Los que trabajan al sol cuando la peatonal arde

Son las dos de la tarde y el sol está ensañado con las blancas losas de la Peatonal Córdoba. El termómetro está clavado en 36 grados pero en el tradicional paseo comercial céntrico parecen muchos más. La calle parece un desierto y son pocos los rosarinos que se le animan a caminar en este jueves agobiante en la ciudad.

Muchos menos son los vendedores ambulantes que intentan hacerse el mango por la Peatonal. El calor no da tregua y gente a quién ofrecerle la mercadería hay poca, muy poca. Mientras los aires acondicionados de los bares, locales y galerías atraen a los desesperados peatones, algunos laburantes se las rebuscan en el infierno de la calle. Rosarioplus.com charló con los poquitos valientes. Estos son…

Jazmín está sentada en la esquina de Laprida y Córdoba, donde empieza (o termina, depende la perspectiva) la peatonal. Vende bijouterie que exhibe en un coqueto paraguas de felpa morado. Mientras le da un trago a una botella con agua bien fría y se almuerza una ciruela, cuenta que hace muchos años que trabaja en la calle, y que le gusta mucho hacerlo.

No tiene horarios, trabaja “dependiendo del clima” y asegura que pese al verano, siempre hay movimiento. “Siempre hay gente, turistas, rosarinos. Por suerte Rosario es una ciudad que siempre abriga mucho”, dice sin darse cuenta de la imagen que utiliza en semejante jueves infernal. El amor tiene esas cosas.

Raúl está en la esquina de las peatonales Córdoba y San Martín de lunes a sábados desde la mañana hasta la tardecita atendiendo el puesto de la Red de Viveros Inclusivos que coordinan la Municipalidad de Rosario y la Provincia. Está llenando una regadera con agua fresca para que los plantines soporten el agobio. “Los riego cada dos o tres horas y ya verás lo bien que están”, dice orgulloso. Asegura que el calorón se tolera “hidratándose bien, tomando agua, buscando la sombra” y comiendo frutas y alimentos livianos.

Raúl se refresca y cuida sus plantitas

Las ventas, dice, dependen de cada día. “A veces se vende bien, otras no tanto”, clarifica. Las vedettes del verano son las hierbas aromáticas. “La gente las lleva para cocinar”. El movimiento, en cambio, es más fácil de calcular: “A la mañana temprano hay movimiento, se corta al mediodía y empieza de nuevo más a la tarde”

Pasando Mitre, están Fabián y Mario, que desde hace 14 años trabajan en la calle vendiendo sábanas, medias, juguetes, manteles, "lo que dé el bolsillo". Se refugian en la sombra de la entrada de una galería esperando que aparezca algún cliente. “El movimiento está tranqui", no hay mucha gente", apuntan. Recién “a partir de las seis de la tarde”, cuando el calor empieza a aflojar un poco, empiezan a aparecer los potenciales compradores.

Fabián y Mario se bancan el calor

Pero, mientras tanto, esperan firmes en la ardiente peatonal. “Nos la bancamos, estamos acostumbrados así”, dicen sin altanería y confían su receta para zafar del calor: “Tomamos mucha agua, nos refrescamos con el agua del desagüe del aire acondicionado de uno de los locales, comemos livianito, alguna picada, fiambres, nada pesado”.

En la última cuadra de la peatonal (o la primera), apenas cruzando Corrientes está Romina, una artesana que trabaja desde hace 14 años. Sentada a la sombra del imponente edificio de la Bolsa de Comercio, cuenta que viajó por diferentes lugares de Latinoamérica, "hasta Venezuela llegué", y que desde hace 7 años está en Rosario, trabajando en diferentes cuadras de la peatonal, el Parque España y La Florida. Llegó a su parada al mediodía y se queda hasta cerca de las cuatro de la tarde, munida de una botella de agua bien helada. El almuerzo se lo procuró en su casa.

Romina busca la sombra para sus artesanías

Es de las pocas artesanas que resiste en la peatonal. Asegura que muchos se van a vender a la costa ribereña o parten a destinos turísticos. A ella, un compromiso laboral la retiene en Rosario, donde el movimiento "está tranquilo, se nota la crisis". "La gente cubre las necesidades básicas y si les sobra algo recién compran un accesorio", apunta. Turistas, hay, pero no parecen ser la solución: “Veo muchos brasileros, pero no son de comprar”, dice entre risas mientras apura otro trago de agua.

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