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El comediante

El triunfo arrollador del actor cómico Volodímir Zelenski en las elecciones presidenciales en Ucrania, constituye un nuevo indicador de la crisis del sistema político occidental tradicional.
 

(Foto de EFE)

Con tan solo 41 años, de religión judía y sin experiencia política previa, Volodímir Zelenski fue elegido presidente de Ucrania en segunda vuelta con casi el 75 por ciento de los sufragios, la mayor victoria electoral alcanzada en la historia del país.

Los ucranianos optaron por un actor con un programa de gobierno desconocido en muchos aspectos, con la convicción de que los dirigentes políticos tradicionales fracasaron en resolver los múltiples problemas que los atraviesan. Si se evalúa además que con casi tres cuartas partes de los votos, le propinó una auténtica paliza electoral al actual presidente, Petró Poroshenko, que aspiraba a su reelección, queda claro que los ucranianos expresaron en las urnas enojo y hartazgo ante lo conocido. En otras palabras, prefirieron bueno por conocer que malo conocido. Pero ¿quién es el nuevo presidente ucraniano y cómo llegó tan lejos?

El servidor del pueblo

Volodímir Zelenski es un comediante que se convirtió en estrella de una serie de televisión denominada Servidor del Pueblo, en la que interpretaba el papel de presidente de Ucrania. En la tira, el personaje de Zelenski era profesor de historia de una escuela secundaria que gana las elecciones presidenciales después de que un video viral lo mostrara despotricando contra la corrupción gubernamental. La ciudadanía amó al personaje al punto que seis meses antes de que anunciara su candidatura presidencial, el 31 de diciembre de 2018, Zelenski ya era uno de los principales candidatos en los sondeos de opinión. 

Creó un partido con el mismo nombre de la serie televisiva que le dio fama, es decir Servidor del Pueblo, y generó una gran expectativa respecto de la regeneración institucional que reclamaba el país. Su candidatura primero y su elección después, son una expresión del rechazo masivo a la corrupción que lastra el desarrollo de un país, que además vive una complicada situación interna, con parte de su territorio controlado por milicias armadas prorrusas y con la península de Crimea anexionada unilateralmente por Rusia.

Por otra parte, los políticos tradicionales colaboraron con su impericia para que Zelenski llegara hasta la cima. Yo soy el resultado de sus errores le dijo públicamente Zelenski a Poroshenko. Pese a que tiene buena parte de razón, Zelenski no debería perder de vista que lo que recibió es solamente un crédito, un adelanto para su proyecto de cambio y no el pago por una gestión exitosa. Si se exceptúa su agudeza verbal, la capacidad del comediante en el ejercicio de la política está todavía por demostrarse.

Por su parte, el presidente saliente no logró convencer al electorado de que la inexperiencia de Zelenski podía ser un riesgo para un país en graves dificultades. Por el contrario, los votantes rechazaron el discurso del miedo y sostuvieron en las urnas un deseo de cambio que mejore su nivel de vida aunque fuera adentrándose en un futuro lleno de incógnitas. La corrupción, la guerra y las penurias que caracterizaron los cinco años de Poroshenko se convirtieron en un lastre imposible de remontar.

 Zelenski deberá organizar pronto su base política para sobrevivir en la escena pública. (Foto de EFE)

Desafíos

Pero no hay que confundirse. El respaldo en las urnas no quiere decir que el nuevo presidente tenga una tarea sencilla al momento de cambiar las cosas. Su poder estará limitado desde el principio por un parlamento en el que no cuenta con ningún respaldo. 

El partido de Zelenski es -al menos por ahora- meramente simbólico y tendrá que organizarse rápidamente para poder competir en los comicios legislativos previstos para noviembre. Por otra parte, el presidente electo probablemente no tarde en descubrir que es mucho más fácil denunciar la corrupción institucionalizada que adoptar medidas efectivas para combatirla, enfrentándose además a los grupos de poder que conducen de hecho al país, algo que constituye una exigencia urgente por parte de la ciudadanía que lo eligió.

Hay que destacar la posición de Zelenski de renunciar en principio a la vía militar y apostar por la diplomacia y por la negociación para recuperar el territorio ucraniano dominado por los separatistas del este del país apoyados por el gobierno ruso, y de considerar que la recuperación de la penísnsula de Crimea es un asunto estratégico para abordar en el largo plazo. El comediante muestra un semblante frío ante dos asuntos sensibles en los que sería muy fácil equivocarse. Además, deberá confrontar con alguien de la talla de Vladimir Putin del otro lado de la mesa, una tarea que no se prevé sencilla.

En lo que respecta a cuestiones de política interna, Zelenski no ha mostrado aún todas sus cartas ni en su programa ni en su equipo, algo que despierta incertidumbre. El paisaje político ucraniano se configura en torno a un presidente que habrá de demostrar su capacidad de formar un equipo eficaz y su habilidad para imponerse a los grupos de poder.

La dirigencia ucraniana, de características oligárquicas en el sentido aristotélico del concepto -un grupo que gobierna al conjunto pero en beneficio propio- ha demostrado en el pasado su rapidez en reorientarse hacia los vencedores y huir de los vencidos. Es posible esperar entonces un reordenamiento de los partidos políticos y de los bloques parlamentarios para adecuarse a las nuevas condiciones. Por su parte, se espera que Zelenski busque apoyos para las elecciones parlamentarias, previstas para noviembre. Ese apoyo puede venir del robustecimiento de su propio partido o de la alianza con otras fuerzas políticas. 

Síntoma de una crisis sistémica

Pero por sobre todas las cosas, el rutilante triunfo electoral de Zelenski puede ser entendido como un nuevo indicador de la crisis del sistema político occidental tradicional, de las dificultades que ofrece para dar respuestas y de la insuficiencia de los modelos clásicos de gestión. 

En Argentina la noticia de la victoria electoral del comediante llamó la atención. Resulta casi imposible sustraerse a la posibilidad de imaginar a algún comediante propio convertido en presidente. Es como si por arte de magia, aquel recordado personaje de Alberto Olmedo, el Mariscal de Costa Pobre, llevara al propio Olmedo a conducir los destinos del país. ¿Sería imposible algo así? La anunciada irrupción en la vida política de Marcelo Tinelli, podría responder a una insatisfacción con la dirigencia política tradicional compartida por argentinos y ucranianos.

Por último, y con una visión un poco más expectante respecto del futuro, bien podría interpretarse la victoria de Zelenski como una respuesta al anhelo de conseguir la normalización democrática en Ucrania en lugar de la búsqueda de revancha contra una dirigencia que ya se probó insatisfactoria. En ese sentido, la esperanza siempre es preferible a la revancha.

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