El dilema de la política exterior argentina

El gobierno de Mauricio Macri, que comenzará el próximo 10 de diciembre, provocará cambios en la política exterior del país que lo enfrenta a un antiguo dilema

La llegada de un nuevo gobierno supone modificaciones en la política exterior del país. En algunos sectores de la vida política argentina se habla de un cambio de 180 grados. Eso implicaría ir en  dirección contraria a los lineamientos que el kirchnerismo le imprimió al relacionamiento con el mundo. No puede aventurarse si eso es en sí mismo bueno o malo, pero si pueden hacerse algunas interpretaciones a partir la las señales brindadas desde el nuevo gobierno y desde algunos actores internacionales.

¿Ser cola de león o cabeza de ratón?

La posición de Argentina en el Sistema Político Internacional parece atada al dilema en el cual el país tiene solamente dos alternativas, ser cola de león o cabeza de ratón. O dicho de otro modo, ser “el peor de los mejores” o “el mejor de los peores”. En el pasado reciente, la política exterior del gobierno de Carlos Menem y las mentadas “relaciones carnales” con los Estados Unidos, constituyeron una forma de disputarle liderazgo regional a Brasil y fue un claro exponente de la “cola de león”.

Por el contrario, la política exterior de los gobiernos kircheristas, supuso un privilegio de las vinculaciones regionales, desconociendo el liderazgo de los Estados Unidos y Europa, pero sin conseguir sumarse como miembro pleno al selecto grupo de potencias emergentes que disputan poder en la cúspide del Sistema Político Internacional, es decir, los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Argentina fue un referente político en la región pero nunca tan determinante como Brasil en lo político ni como Venezuela en lo ideológico. En definitiva, Argentina fue una de tantas “cabezas de ratón”.

Los mandatarios de los países del BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). El grupo de potencias emergentes que disputan poder en la cúspide del Sistema Político Internacional.

Señales

El gobierno de Mauricio Macri, en pleno proceso de construcción de su estructura política, y algunos actores internacionales, ya ofrecieron algunas señales de la nueva dirección a adoptar.

1. Regreso a los vínculos tradicionales. Existe una clara ansiedad en la dirigencia de Argentina y de los Estados Unidos por retomar la relación trunca desde 2005. Barack Obama y su Secretario de Estado, John Kerry, telefonearon a Macri para felicitarlo por su victoria. Varios representantes del Congreso de los Estados Unidos le escribieron una carta a Obama pidiéndole que privilegiara las relaciones con Argentina en 2016. Desde los Estados Unidos se pretende reconstruir el liderazgo perdido a manos de Brasil en Sudamérica. Ese liderazgo se perdió por atender las diversas guerras contra el terrorismo desde 2001 y por la propia pericia de la política exterior brasileña para convertir a Sudamérica en su plataforma de lanzamiento como potencia global. Al nuevo gobierno argentino, un nuevo relacionamiento con los Estados Unidos y con los lobbies de poder político y económico de ese país le resulta casi imprescindible para clausurar la disputa con los “holdouts” o “fondos buitre”.

2. El poder está en el Océano Pacífico. El macrismo dejó entrever que comprende perfectamente el traslado del mayor eje de poder político global desde la cuenca del Océano Atlántico hacia la cuenca del Océano Pacífico. Más aún, desde el núcleo de poder del presidente electo se expresó la intención de sumar al país al Tratado Trans Pacífico, al cual pertenecen en representación de Latinoamérica solamente Chile, Perú y México, aunque se espera en breve la participación de Colombia. El Tratado excluye específicamente a grandes potencias con costa sobre el Océano Pacífico, como China y Rusia. Dicho sin rodeos, el grupo evita puntualmente la inclusión de los BRICS. Por sus características, el Tratado Trans Pacífico parece ser una alternativa al fallido ALCA -área de Libre Comercio de la Américas- pero con acuerdos mucho más restrictivos que tienden a beneficiar a los grandes conglomerados empresariales multinacionales antes que a las comunidades de los países firmantes. Acercarse a los foros de decisión con eje en el Pacífico es una cosa, encapsularse dentro del Tratado Trans Pacífico, es otra muy distinta y peligrosa, porque podría restar márgenes de negociación con otros actores internacionales.

3. Brasil, el gran socio. La señal más fuerte que ofreció Macri hasta el momento es que su primer destino internacional como presidente será Brasil. Argentina y Brasil mantienen una sociedad indisoluble y necesaria para no concluir ambos países como perdedores o “segundones” en el marco de la globalización. Lo queda por definir no es la sociedad con Brasil -algo que no se discute- sino qué tipo de sociedad con Brasil quiere el nuevo gobierno argentino. Desde comienzos del milenio Brasil ejerció la conducción política y económica de Sudamérica de manera indiscutible. La ficción de que ese lugar fue ocupado por la Venezuela chavista, no es más que eso, una ficción. El liderazgo político brasileño se sirvió de la confrontación permanente del chavismo con los Estados Unidos para abortar el ALCA y afianzar su liderazgo regional desde la construcción de una “izquierda responsable”. Se valió del chavismo en última instancia para “marcarle la cancha” a los Estados Unidos, permitiéndole un discurso ideológicamente duro, y reservando para sí el ámbito de la negociación diplomática regional. Pero el Brasil actual, padece notorias dificultades económicas,  inflación en alza, crecimiento estancado, recorte del gasto público, y una fenomenal crisis política producto de los escándalos de corrupción cuyo emblema es Petrobras. El gobierno de Dilma Roussef es tan débil que ni siquiera hay certeza de que pueda concluir en los plazos previstos. Un Brasil débil es para muchos, la posibilidad de una Argentina fuerte en la política regional. Cabe preguntarse entonces si el “despegue” que el macrismo promete respecto del bloque bolivariano, no supone en realidad un mensaje velado para Brasil y el anuncio de una nueva conducción política regional en la cual Argentina prevalecería mediante un acercamiento a Colombia, Chile y Perú.

4. La Unión Europea. Devaluada en los últimos años por sus propias desavenencias internas, la UE continúa siendo un insoslayable actor internacional, constituyéndose como el principal socio comercial del Mercado Común del Sur (MERCOSUR) representando cerca del 20 por ciento de su comercio exterior. Hace años que la diplomacia brasileña intenta sellar un acuerdo comercial amplio entre la UE y el MERCOSUR, que no se limite al comercio de bienes industriales y agrícolas, sino que también contemple los servicios, la mejora de las normas sobre contratación pública, la propiedad intelectual, las aduanas, la facilitación del comercio y la remoción de obstáculos técnicos al comercio. Pero ese acuerdo se vio frenado entre otras cosas por las resistencias que opuso Argentina. El nuevo gobierno apunta a limar asperezas y avanzar con el acuerdo entre ambos bloques. Pero como todo, eso traerá ventajas y desventajas para distintos sectores productivos locales.

5. China. El gigante asiático es el inversor que más creció en la región en la última década, es el mayor socio comercial de Argentina después de Brasil y es la segunda potencia mundial. Argentina entrelazó muchos de sus intereses económicos con los de China en los últimos años, incluyendo acuerdos que no tomaron luz pública en el país y despiertan inquietud. Sobre esos acuerdos Macri prometió una minuciosa revisión, pero anunció también que los vínculos comerciales entre ambos países se mantendrán. No es posible para Argentina desligarse de China, pero si se puede avanzar en un relacionamiento más equitativo.

6. Malvinas. Es un tema siempre prioritario en la agenda de la política exterior nacional, por el significado simbólico que contiene. Los kelpers le enviaron una carta de felicitación al presidente electo, esperanzados con una etapa de diálogo y sin mayores presiones sobre ellos por el reclamo de soberanía. La estrategia de seducción de los habitantes de las islas durante el gobierno de Carlos Menem demostró ser un fracaso, aunque las presiones sobre el Reino Unido durante los últimos años no parecen haber rendido demasiado frutos tampoco. Lo único que Argentina no puede permitirse es dejar de reclamar la soberanía sobre las islas.

Ni león ni ratón: pendularidad y multilateralismo

El mayor y más preocupante error que el nuevo gobierno argentino podría cometer, sería continuar actuando dentro del dilema del león y el ratón. Argentina tiene otras posibilidades con consecuencias políticas y económicas mucho más ricas e interesantes.

La pendularidad implica el acercamiento o alejamiento de distintos actores políticos internacionales de acuerdo a lo que sea mejor para Argentina. Es lo contrario del alineamiento, característico de la época bipolar, donde los países se “alineaban” con una sola potencia: o los Estados Unidos o la Unión Soviética. Argentina puede acercarse y alejarse de unos y otros para cumplir sus propios objetivos. Un acercamiento con los Estados Unidos puede ser provechoso en muchos sentidos. Para alcanzar una posible solución a sus problemas actuales respecto de la deuda externa y la apertura a los créditos internacionales. Para ganar poder de negociación frente a los socios comerciales como Brasil y China. Incluso para hacerle comprender a la dirigencia de los BRICS, que deberían incorporar a Argentina a ese grupo. Pero alinearse con los Estados unidos sin más, sería un problema. Por eso, revitalizar el MERCOSUR y concretar el acuerdo con la UE, sería una buena manera de mover el péndulo hacia el otro lado. Mantener la sociedad con China en términos claros y transparentes, sería una manera de sentarse en la mesa de negociaciones con Brasil y los Estados Unidos en un plano de mayor equilibrio.

El multilateralismo supone un constante política de acuerdos. Múltiples actores tendrán siempre múltiples objetivos, antecedentes y métodos de llevar a cabo las cosas. Eso significa que, para conseguir algo, cada actor involucrado tiene que ceder un poco. El resultado puede no ser exactamente el que cada parte prevé, pero será lo suficientemente satisfactorio. Por el contrario, el unilateralismo atiende la voluntad de un solo actor, por lo que no supone negociación sino acatamiento. El multilateralismo requiere de tiempo y discusiones, pero es más flexible y representativo del mundo globalizado actual. Los problemas globales requieren soluciones globales, con más consultas de más sectores involucrados.

El gobierno de Mauricio Macri decidirá el rumbo de su política exterior sopesando seguramente todas estas cuestiones. Solamente el tiempo y el recorrido darán la pauta real de qué camino se eligió.

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