El rosarino que se enamoró de una rusa en medio del imperio chino

Esta es la historia de un joven de Rosario que conoció a una docente nacida en Rusia en una gran ciudad al sudeste de China y nació el amor. También es una historia sobre las costumbres, los amigos y las comidas en el otro lado del mundo

Pablo Giustetto es un joven rosarino que vive en una gran ciudad de China llamada Chongqing, junto a su mujer, Olga, una docente lunga y exuberante de origen ruso que enseña su idioma natal en la Universidad del Sudeste.

Desde hace dos años, Pablo estudia gracias a una beca de la misma universidad, donde cursa una maestría en Administración de Empresas, ya que es contador recibido de la UNR. Su facultad se encuentra en una ciudad universitaria del tamaño de Roldán, y cobija a miles de alumnos, docentes y simples vecinos, con buses que los conectan con sus varios ingresos, motocicletas y bicicletas.

En diálogo con Rosarioplus.com, recordó el comienzo de su pasión por la cultura china: “Empecé a estudiar chino mandarín a los 14 años porque quería conocer una cultura diferente, y el lenguaje es la mejor manera de aprenderlo. Después me enteré que hay una beca para extranjeros que viajan allá para estudiar, y a los 20 años la gané con el buen promedio y exámenes, ya que tenía aprobado el examen internacional (estilo First Certificate) llamado HSK. Fui a un curso intensivo de un año, y aprendí a manejarme en la calle en ese idioma”.

Aunque uno puede saber el nivel más alto del idioma chino mandarín, nunca dejará de aprender, explicó el rosarino, “por un lado porque la ciudad tiene su propio lenguaje, y por otro lado porque en el chino mandarín hay más de 7 mil caracteres, sin contar el idioma antiguo que es estudiado por lingüistas. Esto del lenguaje de la ciudad fue de las cosas que más me chocaron porque venía con un nivel de chino pero nadie te prepara para cada ciudad”, recordó.

Además de estudiar, Pablo trabaja para una empresa rosarina de comercio internacional que importa implantes dentales, y junto a un amigo desde Rosario, gestiona su empresa de asesoría a argentinos y a chinos que deseen exportar, estudiar o visitar el país.

Vista increíble del valle y los montes de Chongqin desde las afueras.

Es que el joven se enamoró como pocos otros latinos del llamado “sueño chino”, que desde que abrió sus puertas al mundo con la reforma y apertura en los años ‘90 crece exponencialmente hasta hoy. Y aunque sea un país joven en el sistema capitalista (y milenario en su cultura), se supo insertar en el mundo exportando su industria, su tecnología de hardware y software, e incorporando cada vez más cerebros internacionales para avanzar en su carrera hacia el primer mundo. Antes, China no tenía comercio internacional, no invertía en tecnología e innovación, y  ahora hace punta en el mundo con cada vez más objetos inteligentes, como casas programadas, wi fi hasta en una lamparita o una zapatilla que puede programar la corriente para que los electrodomésticos funcionen.

En el campus de la Universidad del Sudeste realmente son pocos los latinos, ya que desde que Pablo llegó eran solo 50 jóvenes, y se conocían entre todos: “Soy el segundo argentino, el único actualmente, y hasta hace poco era el único latinoamericano hasta que llegaron tres mejicanos.

“Se armó un grupo de 20 amigos extranjeros que salíamos y compartíamos nuestras penas y dificultades para manejarnos en la ciudad -recordó-, y en ese grupo nos conocimos con Olga”. Ella es una joven rusa despampanante, esbelta y de rubia cabellera, que acompaña a Pablo en su visita por estos días a la ciudad de Rosario.

“Estamos de vacaciones de invierno, y después de dos años que me fui observo más desde afuera cómo somos, la idiosincrasia, y comprendo muchas cosas que son parte de mi identidad y no me daba cuenta. Es bueno ver las cosas desde otra óptica por estar tanto tiempo desconectado de lo que pasa acá”, reflexionó.

La ciudad de valles, rascacielos y la comida (muy) picante

Chongqin es una ciudad maravillosa, asegura: “Entra en la bota de la provincia de Santa Fe, pero tiene la cantidad de habitantes de Argentina”. Dicen que es la ciudad con más personas por metro cuadrado, aunque Pablo asegura que nunca se sintió sofocado de gente alrededor.

La ciudad se emplaza entre valles y montes, y si bien tiene polución no es tan grave como Beijing o Shangai. Hermosos parques, rascacielos que recuerdan que “esto es China”, y un aceitado sistema en un país que siempre invierte en innovar.  

Hermosos rascacielos en la metrópolis de Chongqin.

Una característica original de Chongqin es que es la ciudad donde se come la comida más picante de todo China. “Hasta amigos mexicanos me dijeron que la comida es demasiado picante”, recordó Pablo.

Los aderezos de picante chinos son dos, según explicó, llamados Ma y La: “El picante Ma te hace llorar, y La te hace picar la boca. En general las ciudades chinas que usan uno o el otro, pero en esta ciudad, amante de los gustos fuertes, suele usarse ambos juntos, produciendo llanto y ardor en la boca a la vez. Si comes sin picante, ellos te dicen que la comida no tiene sabor”.

La ciudad tiene una cultura propia que la diferencia de otras ciudades chinas, y como su espacio es muy pequeño entre montañas, el resto la identifica como ‘la ciudad montañosa’. “No es que sean montañas grandes como Córdoba, pero es una ciudad edificada con muchas escaleras para subir y bajar, y dicen que ahí están las chinas más lindas porque ejercitan bien sus piernas subiendo y bajando”, reveló Pablo con picardía, aunque negó que esa fuera su opinión.

Los increíble de Chongqin es que fue una ciudad agrícola antes, que en la segunda guerra mundial fue destruida por los japoneses. Y como es una ciudad con mucha industria de motocicletas, creció con rapidez desde entonces, y se convirtió en esta gran metrópolis, que hasta hace sólo 20 años no tenía edificios.

Dónde queda Chongqin

 

 

 

Al que quiera hacer un viaje, sea de turismo, estudiar o trabajar en China, Pablo recomienda “preparar la mente para estar abiertos a conocer otras formas de relacionarse, otros valores y códigos, porque si no se prepara, cuesta el doble entender”.

Resulta que China es un país con valores muy altos, mucho respeto a la autoridad policial, mucha educación, “por ende, uno puede caminar a la madrugada sin miedo por cualquier lado porque no hay violencia urbana. No hay villas, sino que las clases más bajas son de casas humildes, de material y son gente con educación.

La costumbre argentina que no se despega

Consultado por las costumbres que más extraña de su vida en Rosario, Pablo primero aclaró: “No soy matero así que no tengo el problema de conseguir mate que tienen los argentinos en el mundo, pero si me gustaría podría conseguirlo sin dificultad, porque la logística de importaciones funciona increíble. He pedido una computadora una noche y a la mañana siguiente ya está en el centro de distribución, porque hay locales chinos que venden cosas del extranjero”.

Lo que sí extraña Pablo es el queso en sus amplias variedades, porque los chinos culturalmente no comen queso y sus vacas tampoco por ende lo producen. Sin embargo recordó que “hay supermercados de cadenas internacionales donde se puede conseguir pero no tienen la variedad que hay en Argentina”.

Sobre su futuro después de terminar su maestría, Pablo especuló: “Mi objetivo es vivir la mitad del año en Argentina y la otra mitad en China junto con Olga". Es que busca desde su emprendimiento ser un vector de personas interesadas en estudiar o hacer turismo, o para exportar e importar, tanto argentinos en China como chinos acá: "Muchos se nos han acercado con interés en conectarse con China y hay chantas que se aprovechan del desconocimiento, y con mi socio nos conocimos estudiando chino, él es otro apasionado de la cultura china”, cerró.

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