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Jorge Riestra, uno de los inventores de Rosario

El escritor rosarino deja una obra en plena reedición, con textos inéditos que editan jóvenes editores y escritores que son también sus lectores

El escritor rosarino Jorge Riestra había cumplido 90 años hace un mes, sin embargo no era un desconocido para generaciones mucho más jóvenes. Su muerte se produce en un momento en el que su voz y su obra cobraban un nuevo vigor: dos de sus principales libros, “Espantapájaros” (relatos, 1950) y “Salón de billares” (novela, 1960) fueron publicadas a fines del año pasado por la editorial de la UNR, editadas por el joven escritor Nicolás Manzi

La obra de Riestra, que recorre bares, plazas y lugares de Rosario que no son las estampitas más frecuentes de la ciudad, siguió construyéndose en estos últimos tiempos. Tanto Manzi como Agustín Alzari, otro escritor joven, editor de Espacio Santafesino –a cargo de una antología que recupera el cuento “Taco de ébano” y el libro de relatos del mismo título, publicado por Riestra en 1960– destacaron la dedicación, la memoria y la actividad del autor hasta sus últimos días. “Era un escritor como los de antes, tenía una máquina de escribir en la mesa y cada día anotaba unas líneas”, dice Alzari.

En la década del 60 Riestra era uno de los principales escritores del país, sus títulos se publicaban en editoriales porteñas como Fabril, que era un sello de calidad de la nueva narrativa argentina. Pero acaso las generaciones más recientes conocieron a Riestra al frente del entonces Centro Cultural Bernardino Rivadavia (hoy Roberto Fontanarrosa), del que estuvo a cargo durante la primera gestión de la democracia y donde activó una gestión que desacartonó lo que el largo lustro de la dictadura había anestesiado. Fue también una gestión en la que desplegó lo que podría denominarse su herencia adquirida: el gusto por el escritor rosarino Alcides Greca –quien militó desde el yrigoyenismo la designación de Rosario como capital del país, como quiso alguna vez Urquiza y fue docente de Riestra en su juventud–: allí se emitía con frecuencia el film de Greca “El último malón”, una película muda que retrataba los límites civilizatorios como en el continente del norte lo haría el western. 

Acaso esa recordada gestión en el ex Bernardino fue una continuación de su tarea docente, que ejerció como profesor de literatura en el Instituto Superior de Comercio. Riestra, quien había reconfigurado la ciudad en sus libros, tuvo al frente del centro cultural la posibilidad de volver a hacerlo a través de la visibilización de una tradición que se cristalizaba en manos de sus creadores.

Durante este año, la editorial de la UNR –a la que Riestra cedió en 2015 los derechos de su obra– planea publicar, junto con su obra más conocida, algunos textos inéditos, como “Ciudad y memoria”, un texto, según dice Manzi, el editor, “bastante coral; Riestra decía que era un prisma, hizo un relato sobre la ciudad que ya no existe”. Si la obra de Riestra daba cuenta del lenguaje de Rosario, en “Ciudad y memoria”, de acuerdo a las impresiones de Manzi, “recorre esa ciudad que no es la que él conoció: los barrios, los cafés de billares que eran solo de hombres. Los tópicos de la noche y el centro. Y lo increíble es que es una literatura realista que experimenta con el lenguaje. Como en esa gran obra fue ”El Opus”, que empezó a escribir en 1972, cuando había un enorme fervor político y él se aisló para escribirla durante siete años. Es la obra por la que obtuvo el premio nacional de literatura, que es un premio del estado que le permitió tener cierta independencia durante sus últimos años, un reconocimiento muy importante que no tuvieron muchos escritores”.

Para Alzari, editor de Espacio Santafesino y especialista en literatura santafesina, “El Opus” recuerda obras de otros rosarinos que exploraron su ambición con una técnica asombrosa, como “Intemperie”, la novela de Roger Pla rescatada hace unos cinco años por la Editorial Municipal.

Alzari prepara un volumen antológico que reúne a doce autores clásicos santafesinos (Riestra, Juan José Saer, Pla, Sergio Oxley, Gastón Gori, Gudiño Kramer o Carlos Eduardo Carranza, entre otros), seleccionados por Jorge Isaíasbajo el título “Ciudades, campos, pueblos, islas” (una clasificación que dejó Mateo Booz en su “Santa Fe, mi país”). Allí se publicará “Taco de ébano”, relato que título a un volumen de cuentos extensos. La novedad es que la antología (de distribución gratuita entre las bibliotecas santafesinas, lo que seduujo a Riestra para ceder su cuento, que él mismo eligió) incluye en formato digital los libros originales en los que fueron publicados los cuentos antologados.

Para esa antología, Alzari tuvo varias entrevistas con Riestra a lo largo de 2015. ”Tenía –cuenta Alzari– una memoria impecable, recordaba cómo se le habían ocurrido los cuentos, me decía, por ejemplo: ‘Lo pensé entre tal y tal pueblo, cuando iba en el tren a Buenos Aires a encontrarme con unos amigos’. Era muy romántico, en el sentido de que se encerraba a escribir”.

De esas conversaciones, Alzari recuerda: ”Lo peor que le podían decir es que era un escritor regionalista, se sentía universal. Tenía una pelea a muerte con la lengua: quería trabajar con las particularidades de la lenguaje de su zona, sin ser regionalista; sin dejar de abordar lo literario y lo social, como una conciencia colectiva. Cuando en los años 80 le ofrecen contratos para sus nuevos libros le pidieron que los corrigiera para llevarlos a español más neutro, pero no quiso ceder. Eligió mantener un lenguaje propio, no de la región; así como tampoco pretendía exaltar una cuestión rosarina, sino ciertos temas, como la noche. Escribió: ‘La noche como sitio, vivir, mirar y oir’.”

Manzi, de 37 años, rescata esas posiciones de Riestra: generacionalmente, señala, ”el tipo marca una línea en la narrativa de la ciudad, en la forma de escribir y en la decisión de no irse a vivir a Buenos Aires. Eso es fundamental para nosotros. Los que vivimos acá y queremos ser escritores no nos resignamos a la idea de que el triunfo es ser editados y vivir en Buenos Aires. Riestra eligió vivir acá aunque tuvo la posibilidad de irse. Todos los escritores vemos esa referencia en él. Para mí es un precedente fundamental, le duela a quien le duela, de Fontanarrosa. Fontanarrosa no inventó la literatura del bar, toma esa tradición de la literatura del bar de Riestra. Sin quitarle mérito, Fontanarrosa –que trató a Riestra– no la inventó. Esto del bar como espacio de encuentro donde los hombres se cuentan cosas”. 

Como muchos clásicos, hace falta leer a Riestra para darse cuenta de cuántas cosas suyas hemos naturalizado, como si pertenecieran a una Rosario que, en realidad, existe gracias a su escritura.
La muerte le llegó a Jorge Riestra como un descanso, acaso sereno, aunque por fortuna su obra no tendrá paz durante mucho tiempo.

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