Cierra la empanadería más tradicional, asfixiada por la suba de costos

El Gran Pipón se hizo un clásico en 37 años de historia, desde que innovó con una apuesta singular: dedicarse únicamente a la producción de empanadas. Pero los tarifazos de servicios y el incremento del alquiler fue letal. El dueño de siempre decidió cerrar.

La tradicional y pionera casa de empanadas El Gran Pipón, decidió cerrar sus puertas tras 37 años de actividad gastronómica sin pausa. El motivo es el corriente en estos tiempos: su dueño se ve asfixiado por los costos de las tarifas de los servicios y el incremento desmedido del alquiler.

Una marca que escribió su página en la historia de las comidas para llevar.

Se iniciaba la década del ’80 y Miguel decidió apostar por una opción gastronómica innovadora para entonces en la esquina de Dorrego y San Juan: una casa de comidas que despachaba únicamente empanadas. De carne, jamón y queso, o humita, fritas o al horno, fueron una novedad, tanto que el periodista Evaristo Monti -cuenta Miguel- no le pronosticaba mucho futuro. “¿Sólo empanadas vas a vender?”. Sí, sólo empanadas, repetía hasta que se hizo un clásico.

Desde entonces pasaron 37 años, cientos de miles de docenas vendidas y un cambio de local a Italia y Tres de febrero, hasta que esta semana Miguel decidió tomar la decisión más difícil: bajar las persianas, acorralado por los enormes costos mensuales y la baja de ventas. El último mes fue determinante: 20 mil pesos de energía eléctrica, 30 mil del alquiler, 7 mil de gas, 3 mil por los residuos especiales, más lo referido a los empleados y lo tributario.

El local cambió su emplazamiento: hasta ahora funcionaba en Italia y Tres de febrero (Rosarioplus)

“Pasé muchas crisis, pero ahora es distinto, es más dura”, expuso al periodista Ariel Bulsicco, a quien le reconoció que había confiado en este gobierno pero que le jugó la peor de las pasadas. Un viernes estaba habituado a vender unas 1.300 empanadas, pero desde hace unos meses bajó a 700/800 según el ánimo de consumo. “Los clientes habituales me compran, pero en menor cantidad”, dijo.

La decisión parece estar tomada ya que ni siquiera le conviene vender el fondo de comercio. “No quiero ni imaginarme el momento en que tenga que bajar el cartel de la puerta”, dijo sobre el negocio que tiene una carga simbólica enorme para el dueño del local y para también para la historia gastronómica de la ciudad.

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