elizabeth Warren, la nueva promesa de la política norteamericana. (Foto de EFE)

Si viviera en otro país, Elizabeth Warren sería calificada inmediatamente con todos los epítetos asociados y derivados de comunista. ¿Por qué? Un ejemplo alcanza y sobra. Desde que empezó su campaña expresó lo que planea hacer con las grandes empresas tecnológicas como Facebook y Amazon si llega a la presidencia: desmantelarlas y acabar con su monopolio.

Para la senadora demócrata, estas compañías adquirieron tanto poder y desplegaron una tendencia monopólica tal, que se tornaron peligrosas para el mercado y -sobre todo- para los usuarios. Por esos motivos, considera que deben ser divididas en empresas más pequeñas. Sin embargo, quien conozca la historia de los Estados Unidos, recordará que prácticas antimonopólicas semejantes ya se implementaron en el pasado, concretamente contra la megapetrolera Standard Oil que en 1911 fue dividida en 34 empresas, o en la sentencia contra Microsoft en 1999.

Lo cierto es que los últimos cuatro debates televisivos entre los precandidatos del Partido Demócrata y su ascenso en la consideración de los jóvenes, situaron a Elizabeth Warren en el centro de la escena política de los Estados Unidos, en el marco de la campaña que culminará con la elección presidencial el martes 3 de noviembre de 2020.

¿Who’s that girl?

La senadora por el Estado de Massachusetts es abogada y profesora de derecho en varias universidades, especializada en quiebras y en protección de consumidores. Pero más allá de su sólida formación profesional, tiene también una interesante historia de vida.

Nació en 1949, en el seno de una familia trabajadora de Oklahoma y conoció las necesidades económicas desde que perdió a su padre a los 12 años. Su madre, ama de casa, comenzó a trabajar como dependienta de los populares grandes almacenes Sears y llegó a servir mesas. A los 19 dejó los estudios y se casó con su novio. Fue a la universidad años después, cuando su primera hija tenía ya dos años, y empezó a ejercer como abogada en su casa, pero se destacó como profesora de derecho.

Se separó de su primer marido -de quién aún conserva el apellido, dado que el suyo original es Herring- y se volvió a casar. Durante más de 30 años enseñó en Rutgers, Austin, Michigan y, finalmente, Harvard.

En 2008 llegó al Congreso en momentos de la peor crisis financiera en los Estados Unidos desde la Gran Depresión, cuando fue seleccionada para formar parte del panel que supervisó el rescate de la banca y creó un nuevo marco regulatorio. Asesoró al gobierno de Barack Obama en la creación de la Oficina de Protección del Consumidor Financiero, cuyo objetivo fue limitar los abusos de los bancos sobre la ciudadanía y la repetición de estafas como la de las denominadas hipotecas basura.

En 2013, se convirtió en senadora por Massachusetts y, también, en una referente para el ala izquierda del Partido Demócrata. Las voces que le pedían que diera el salto a la carrera por la presidencia ya se sentían en 2016 pero optó por dejar la contienda en manos de Hillary Clinton y Bernie Sanders.

En febrero de este año decidió presentarse en las elecciones internas de su partido y, si bien comenzó rezagada respecto de sus dos principales rivales, no tardó en instalarse como la opción más atractiva. Logró captar la atención mediática y comenzó a ascender en los sondeos de opinión al mismo tiempo que Bernie Sanders mostraba problemas de salud debido a su edad -78 años- y el ex presidente Joe Biden quedó envuelto en un escándalo por presunto tráfico de influencias con el gobierno de Ucrania a favor de su hijo.

Warren, de niña, miraba de afuera el famoso "American dream" (Foto de EFE)

Ascenso

Los últimos sondeos le otorgan a Warren 30 puntos porcentuales de apoyo entre los demócratas, frente a 27 de Biden, y 11 de Sanders, que continúa en descenso. Warren parece haberle arrebatado entre los jóvenes la estrella progresista que acompañaba al veterano senador de Vermont, un ícono del socialismo en un país que recela del término.

La senadora defiende la salud pública universal, la cancelación de la mayor parte de deuda de los estudiantes -recuérdese que los estudios universitarios son pagos en los Estados Unidos- a costa de impuestos a la riqueza, un férreo control sobre las actividades financieras en Wall Street y el ya mencionado desguace de los gigantes tecnológicos para limitar su poder.

Pero por sobre todas las cosas, Warren parece haber desarrollado un aura emocional, una mística con la cual captó a los jóvenes y comenzó a desplazar a sus principales rivales. Eso también tiene sus inconvenientes, porque al colocarse al frente de las intenciones de los votantes demócratas, sus programas son escrutados con otra
intensidad y comenzó a ser atacada más duramente por el resto del arco de precandidatos presidenciales.

El ala izquierda de su partido se refiere a ella como la Gran Dama. El presidente Trump la llama Pocahontas, apelando de manera racista a una polémica abierta en torno a sus ancestros indígenas. Lo cierto es que Elizabeth Warren alcanzó lo más alto de la discusión política estadounidense desafiando a los poderes económicos concentrados.
Encarna la esperanza de algunos y el temor de otros. Y llegó para quedarse.

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