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Barquero, el preso que saldría de la cárcel convertido en escritor

La particular historia de un rosarino que, tras fracasar en una serie de emprendimentos comerciales y ser exitoso en alguno, es acusado de participar de un secuestro extorsivo y debe pasar varios años en la cárcel. Al salir del encierro, comienza a publicar libros

La requisa en el pabellón de Encausados de Córdoba había dado los resultados previsibles: psicofármacos, una faca, partes de objetos irreconocibles que podían convertirse en armas. Lo único extraño era una hoja de papel manuscrita, una especie de fábula bajo el título “Un discurso de bienvenida”, que los guardias pusieron en el escritorio del director de la cárcel.

“Un discurso de bienvenida” parecía referirse al desprecio y la humillación que los carceleros infligen ritualmente a los reclusos: “Ustedes significan, para mí, solamente un número, una presencia que será reemplazada por otra”, decía en sus primeras líneas. Pero resultaban ser, en el final del texto, las palabras que un preso le dirigía a las cucarachas que recorrían su calabozo.

La hoja había sido hallada en la celda de Jorge Alberto Barquero, un rosarino acusado de participar en el secuestro extorsivo de un comerciante. “¿Qué es esto?”, lo interrogó el director. “Nada, estoy escribiendo”, respondió Barquero. El preso que saldría de la cárcel convertido en escritor.

La fiebre del oro

Barquero nació en Rosario el 29 de marzo de 1942. En su historia familiar, tal como la contaba, la figura central era su abuelo paterno. En él reconocía dos intereses que serían distintivos de su propia personalidad: el abuelo había trabajado al frente de una joyería –rubro al que se dedicaría Barquero en los años 80– y le había dejado como herencia una biblioteca que fue su primera fuente de lecturas.

Tenía algo de los personajes de Roberto Arlt, cuyos sueños de fabulosa riqueza tropiezan con la áspera realidad. Barquero montó una fábrica de pelotas de cuero y así fue por primera vez a la quiebra, arruinado por la apertura de las importaciones del ministro José Martínez de Hoz, durante la dictadura. Vendió whisky, y recibió su primera condena de prisión por falsificación de los sellos que acreditaban la mercadería como importada.

“Los fracasos y, más que ellos la sucesión de fracasos, lo convierten a uno en un tipo reminiscente”, decía. Sus recuerdos están en los libros que escribió y en particular en La ley de la memoria (1999), la “novela testimonial” que empezó a escribir en la cárcel de Córdoba.

La novela retoma su historia después del frustrado proyecto de fabricar pelotas de cuero, cuando compra joyas con cheques sin fondo y a fecha, lo que lo obliga a revender las alhajas antes de que se produzcan los vencimientos.

En esa carrera contra el tiempo trata de cubrir los montos convenidos y a la vez cumplir el verdadero propósito del plan: el pago de deudas generadas por otros cheques sin fondos, “cien cheques voladores en la calle esperando el plafond”.

El intento no da resultado, pero en esa circunstancia conoce a un joyero porteño –al que identifica como Rodolfo Guzmán– quien lo inicia en el oficio y le revela una clave: dejar hablar primero al cliente. “Hay que saber las dos historias para hacer una buena compra –enseña Guzmán–. La historia del cliente, él mismo te la cuenta mientras hacés el circo con la alhaja; la historia de la alhaja está en las manchas de ácido con las que viene, con los limazos y cortaduras. Alhaja intacta: tu negocio es el primero. Alhaja toqueteada: dueño cansado y desanimado”.

Con esos principios, Barquero montó la joyería El príncipe del oro, en Maipú 1206. El nombre era una alusión o un reconocimiento hacia el Rey del Oro rosarino, título que ostentaba otro comerciante del rubro, José Luis Bedoya.

Su negocio creció vertiginosamente. El secreto consistía en comprar oro para revenderlo de inmediato –especialidad que en la jerga del oficio se llama “cuervo”– y, particularmente, en comprar en Rosario y vender en Buenos Aires, a un joyero al que Barquero llamaba El Armenio.

Las operaciones se cerraban en el aeropuerto de Fisherton. Un joven llamado Luis Salvador Zamboni viajaba dos veces por semana en una avioneta Cessna 182 para llevarse el oro, que pagaba contra entrega. Ex alumno del Colegio Militar, el piloto integraba el grupo de ultraderecha Falange de Fe y tenía un local de compraventa de oro y alhajas en Libertad 370, en Buenos Aires.

En poco tiempo, Barquero pudo disfrutar de un buen pasar: “Departamento a estrenar, céntrico, inmenso, con todas las comodidades –contó en la novela–. Los chicos en escuela privada, un cero kilómetro en la puerta como se dice y todo por delante”. También una quinta en Funes y seis custodios, policías retirados y en actividad. Pero la suerte lo abandonaría tan rápido como había llegado.

Doble homicidio y secuestro

El 11 de octubre de 1982, la Policía Federal descubrió en un departamento de Viamonte 769, en el centro porteño, los cadáveres de Zamboni y de su novia, maniatados, con signos de tortura y un disparo en la nuca cada uno.

En una crónica sobre el caso, Ricardo Ragendorfer cuenta que Barquero aportó un testimonio sorprendente al revelar que Zamboni “hacía inteligencia a los colimbas del Colegio Militar”, que por entonces dirigía el general Reynaldo Bignone. Una tarea posiblemente relacionada, según investigaciones posteriores, con la desaparición de los conscriptos Luis Steimberg, Luis Daniel García y Mario Vicente Molfino, allegados al Partido Comunista.

Barquero se presentó en el Departamento Central de Policía, en Buenos Aires. Quería, como se dice, aclarar su situación, ya que la Policía Federal lo consideraba sospechoso por el negocio del oro y los custodios de los que disponía.

El “horrendo crimen de la calle Viamonte”, como titularon los diarios de la época, pudo ser según Ragendorfer una venganza de oficiales de la Armada después que Zamboni extraviara un cargamento de oro al naufragar un velero en el Río de la Plata.

Para Barquero, el episodio fue el primero de una serie de graves percances –entre ellos un robo y un atentado explosivo– que lo dejaron literalmente en la calle. El único bien que conservó –aunque pronto quedó embargado– fue la quinta que tenía en Funes, y en agosto de 1986 se la alquiló a un amigo –Müller, según lo nombra en La ley de la memoria- que se la pidió “para guardar una mercadería”.

En realidad se trataba de la víctima de un secuestro, José Maslub, comerciante mayorista de calzados. Una banda dirigida por Roque De Paoli se lo había llevado su casa, en la ciudad de Córdoba, y buscaba un lugar donde mantenerlo cautivo mientras negociaba el rescate con la familia.

En la cárcel

Barquero arrestado en 1986, cumplió condena en Córdoba.

Barquero no integraba la banda, pero quedó involucrado en la causa después que el comisario José Elcides Bresso, titular de la delegación de la Policía Federal en Córdoba, averiguó el paradero de Maslub y lo rescató de su encierro. En el momento detuvo además a Carlos Alberto Rosas, un ex policía que custodiaba al secuestrado.

Bresso actuó de manera ilegal, ya que se presentó en la quinta por su cuenta, sin orden judicial, acompañado por otros tres policías. Sin embargo, con la liberación de Maslub cimentó una imagen de policía duro y eficaz. Otros antecedentes contradijeron esa imagen: fue acusado en la causa por el asesinato del obispo Enrique Angelelli –aunque finalmente quedó desligado– y en abril de 1987 desoyó la orden de detener al mayor Ernesto Barreiro, cuya rebeldía dio origen al primer levantamiento carapintada.

Con pedido de captura y su fotografía exhibida en la prensa, Barquero se entregó en octubre de 1986 después de mantenerse un mes en una casa prestada. Pasó tres días incomunicado. “Sin baño, sin comida, sin luz, sin modales –recordó en su novela testimonial–. Y lo peor: los solidarios y anónimos gritos de ¡aguante! de otros presos que no solo te hacen más fuerte sino también más delincuente”.

La banda quedó desarticulada, como dicen los partes de prensa policiales. Roque Di Paoli murió en un tiroteo con la policía cordobesa –donde también intervino Bresso– y además de Carlos Rosas fueron detenidos el ex sargento del Ejército Munir Saade y Normando Claudino Sánchez.

–Yo no era parte de ninguna banda. Y eso lo sabían mis jueces y sobre todo la policía de Rosario. No me da para secuestrar. Pero bueno, las cosas fueron así. Hay una frase, que dicen los muchachos adentro: “Vaya un chancho por tantos pollitos”. Cuántas cosas uno habrá hecho y nunca pagó, entonces acá te tocó pagar algo que no hiciste. –me contó Barquero en una entrevista que hicimos en el departamento donde vivía, en la esquina de San Luis y Mitre. Y él pagó muy caro.

–Tuve una condena de catorce años, que después quedó en doce y la última fue de siete.

Libertad de escribir

Empezó a escribir en 1990, en una celda de dos metros por tres. Al principio anotaba frases sueltas y pensamientos. Un preso analfabeto le dio la idea de armar un libro y así surgió Hojas de yerba, un anecdotario que se convirtió en un éxito de ventas dentro de la cárcel, al punto de agotar su tirada.

Al mismo tiempo empezó a cartearse con Ricardo Piglia –a quien tomó de personaje en su primer cuento, “Fe”, escrito después de leer su novela Respiración artificial– y lo fue a visitar cuando recuperó la libertad. Piglia le dijo que tenía futuro como escritor y le recomendó leer a Raymond Carver y escribir una novela basada en su experiencia.

Barquero ya tenía escrita esa novela. La ley de la memoria, publicada en 1999, se convirtió en uno de los grandes libros de la literatura de Rosario. El relato era autobiográfico “en un ochenta por ciento”. El veinte por ciento restante puede referirse a la incorporación de personajes de ficción –aparece el comisario Laurenzi, protagonista de cuentos de Rodolfo Walsh– y al cambio de algunos nombres y circunstancias de los hechos.

El título del libro era una reacción contra la ley de obediencia debida: a la “ley de olvido” con que el gobierno de Raúl Alfonsín perdonaba los delitos de lesa humanidad respondía con la memoria de los presos: “A los militares los libros les adjudican una bandera, un par de batallas gloriosas y un par de revoluciones también, por qué no. Pero nosotros, los delincuentes comunes, que no hemos leído tanto, solamente le adjudicamos toda la muerte que vimos. Todas esas muertes cobardes”, planteaba “Soviet” Rojas, un recluso que había sido testigo en la cárcel de los crímenes de la dictadura.

En 2003 ganó el segundo premio del concurso literario Manuel Musto por el libro de cuentos Sabihondos y suicidas –“autobiográfico ciento por ciento”, dijo–, que publicó la Editorial Municipal de Rosario. Barquero recibió el galardón del entonces intendente Miguel Lifschitz.

“Cuando entrás a la cárcel, decís: Estos son delincuentes y hay otro que te mira y piensa lo mismo de vos. En ninguno de esos actos de mi vida logro justificarme”, le dijo a Gabriel Zuzek, en una entrevista a propósito de Sabihondos y suicidas. Entre otros personajes recordó en ese libro a Pedro Arredondo, el Perro, conocido por resonantes asaltos en la década de 1990.

En 2009, Ediciones Recovecos publicó en Córdoba otro libro de cuentos, Una fosa en Los Cipreses. “Primero nos relacionamos a través de la revista Recovecos –recuerda el editor, Carlos Ferreyra–. Nos mandó un extracto del libro Cómo nace un delincuente, que no llegó a publicar. Nos hicimos amigos. Cada vez que íbamos a Rosario nos juntábamos, hasta que llegó el momento de la publicación de su libro y armamos una presentación en Córdoba”. Barquero presentó Una fosa en Los Cipreses el 13 de mayo de ese año. Y al llegar a Córdoba se le ocurrió llamar por teléfono a José Maslub, el comerciante que había estado secuestrado en su quinta.

Barquero con amigos en el Bar Central, de Urquiza y Mitre.

Una polémica

No llegó a comunicarse con Maslub. La llamada fue recibida por el contador del comerciante, quien después dijo que Barquero quería pedir perdón, contar que había cumplido su condena y compartir un café.

Pero Maslub no estaba dispuesto a perdonar ni mucho menos. Incluso protestó porque el diario La Voz del Interior había publicado una entrevista con el escritor rosarino en la sección de Cultura y exigió que le dieran el mismo espacio, como si lo hubieran difamado, para recordar la historia de su secuestro.

“El diario hizo una nota muy linda con Barquero. Nuestra intención no era mostrar su lado como delincuente y toda esa historia sino mostrarlo como un escritor. Naturalmente siempre salían esas historias, porque eran épicas, y también surgieron en la nota. Un día antes de la presentación, apareció en la televisión el empresario del calzado que había sido secuestrado y fue la causa por la que él estuvo preso en Córdoba”, cuenta Carlos Ferreyra.

El episodio derivó en una polémica inesperada. En una columna de opinión, bajo el título “Jorge Barquero, otra vez condenado en Córdoba”, el periodista y escritor Omar Hefling salió al cruce del escándalo que agitaban periodistas de la provincia: “Para estos medios, ¿un delincuente debe pudrirse en la cárcel?, ¿un delincuente no debe tener una oportunidad como si se la buscó Jorge Barquero?, ¿un ex convicto debe “desaparecer” de la faz de la tierra luego de haber cumplido su condena? ¿un delincuente en cumplimiento de su condena no puede escribir un libro en la cárcel y desde ese lugar publicar su obra si algún editor lo cree conveniente?”.

Barquero había cumplido su condena, pero no parecía suficiente. “En un país donde los grandes delincuentes, donde los represores y los peores asesinos nunca van presos, o apenas son alojados en un penal consiguen de inmediato una apelación que los libera o les otorga el beneficio de la prisión domiciliaria, el caso de Barquero es digno de resaltar”, planteó Jorge Londero en otra nota, “Las paradojas del castigo”, más concesiva con el enojo de Maslub pero igualmente enfocada en lo que el episodio ponía a la luz: una opinión predominante en sectores de la sociedad, según la cual quienes delinquen simplemente deben permanecer encerrados en la cárcel.

Lo que resultaba intolerable, en última instancia, era que Barquero reformulara su historia carcelaria y la convirtiera en un instrumento de reflexión sobre su vida y sobre la propia sociedad. “Después presentó el libro en Río Cuarto y la última charla que dio en Córdoba, con Miguel Molfino, fue maravillosa. La idea era que los dos contaran sus experiencias en prisión desde perspectivas distintas, uno como delincuente común y otro como preso político, y cómo las habían articulado en la literatura. Fue una pena perderlo a Jorge”, dice el editor de Recovecos.

Jorge Barquero falleció en agosto de 2014. En su último libro, La crónica Maipú la calle del oro. Orígenes y actualidad. Anécdotas y personajes de una calle rumorosa (2010), recordó la historia de su abuelo paterno, que él había retomado nuevamente al frente de la joyería JB.

Los libros escritos por el ingenioso Barquero.

Según referencias que aportó en entrevistas, tenía inéditos varios libros: la novela El hombre baldío, el volumen de ensayos Juntapapeles y los libros de relatos Bromas y aparte, Seguimos en el aire y Cómo nace un delincuente.

También escribía palíndromos y criptogramas –confeccionó uno dedicado a la literatura rosarina– y se impuso juegos de destreza, como componer un cuento exclusivamente con frases entresacadas de relatos de Borges o cifrar mensajes en sus relatos.

“Más que investigadores, la policía parece ser cómplice –salvo contadas excepciones y al contado- de quienes han delinquido–escribió en La ley de la memoria–. O quizás la policía y la sociedad pacata en algo se parezcan. Ellos no aceptan que el delincuente de guantes negros se haya redimido. No lo creen. No le creen. Y entonces uno, con las patas en ambos mundos, no está seguro en ninguno”. Pero la ficción era “vivir en escritura” y en ese territorio Jorge Barquero sigue pisando muy firme y bien plantado.

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