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El caso Perassi y el drama de los desaparecidos

Desde que en 1908 los tres arqueólogos y hermanos Bouyssonie descubrieron un esqueleto casi completo de un hombre de Neandertal en una fosa de La Chapelle-aux-Saints, Francia, se ha observado la posibilidad de sepulturas intencionales. Con el hallazgo de otros casos de este tipo, se planteó la teoría de que un grupo humano del Pleistoceno (de entre 125.000 y 10.000 años atrás) ya poseía una capacidad simbólica y realizaba prácticas funerarias mínimas.

Parece ser una necesidad arraigada en los sentimientos del hombre la de darle un reparo al menos simbólico al muerto, figurarlo, despedirlo. Otra cuestión es la decisión de velar el cuerpo, cajón abierto o cerrado, cremarlo, o responder a los deseos del difunto, pero el primer acto es constatar empíricamente que murió. Si no se resuelve esta primera instancia, el resto serán pasos en el aire para siempre.

De esto se privan quienes cargan con la figura del desaparecido. Por ejemplo las madres de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, México, jamás encontrados. “Nadie sabe la tantita mínima de lo que se siente tener a un hijo desaparecido. Porque, mire, si yo supiera que mi hijo está muerto, sé dónde llevarle una flor, pero no sé dónde está”, reclamó con tono desgarrador una de las madres al flamante presidente mexicano Manuel López Obrador.

 

Una situación similar recorre a Alberto y Alicia Perassi, los padres de Paula, de quien desde hace más de siete años nada se sabe aunque mucho se teme. “Quiero saber el lugar dónde tengo que llorar a mi hija”. Crudo y básico es el pedido que ha hecho en estos años Alberto. Ahora es el juicio donde esperan revelaciones.

Es tan fuerte lo que produce la no identificación del cuerpo, que la necesidad de conocer la verdad se antepone sobre las expectativas de condena de los responsables. “Queremos que hablen y digan lo que hicieron con Paula y dónde está ella”, es la primera respuesta que larga la madre de Paula con una voz roída en la puerta del Centro de Justicia Penal. Dice Alicia, "tengo que decirles a mis nietos qué pasó con su mamá” aunque sea la muerte la respuesta. Necesitan eso, certezas.  

En ese mientras tanto interminable que atraviesa la familia por dar con datos concretos, se mantiene latente la figura de la muerte. Latente, a mano, pero sin confirmación. Da vueltas, se teoriza sobre ella, pero no hay confirmación. De esta forma se configura una paradoja cínica, porque si algo tiene la muerte es lo incontrastable.

Los desaparecidos cargan con un peso histórico complejo de abordar y forman parte de la identificación nacional que lo complejiza aún más. Luego de la visita a la Argentina en 1979 de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por las múltiples denuncias internacionales de violación de esos derechos, Jorge Videla, que encabezaba la Junta Militar, respondió sobre los desaparecidos en conferencia de prensa abogando al cinismo aludido.

“(…) mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está… ni muerto ni vivo, está desaparecido”. Muchas madres y abuelas murieron con esa incógnita retumbando en sus viejos cuerpos. 

Los responsables de estos actos tienen dos certezas con las que lidiar: la de la muerte y la del destino del cuerpo. De por vida tendrán en su cabeza el lugar del escondite que podría ser la clave de la confesión: la porción de tierra, el río, el mar, un basural. Pero también su práctica es esconder este dato. 

En el caso Perassi, la familia de la víctima espera que a alguno de los acusados lo haya desgastado el tiempo y afectado el eminente arribo a una condena a perpetua, y termine por hacer una revelación durante el juicio.

Comenzó el juicio oral con pedido de perpetua para cuatro personas (Rplus)

Paula Perassi salió cerca de las 20 del 18 de septiembre de 2011 de su casa, ubicada en la localidad de San Lorenzo, luego de recibir una llamada telefónica y nunca más se la vio. De acuerdo a la acusación fiscal, Perassi fue capturada y obligada a abortar, tras lo cual presumiblemente murió, pero su cuerpo nunca fue encontrado, a pesar de la búsqueda que llevó adelante el Equipo Argentino de Antropología Forense revolviendo en un basural de la zona.

La mujer estaba casada, tenía dos hijos varones de 2 y 6 años y cursaba un embarazo de seis semanas, presuntamente de su amante, Gabriel Strumia. Éste junto a su esposa, una partera, un empleado suyo, y cinco policías están acusados por la desaparición de Perassi.

En la previa al juicio que comenzó esta semana, a los padres de Paula se los nota cansados de pedir por su hija, lo hacen con piloto automático. Quizás en la intimidad ya hayan superado la etapa de hilvanar hipótesis, escenas, teorías contrafácticas, o imaginar cómo sería (o es) físicamente siete años después, y ahora únicamente se enfoquen en saber el final de la historia y en que no se le escape la verdad.

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