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Esto sí es populismo

¿Por qué en la actualidad las opiniones, tendencias, partidos, gobiernos o políticas públicas que resultan reñidas con el gusto propio son calificadas como populistas?

El concepto se ha puesto de moda desde hace un tiempo a esta parte en todo el mundo y el único denominador común que parece tener es que se trata de algo negativo que representa todo aquello que no es del agrado de quien lo utiliza. Una medida adoptada por un gobierno liberal, conservador o antisistema puede ser populista. Parece haber también un cierto acuerdo implícito en que ese concepto amorfo y viscoso sólo atañe a gobiernos o partidos políticos que sostienen ideas distintas a lo que supuestamente sería una democracia liberal tradicional, como si ese sistema fuera la panacea o el punto culminante de la organización política humana. Las sucesivas crisis de la democracia en todas sus formas parecen demostrar que, en materia de organización política, la humanidad dista de tener todo resuelto.

El concepto de populismo no es demasiado antiguo, data de mediados del siglo XX, pero fue retomado y resignificado hace poco tiempo. Aunque más que resignificado, podría decirse que fue vaciado de contenido y presentado como una cáscara vacía y transparente, adaptable al gusto del consumidor. Es decir, la nada misma. En la era de la posverdad, un instrumento semejante cae como anillo al dedo, porque permite evitar el rigor de pensar, habilita la vaguedad para calificar cualquier cosa de cualquier manera, pero especialmente apela a emociones desconectadas de la política real. En suma, si a usted algo no le gusta por el motivo que fuera y no tiene ganas de pensar, califíquelo como populista.

Es demagogia no populismo 

Una primera confusión consiste en que lo que en la actualidad es generalmente caracterizado como populista, es aquello que ya se conocía como demagogia. Este concepto está asociado con el favorecimiento y la estimulación de las ambiciones y sentimientos de sectores de la población tal como se presentan espontáneamente. Las promesas que suelen realizar los políticos durante las campañas electorales son habitualmente criticadas como demagógicas cuando aparecen como irrealizables. Las repúblicas liberales modernas han sido reiteradamente cuestionadas atribuyéndoles la condición de sistemas demagógicos debido a la utilización intensiva de técnicas publicitarias características del marketing, a la personalización de las candidaturas, la manipulación de los medios masivos de comunicación en detrimento del análisis político, y el recurso sistemático a polarizaciones absolutas tales como bien-mal, desarrollo-atraso, civilización-barbarie, honestidad-corrupción, ellos-nosotros, o conceptos imprecisos como la alegría, la seguridad, la justicia, o la paz.

Ha sido habitual en las dictaduras recurrir a la consideración de las repúblicas derrocadas como gobiernos demagógicos para justificar los golpes de Estado y la imposición de sistemas autoritarios. La demagogia es claramente un desvío de un camino virtuoso, pero un desvío en el cual de hecho incurren todos los sistemas políticos y los sistemas ideológicos. Un gobierno populista puede ser demagógico o no, al igual que uno liberal, o uno socialdemócrata. Pero utilizar el argumento de la demagogia para derrocar a un gobierno, no es ya un desvío, sino un reemplazo de un sistema político democrático por otro que no le es. Es algo notoriamente más grave. Y esto lleva a poner en evidencia una característica del populismo: puede caer o no en desvíos demagógicos, pero todo populismo existe dentro de un marco democrático. Por supuesto, el desvío demagógico puede llevar a un populismo a dejar de serlo para convertirse en otra cosa, por ejemplo, una dictadura de la mayoría. Pero eso ya no sería populismo. Entonces ¿qué es el populismo?

Un aporte latinoamericano a la ciencia política

Un notable docente universitario que dictaba la materia Historia Argentina y un seminario sobre Historia Latinoamericana -Osvaldo Furman- me enseñó que el populismo es el mayor aporte latinoamericano a la ciencia política. Es un fenómeno nacido claramente en Latinoamérica y que no tiene un paralelo igual en otras partes del mundo. El Cardenismo en México, el Varguismo en Brasil, el Arbenzismo en Guatemala, el Aprismo en Perú, el Gaitanismo en Colombia y el Peronismo en Argentina, son sus más fieles exponentes. 

¿Qué es entonces el populismo? Ni más ni menos que la activación política de las masas populares. Eso quiere decir varias cosas. En principio, que las masas populares se encontraban políticamente inactivas hasta que el populismo las activó. ¿Qué quiere decir que estaban políticamente inactivas? Que no tenían la más mínima participación en el proceso de toma de decisiones. Ese ámbito estaba reservado a un sector pequeño, poseedor del poder económico y también político. Es decir que, en su génesis, el populismo aparece como una molestia para las élites acostumbradas a dominar todo el proceso de decisiones. El populismo propone ampliar la base decisional de una sociedad y eso supuso para quienes ostentaban el poder político, tener que compartirlo. Al ampliar la base de decisión política, no tardan en verse afectados los intereses económicos. El populismo supone así -por lo menos- una tendencia hacia la equidad social. 

La reacción general de los sectores privilegiados en los distintos sitios donde floreció el populismo fue idéntica: tensar la cuerda y apelar a la dialéctica amigo-enemigo en el afán de recuperar el poder que esas masas activadas políticamente les habían quitado. Es por eso que los gobiernos populistas han buscado invariablemente un protagonismo significativo del Estado como aquella entidad eminentemente política capaz de afianzar los procesos de búsqueda e implementación de la equidad política y social. 

La cuestión ideológica no debe pasarse por alto. En términos generales, los populismos disociaron la política de las ideologías tradicionales. Es por ese motivo que puede haber populismos más conservadores y otros más progresistas. En ningún caso el populismo es copado por ideologías extremistas o fanáticas como el comunismo o el fascismo. Por supuesto que los gobiernos populistas incurrieron en la tentación autoritaria, pero es curioso que, por más vuelta que se le busque, siempre llegaron al poder mediante las urnas y en general fueron derrocados violentamente por quienes se postulaban como los defensores de los valores democráticos.

Otro detalle que no debe pasarse por alto: por su esencia, los populismos tienden a ser populares, pero esa correlación no tiene por qué ser estrictamente necesaria. Dicho de otro modo, un populismo puede tornarse impopular. Esa pérdida de apoyo popular es lo que seguramente estará señalando su mutación hacia otro tipo de sistema. 

Haga el ejercicio en casa

De los populismos originales queda relativamente poco en pie. Pero eso no quiere decir que el concepto que hemos tratado de aclarar no pueda utilizarse más. Eso sí, sería interesante hacerlo de manera correcta. En principio, antes de calificar una medida de gobierno, una política pública, a un partido u organización social, a un gobierno como populista, intente dilucidar sus intenciones. Si estas apuntan a que los sectores populares, los más desprotegidos, las minorías silenciadas, tiendan a empoderarse, pues entonces sí, utilice el concepto sin temor a equivocarse. Pero cuando advierta medidas, políticas, partidos u organizaciones y gobiernos que defienden los intereses de pequeños grupos de poder concentrado usando eslóganes simplificados que intentan demostrar beneficios generales, desconfíe: eso es demagogia, no populismo. No se me ocurre nada más demagógico que la teoría del derrame.

Para complicar más aún las cosas -la realidad tiende a ser más compleja que simple- recuérdese que populismo y demagogia son conceptos distintos pero que a veces aplican juntos. Muchas veces los populismos son demagógicos, como también lo son los gobiernos liberales o socialdemócratas. Lo que es importante es poder distinguir entre una cosa y la otra.

Sepa el lector disculpar la tónica de este artículo, populista por cierto.
 

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