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Los pibes de la Siberia: la historia del Colo, el poeta de Psicología

La Siberia se transformó en los últimos años en un refugio para los chicos en situación de vulnerabilidad que viven en La Sexta. El caso del estudiante que mandó a un pibe a comprar droga en la facultad de Psicología expuso esta cruda realidad. La historia del Colo refuerza la necesidad de no dejar a la deriva a estos jóvenes

"Me recuerdan a mí, yo era uno de estos chicos", dice el Colo al referirse a los pibes que quedaron involucrados en un caso que conmueve y preocupa a toda la comunidad educativa de la UNR, cuando un estudiante de Psicología mandó a uno de ellos a comprar droga a un bunker del barrio. 

El incidente, que ya está siendo investigado, volvió a instalar la problemática de los chicos de barrio La Sexta que, desde hace años, concurren a la Siberia para vender tarjetitas, pedir monedas o comer algo en algunos de los bares del predio. El Colo se llama Matías Romaguera y es "un hijo" de Psicología, un joven querido por docentes y alumnos que encontró en los pasillos de la facultad un proyecto de vida, "la salvación", como le gusta decir a él.

El Colo (25 años) trabaja en el bar como bachero desde el año pasado. Pero además escribe poesía, un hobby que conoció al rodearse de tantas palabras. En 2014 publicó su primer libro titulado "Un relato colorado", editado gracias a una iniciativa conjunta del Centro de Desarrollo Infantil y Promoción Familiar (Cedipf) y la Biblioteca Argentina Juan Alvarez.

Por estos días, trabaja en una segunda publicación ("Los pasos de la vida") y en un documental que lo tiene como protagonista. En su mochila siempre hay un cuaderno en blanco y una birome. También carga con sus relatos que, en los tiempos libres, vende por los pasillos y las aulas de la facultad.

El Colo cuenta que les habla a los chicos que deambulan por la Siberia, intenta aconsejarlos y mostrarle que los destinos no siempre están marcados. "Me escuchan, pero están en plena rebeldía, es complicado", admite. "Yo de chico venía y abría las puertas de los taxis. Estaba a la deriva, sin ningún proyecto. Este lugar me salvó", dice.

La deriva lo llevó a codearse con el mundo de las drogas y a pasar largas noches en una comisaría. Estando encerrado fue padre. Nació Gianluca y todo cambió. Empezó a interiorizarse por la poesía, retomó el secundario, le ofrecieron dar un taller en el Instituto de Recuperación del Adolescente (Irar) y estrechó sus vínculos con La Siberia, su segunda casa. "No sé que hubiese sido de mi vida sin este lugar", asegura. 

"Por eso me dio mucho bronca lo que pasó con este estudiante. Lo agarró al pibe como si fuese un soldadito", agrega sobre lo ocurrido días atrás. Uno de sus cuentos está, justamente, inspirado en un chico que cuidaba un kiosco de droga en el barrio. El texto dice: "Los pibes no saben decir nada más que búnker/ te parás en la esquina y te dicen búnker/ Hay que poner un freno a esto / Que los pibes vean la realidad de la vida / Que aprendan a expresarse / Que aprendan a sumar y leer/Que mi gente se exprese sin decir búnker”.

Terminar la secundaria es su próximo gran objetivo. Dice que quiere inscribirse en alguna carrera universitaria para aspirar a "un mejor futuro". Por el momento trabaja y escribe poesías, la única manera que tiene para desahogarse, tal como describió en su libro "El callejero".

“Está el artista callejero, está el que canta y está el otro como yo, que te va a ofrecer una poesía, una linda lectura / esta poesía nace del alma / de lo más profundo de mí / no me interesa si no te gusta o te encanta / yo se que ésta es la única manera de desahogarme".

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