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Los uruguayos inventaron el primer alfajor “bajonero” del mundo

Un torrente de sabores espesos, dulces, crocantes y flexibles habitan en el paladar y se enroscan entre las encías y los huecos de las muelas con arreglos jamás arregladas. Los sabores nuevos rodean la lengua que se mueve como Moby-Dick en un mar acechado por la caza del capitán Ahab. La saliva es un océano. La lengua va, viene y respira debajo del fango multisabor. De las encías recoge los gránulos de la masa crocante bañada en chocolate amargo y del paladar acaricia la crema dulce del dulce de leche. Cada bocado es un viaje donde somos el único marinero que traduce los bocados en puertos. Estaciones que se aceleran con vértigo. Recorridos efímeros que devoran, huelen y sienten. Palpitaciones y neurociencia que se combinan para explicar las sensaciones de un camino que pensábamos que era monopolio argentino: el alfajor. Los uruguayos lo hicieron, inventaron el Marley, el primer alfajor bajonero del mundo. 

El duelo interno de sapidez otorga resabios de placer y sudor mientras camino por una calle empedrada en el casco viejo de Montevideo. Los viejos toman vermú y whisky en los bares y no son afiche postal de postura turística. Son personas sin pose, sin más intenciones que soportar la humedad de los Vasos Vacíos Del Plata. No me miran, ni me advierten. Aunque mis sentidos se extrapolan luego del medio y medio con pan de ajo y bife ancho del mercado. No hay almuerzo sin postre para poder equilibrar el gusto denso de carne, ajo y alcohol. La opción es probar el Marley, el alfajor bajonero que nació como un emprendimiento independiente y que ahora no solo se acopla a mis preferencias montevideanas, sino también auspicia eventos, recitales y a artistas independientes.

El alfajor se puede disfrutar por partes

Los chefs catódicos, los stars enólogos de folletos especializados y los caretas gourmets se pasan horas y vidas buscando metáforas para asociar los sabores con el metal o con la madera como si pudiéramos masticar, deglutir y digerir un cacho de esos sólidos. Para describir al Marley sólo hace falta enumerar la potencia traducida en cantidad del dulce de leche, muuuucho dulce de leche que al apretar la masa algo más dura que un alfajor argentino convencional hace que el dulce se desparrame en el sentido opuesto al del mordiscón.  Pero el valor agregado es que las tapas están bañadas en chocolate no sólo en su exterior sino también en su interior. Si al Marley lo separáramos en capas se podrían disfrutar cada una de sus partes.  

En toda estética palpita un íntimo soplo de ética. El packaging de celofán transparente es un gesto de sensatez. El Marley no tiene nada que esconder. No posee la promesa inconclusa de las hamburguesas de las cadenas de fast food que jamás cumplen con lo que exponen las marquesinas de los centros comerciales. Debajo del nombre se desprende el dibujo de una hoja de marihuana. Los satélites canábicos se apoderaron hasta de las golosinas.  

La ideología puede viajar del cerebro hacia el cuerpo o viceversa. Los alfajores bajoneros son la expresión hecha sabor de las tribus urbanas montevideanas.  Una marca que apoya movidas culturales: skate, surf, reggae, hip hop y rocanrol. Marley es un alfajor horizontal que dialoga con los paladares y con las ideas de sus comensales.  Y ahora el goce es mío. Cuando termino de empapar de tinta una servilleta del café Bacacay con un apunte que pretende tener el mismo sabor espeso, dulce, crocante y flexible de un alfajor. 

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