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El día que Ludueña se quedó huérfano

A los 85 años, el histórico párroco se instaló en una residencia geriátrica para descansar y recobrar fuerzas. Rosario pierde así a su máximo referente barrial, un hombre que entregó su vida al servicio de los que menos tienen

El amanecer, frío y gris, golpeó con más fuerza que nunca a Ludueña, uno de los tantos barrios de la periferia de Rosario olvidados a su suerte. “¿Es cierto que se va? ¿Y ahora que vamos a hacer? ¿Quién va a continuar con su legado?, se preguntaban, incrédulos, los vecinos más cercanos a la parroquia. El rumor más temido y reprimido, un trascendido que había cobrado fuerza en las últimas semanas, se estaba convirtiendo en realidad. Las valijas y el auto estacionado en la puerta confirmaban la triste e inesperada noticia: la mudanza de Edgardo, el admirado, amado, necesario e irremplazable Edgardo.

El vehículo arrancó, giró en la primera calle y se perdió en la inmensidad del vapuleado cemento. En el asiento trasero, Edgardo contempló su querida Ludueña por última vez. Cerró los ojos y recordó sus primeras andanzas por el barrio, sus largos viajes en bicicleta desde el Colegio San José y sus primeras misas. La construcción de la parroquia. La escuela. El comedor. Las profundas carencias de aquellos pobladores. Todo vino a su mente.      

Edgardo es el Padre Montaldo. Este jueves, Rosarioplus.com publicó una cruda entrevista con este histórico párroco de la ciudad en el marco de una serie de profundas charlas con aquellos curas que, atrincherados en sus barrios, pelean a destajo y en soledad contra la violencia, la droga y las balas. En el reportaje, Montaldo describía estremecedoras postales de Ludueña. Contaba haber visto con sus propios ojos como los capos narcos, los dueños de los búnkers, pagaban los velatorios de los soldaditos acribillados. “Usan a los pibes para matar y como una forma de redimirse pagan sus entierros. Es terrible”, contaba afligido.

Del otro lado del teléfono la voz del Padre sonaba firme. “Hay que seguir batallando”, dijo en una parte de la charla. Hoy, sin embargo, su incansable y larguísima lucha (se instaló en Ludueña hace 47 años) llegó a su fin. A partir de ahora, sus paseos los dará por el bucólico y extenso jardín del Hogar Español (Uriburu y Avellaneda), la residencia que eligió para descansar en la última etapa de su vida.

“No le pidan que de misas todos los días porque viene a desenchufarse y a descansar”, se enojó la mujer que esta mañana lo acompañó a instalarse en el geriátrico ante la insistencia de los abuelitos por escuchar sus oraciones.   

La noche en Ludueña será hoy más triste y oscura que nunca. Será difícil dormir sin la presencia física del ángel guardián.   

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