En carne propia: mayo de 1810 contada por sus protagonistas

Entre el 13 y el 14 de mayo de 1810 llegó al puerto de Buenos Aires la nave inglesa HMS Mistletoe con una bomba: España estaba en manos de Francia. En 1808, Napoleón invadió España, apresó a la familia real y coronó a su hermano José como rey de España. Para 1810, todo el territorio español (con excepción de Cádiz y León) estaba en manos francesas.

Buenos Aires se alborotó, los criollos vieron una oportunidad y empezaron las reuniones independentistas. Mientras tanto, la noticia corría por todas partes y los españoles se iban preocupando. El 18 de mayo de 1810, el  virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros publicó una proclama –en pomposo castellano- anunciando que las noticias eran "demasiado sensibles y desagradables al filial amor que profesáis a la Madre Patria" y solicitaba que el pueblo redoblara "los estímulos más vivos de vuestra lealtad y de vuestra constancia contra los reveses de  una fortuna adversa".  Aceptó la crítica situación que se vivía en el reino español pero advertía que, si bien Bonaparte había tomado España "como un torrente que todo lo arrastra", los españoles estaban "muy distante de abatirse". Finalizó pidiéndole al pueblo: "vivid unidos, respetad el orden” y aconsejó: “Aprovechaos si queréis ser felices de los consejos de vuestro jefe, quien os lo franquea con el amor más tierno y paternal".

Pero la suerte estaba echada. Cuenta Cornelio Saavedra en sus memorias que la idea de la independencia circulaba entre los porteños desde hacía tiempo, pero él consideraba que no estaban dadas las condiciones. En una reunión en casa de Juan José Viamonte, le acercaron la proclama de Cisneros y lo interpelaron: "¿Aún dirá usted que no es tiempo?".  Saavedra se cebó y los cebó a todos: "Señores, ahora digo que no sólo es tiempo, sino que no se debe perder una sola hora".

Las reuniones criollas siguieron y acordaron que iban a pedir un cabildo abierto para debatir sobre cómo seguir ante la crisis política que se vivía. Cisneros se enteró de esto y el 19 de mayo ordenó que todos los superiores militares se presentaran ante él. "Llamo a ustedes para saber si están resueltos a sostenerme en el mando", interrogó el virrey, con la esperanza de que las armas estuvieran de su lado y explicando que España seguía viva mientras Cádiz y León siguieran con su resistencia.

Cornelio Saavedra escribió la arenga en sus memorias.

Saavedra fue lapidario: “¿Y qué Señor? ¿Cádiz y la isla de León son España? ¿Este territorio inmenso, sus millones de habitantes, han de reconocer soberanía en los comerciantes de Cádiz y en los pescadores de la isla de León? (…) No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses: hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos". Cisneros, sorprendido y con cierto desagrado, contestó: "Pues, señores, se hará el cabildo abierto que se solicita".

Sin embargo, ese cabildo abierto que se prometió se estiraba un poco. Así fue que el 20 de mayo una comisión liderada por Martín Rodríguez (futuro gobernador bonaerense y el encargado de dejar registrado por escrito este momento) y Juan José Castelli se presentaron en el Fuerte de Buenos Aires y pidieron hablar con el Virrey. Cisneros interrumpió la partida de naipes que jugaba con otros funcionarios y se hizo el ofendido ante tal irreverencia.  Les preguntó a qué venían y la respuesta fue clara: Castelli y Rodríguez estaban ahí para "intimar a Vuestra Excelencia la cesación en el mando del virreinato". El Virrey se ofuscó ante tamaña falta de respeto. “No se acalore, Señor, que la cosa no tiene remedio”, le contestó Castelli, a quien sólo le faltó darle una cachetadita en la cara. Cisneros, ante tal pedido (que más que pedido era una franca apretada) se apichonó: "Bien...puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran".

El 21 de mayo amaneció complicado. Los españoles fueron al Cabildo para empezar otro burocrático día pero en la plaza (hoy Plaza de Mayo), un grupo de muchachos prometía bardo. Liderados por Antonio Beruti y Domingo French (ese binomio monolítico del cual ya hemos hablado), dejaron en claro que si las cosas no salían como los criollos querían, los españoles se la iban a ver fiera. Con armas en mano y a los gritos, exigieron que se realizara el cabildo abierto que hace unos días se había prometido pero que los españoles pateaban constantemente. Ante la presión, desde el balcón del Cabildo les avisaron a los muchachos de French y Beruti que el cabildo abierto se realizaría al día siguiente, el 22 de mayo. Pero la "legión infernal" (así los llamaban) pedía más: la renuncia del virrey. La cosa se puso espesa hasta que Saavedra intercedió y pidió que se calmaran, que ya habían conseguido la convocatoria a cabildo abierto que buscaban.

La tensión se sentía ese 22 de mayo por toda Buenos Aires. “La parte más sana y principal" –así decían las invitaciones- fue convocada al Cabildo para las nueve de la noche con el objetivo de discutir sobre qué hacer políticamente de ahí en más. Toda la tarde, la “legión infernal” rastrillaba la zona preguntando qué iban a votar a los que pasaban por ahí. Aquellos que optaban votar por la continuidad del virrey recibían una (no muy amable) recomendación de no aparecer esa noche por el cabildo.

“Ya estáis congregados; hablad con toda libertad”. Así, el escribano del Cabildo abrió el debate. El ambiente estaba áspero, algunos realistas acusaron haber sido forzados a votar en voz alta para ser insultados, burlados e inclusive escupidos por su elección. Se debatió en caliente y con desorden, pero las crónicas hablan de cuatro discursos en particular. Uno fue el del obispo español Benito Lué y Riega, que sugirió que los españoles que se encontraran “en las Américas” deberían “tomar y asumir el mando de ellas" y los criollos podrían gobernar en suelo americano "cuando ya no quede un solo español en él".  Castelli salió al cruce y afirmó que como  había “caducado el gobierno soberano de España (…) los derechos de la soberanía han revertido al pueblo de Buenos Aires que puede ejercerlos libremente", es decir, sin Rey el poder estaba en manos de los porteños. El fiscal del cabildo, el español Manuel Villota, contestó que Buenos Aires por sí sola no podía tomarse ninguna atribución y que era necesario consultar a todo el virreinato sobre qué hacer. El argumento, totalmente válido, fue directo al mentón de los criollos. Entonces Juan José Paso salió a salvar la noche: argumentó que la situación era crítica y que necesitaba una pronta solución, entonces, como "Buenos Aires representa la hermana mayor" del virreinato, ella podía decidir por todos esa misma noche. ¿Qué pasaría después? "Sin demora", explicó Paso, Buenos Aires invitaría a "los demás pueblos del Virreinato a que concurran por sus representantes a la formación del gobierno permanente". Terminado el debate, se procedió a votar. La mayoría decidió la destitución del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros. 

Al día siguiente, 23 de mayo, los españoles, medio noqueados, hicieron pública la decisión popular de remover al virrey e informaron que el poder quedaba en manos de los funcionarios del Cabildo de Buenos Aires hasta que se formara una Junta de Gobierno.

Baltasar Hidalgo Cisneros iba a presidir la Junta.

El 24 de mayo, los españoles la jugaron de pícaros y anunciaron la creación de una Junta compuesta por dos españoles realistas (Juan Nepomuceno Solá y José de los Santos Inchaurregui) y dos criollos (Cornelio Saavedra y Juan José Castelli).

Esa Junta tendría un Presidente: Baltasar Hidalgo de Cisneros. Sí, parecía una broma, pero no. Enterados de esto los criollos enloquecieron, Saavedra y Castelli (que no habían sido comunicados de la elección del Cabildo) renunciaron inmediatamente a sus cargos y todo se volvió a poner pesado. Tomás Guido, testigo presencial de esta agitada semana, escribió que a tal punto llegaron los ánimos que Belgrano se exasperó en una reunión : “¡Juro a la patria y a mis compañeros que si a las tres de la tarde del día de mañana el virrey no ha renunciado, lo arrojaremos por las ventanas de la fortaleza!”.

El 25 las protestas empezaron temprano. La Junta era vista justamente como lo que era: un intento de los españoles por seguir manteniendo el poder. Ante tal situación de presión, Solá, Inchaurregui y Cisneros renunciaron a sus cargos.

Esto llevó a que el Cabildo tuviera que elegir nuevamente autoridades gubernamentales y allí surgieron los nombres de la clásica formación. Cuenta Manuel Belgrano en su autobiografía que “se vencieron al fin todas las dificultades y (…) apareció una Junta, de la que yo era vocal, sin saber cómo ni por dónde”. Guido atribuye esa lista a Antonio Beruti quien, según él, ante la confusión que reinaba sobre quiénes debían integrar el gobierno "pidió se le pasase papel y tintero y, como inspirado de lo alto, trazó sin trepidar los nombres de los miembros que compusieron la Primera Junta”. Ellos eran Cornelio Saavedra (como presidente), Mariano Moreno (como secretario) y  Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Juan José Paso, Miguel Azcuénaga, Manuel Alberti, Juan Larrea y Domingo Matheu (como vocales). Así, después de muchas vueltas, quedaba conformado nuestro primer gobierno patrio.

(*) Abogado. Docente de Historia Constitucional Argentina, Facultad de Derecho, UNR. @dehistoriasomos

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