Campo minado

Habrá que volver ¿“con la frente marchita”? Tal vez. Habrá que volver y reinventar. Habrá que barrer los escombros y abrir la puerta dar una vez más la bienvenida para que la clase pueda continuar, como insiste Jorge Larrosa aquí: 

La pregunta es ¿Cómo? No en el sentido de un cómo reducido a método o mera técnica educacional; cómo significa también preguntarse por las condiciones. Condiciones edilicias: claro; condiciones burocráticas: desde ya; condiciones salariales: veremos; condiciones de aprendizajes sostenidos: seguramente precarios; pero también y fundamentalmente, condiciones del renovado pacto educativo que convoca a unos y otros a dedicar buena parte de los días y de las noches de la primera, segunda y tercera infancia - y también la juventud y la adultez - a aprender el mundo.

El campo educativo es un terreno de disputa. Lo ha sido desde siempre, pero fundamentalmente desde que las sociedades estandarizaron el modo en que las nuevas generaciones se suman a la cultura común; esto es, hasta que el modelo de escuela se estabilizó y estandarizó en todo el mundo o casi.

Hay quienes entienden que lo que está en juego en ese terreno de disputa es la definición acerca de quiénes les enseñan qué cosas a quiénes y en qué condiciones. Sujetos individuales, grupos más o menos numerosos, con diferentes niveles de organización y colectivos disciplinares intentaron e intentan influir en esa definición. Participaron y participan de esa lucha por influir en la educación las iglesias, las colectividades nacionales y culturales, las agrupaciones sociales y políticas, grupos de interés económico de diversas ramas, grupos profesionales de diversas disciplinas.

Consejo Federal de Educación.

Los mecanismos de influencia resultan diversos: desde la creación de escuelas propias con formación orientada hacia un ideario específico, hasta la disputa por la letra de una ley o la definición curricular, pasando por la formación docente, la participación en el diseño, la impresión o distribución de libros de texto escolares e incluso la creación y venta de tecnologías educativas.

Hay quienes entienden que detrás de la lucha por la educación, se encuentra en realidad la lucha por la colonización de las nuevas generaciones; de sus almas, de sus inteligencias, de sus preferencias culturales, de sus pertenencias políticas, de sus gustos estéticos.

Hay también quienes entienden que esa lucha por la educación es también la lucha por la distribución de los lugares sociales que las nuevas generaciones ocuparán en el futuro, la preparación de los próximos líderes mundiales, de los emprendedores, de los trabajadores más o menos calificados.

Posiblemente haya muy buenas razones para participar de esta lucha; sin embargo, resulta preciso advertir que en ambos casos subsiste la pretensión totalitaria de «hacer al otro», o mejor «fabricar al otro»; una pretensión cuyos límites, consecuencias y contradicciones analiza Philippe Meirieu en su Frankenstein educador y que revisita recientemente Alejandra Birgin.

La suspensión de la presencialidad fue asumida por razones médicas.

El escenario de aislamiento social preventivo y obligatorio, altera la dinámica de la lucha en el terreno educativo pero no la disipa. En nuestro país y en buena parte del mundo, desde hace unos meses una de las medidas más importantes para el desarrollo de la educación - en particular en sus niveles obligatorios -, la suspensión de la co presencialidad, fue tomada por las autoridades basados en razones médicas.

Muchas de las decisiones que los docentes están obligados a tomar para sostener el vínculo con sus estudiantes están fuertemente influidas - de alguna manera determinadas- por las características de los soportes tecnológicos en los que se sostienen; soportes que en muchos casos no fueron creados con los fines pedagógicos que hoy se les intenta dar; soportes que en muchos casos se sostienen en lógicas comerciales antes que educativas.

En estos días, epidemiólogos y sanitaristas asesoran a las autoridades para el retorno a la copresencialidad escolar y posiblemente razones médicas o sanitarias indiquen algunas condiciones para ese retorno a los edificios escolares; como puede verse aquí, o aquí, o aquí, incluso en el mundo se debaten experiencias de alternancias, desinfecciones y distanciamientos.

Sería importante que junto con esas razones y decisiones, pueda reponerse algo de la perspectiva pedagógica, de saber pedagógico. Se trataría, claro, de convocar a especialistas en educación - actividad que en algunos lugares viene ocurriendo -; pero también de escuchar a docentes y estudiantes acerca de sus posibilidades y necesidades; pero se trata sobre todo de cuidar que junto a las razones médicas, sociales, económicas, políticas y burocráticas, se puedan incluir también las razones pedagógicas para con todas ellas diseñar el cómo del tiempo porvenir.

Un tiempo que, al menos en lo inmediato deberá ser de reparación; porque, resulte más o menos visible, este tiempo de aislamiento dejará heridas sociales e individuales que reclaman atención urgente.

(*) Profesor y licenciado en Ciencias de la Educación.
Miembro del Centro de Estudios en Políticas Sociales y Educativas.

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