sec-reposera
En la reposera / Cartelera

El oficio de compartir la estupefacción con el lector

Cronista, periodista de política internacional freelance, viajero, docente de Literatura Española, Pablo Bilsky ejerció siempre el periodismo, no digamos desde los márgenes, pero sí esquivando la centralidad aseverativa y moral

Pablo Bilsky presenta su primer libro, “Herodes”, este miércoles a las 19.30 en Richieri 452, una reescritura casi orgiástica de crónicas propias y ajenas, desde el hallazgo del cadáver de un ex combatiente de Malvinas a la Navidad en un shopping o la epopeya de un trasplante de órganos.

Empezamos hablando de la Guerra contra el Terrorismo. ¿Cómo es posible que esa guerra genere cada vez más terrorismo?, dice Pablo Bilsky. Es una pregunta retórica, los dos sabemos la respuesta, pero él tiene los datos, los materiales que no duda en pasarme: libros digitales de Patrick Cockburn, enlaces a columnas de Robert Fisk, entre otros. Hablamos de Neal Blue, el billonario contratista del ministerio de Defensa estadounidense que fabrica los drones con los que la Fuerza Aérea norteamericana bombardea a distancia.

Es que Bilsky es columnista de política internacional, oficio al que ayudó con sus innumerables viajes. “Hay que volver a los libros. Si se quiere entender qué pasó no lean los diarios, más allá de los datos duros. O vamos a las columnas que se escribían sobre la política exterior francesa antes de los atentados (en París)”, dice.

Trabajamos juntos en la redacción de un matutino de Rosario durante diez años. Allí cubrimos noticias locales, hicimos crónicas, ficción, crítica; él redactó un suplemento de Turismo –la publicación era de verdad, con publicidad y el formato de rigor– en el que una vez leí una crónica desopilante –literalmente: leyéndosela a unos amigos, en casa, tuvimos que parar varias veces para tomar aire porque la risa nos ahogaba– sobre un lejano destino turístico que tenía como práctica nacional el “asentamiento sobre el estilete”. Imaginad el resto.

Pero ahora Bilsky presenta junto con Horacio Çaró, el miércoles 2 de diciembre en Richieri 452, su primer libro, “Herodes”, publicado en Rosario por la editorial Yo Soy Gilda, que pilotean las inquietas Lila Siegrist y Georgina Ricci.

—¿Por qué “Herodes”? El libro ofrece de alguna manera crónicas “intervenidas” por el narrador.

—Herodes es uno de los personajes que aparece en un relato, porque hay otro de los personajes en la primera de las historias que lucha contra el imperio Británico y es un ex combatiente de Malvinas. Y lucha a su vez contra todas las intervenciones del imperio en el mundo, en África, en India, él solo se la banca. Y tiene un hijito y quiere defenderlo de Herodes que viene a devorarlo. Y el hilo conductor de esos relatos es el soporte material del trabajo del cronista, que es una libretita, con lo que hay un rescate de la escritura como trabajo manual, es una libretita que está húmeda, que se está descomponiendo.

—¿Y es a la vez como la descomposición de una escritura?

—Claro, porque a veces el cronista escribe y no queda marcado y se mezcla con otras marcas y genera otra escritura. El rol del periodista está como descompuesto porque aparecen las dudas, las formas de llevar esa realidad que abruma a las palabras. Porque la realidad poco tiene que ver con las palabras, es de otro orden. Pasan cosas que uno apenas entiende. Porque los que dicen ser objetivos en periodismo son los que mienten y escriben desde la perspectiva de ciertos valores universales, como el bien común. Hay siempre una subjetividad, la forma más honesta es hacerla transparente. En la novela queda claro que estar en el lugar no te asegura nada, porque el cronista de la novela está en el lugar y no entiende, no sabe cómo describirlo, sino que no sabe qué está viendo. Porque también la crónica es compartir con el lector la estupefacción.

—¿Serían crónicas que no están apegadas a la necesidad de “comunicar”? En el sentido de que el perro se comunica cuando pide comida, pero los hombres tenemos la capacidad de convertir esa comunicación en otra cosa. El libro se llama “Herodes” y el primer relato se llama “Hedor”.

—Sí, ya ahí no estoy siendo muy amable con el lector. Es el caso de un soldado que es a la vez una madre y aparece con un niñito que es un muñeco.

—¿Es una crónica que vos hiciste?

—No, yo sospechaba que la había hecho Silvina Tamous y lo acabo de confirmar. Algunas crónicas sí las hice yo, otras las tomé de otros y están las que inventé. La del ruso es un invento, que es como una parodia de esas crónicas a las que uno va sin saber nada. Recuerdo que una vez en la redacción me llamaron y me dijeron “andá a hacerle una nota a ese tipo”. Pregunté: quién es. Y me respondieron: “preguntale a él”. Entonces, en el relato mandan al cronista a entrevistar a un ruso que él busca en Wikipedia y aparece como muerto. Entonces el relato juega con ese límite que señalabas, la imposibilidad de comunicar algo.

Malvinas​

Como estoy encantado con el libro de Pablo –me alegra en particular que no sea de esas crónicas que se han vuelto una moda: narradores que enseñan con prolijidad una escena– ensayo mi teoría sobre “Hedor”, el primer relato. Le digo que la historia de la guerra de Malvinas es casi imposible de contar por su inmensa perversidad: una contienda en la que la cúpula militar que hasta entonces había torturado a mujeres embarazadas y ciudadanos indefensos ahora pretendía hacer la guerra contra una potencia. Pero en el campo de batalla muchos oficiales torturaron y estaquearon a los soldados y huyeron cuando llegó el enemigo. Pero además, a su vuelta la sociedad les dio vuelta la cara a los soldados, porque la guerra era vergonzante. Si se quisiera contar esa historia, ¿cómo hacerlo? ¿Hay algo para decir de semejante atrocidad? 650 soldados argentinos murieron en esa guerra y otros 450 se suicidaron más tarde, solos, tildados de locos. La guerra de Malvinas es aún, pese a las pensiones y reivindicaciones de los últimos años, un agujero negro en la historia.

—Sí, no deja de ser un texto sobre Malvinas –dice Pablo–. Y son crónicas que me marcaron, como la de la ablación de órganos. Estuve en el equipo (el que tramita, espera y opera en el momento que aparece un órgano para el trasplante) disfrazado, digamos, de cirujano. Ayudé a hacer… cosas. Perdón, quiero dormir esta noche. Pero, digo, el libro mezcla todas esas crónicas en las que estuve, ¡y vaya si estuve!, porque no me puedo olvidar más, las que leí de otro lado, y termina siendo de una  actitud de pura reescritura. Y esa es la crónica: lo que pasó, lo que no pasó, lo que pudo haber pasado, lo que pasó en la cabeza del cronista, lo que escribió el cronista, lo que no escribió, lo que pudo haber escrito. Todo eso. Bien veraz.

—Sos docente de literatura Española en Letras, algo de eso también se cuela, ¿no?, te empalagan ciertas palabras.

—Y sí, la cuestión del Barroco español. Uno desarrolla como un oído y te gusta una palabra y no te importa nada y esa palabra tiene que estar. Te enamorás de una palabra y aunque te digan “mirá, nadie la entiende”, no importa.

—Se crea como un colchón de sonido, como en ciertos temas de los Beatles, que uno no sabe qué instrumentos suenan y navega por ese sonido, en este caso, se navega por algo así como un colchón de palabras.

—Claro, yo he disfrutado de textos sin entender prácticamente nada. Hablando en mi propia lengua, ¿no? Hablando del Barroco español. ¿Y qué es lo que uno disfruta? La música. ¡Que eso también significa, carajo! La música de una palabra, ¿por qué uno usa una palabra y no otra? Y en el diario jugábamos mucho con eso. Toda una jornada laboral que había dejado de ser tediosa y había pasado a ser una fiesta porque uno pudo usar la palabra “tole-tole” (con guión me gusta), que es hermosa. O “tongo”, que es africana. Si uno no le encuentra un poco de magia no te dan ganas de hacerlo.

—El Siglo de Oro español es también una época de consolidación y alta contaminación del idioma, que mezclaba voces hebreas, moras, latinas.

—Sí, y en esa época del Siglo de Oro español estaba, entre lo que uno no sabe, San Juan de la Cruz, la poesía mística. Juan Gelman, Juan José Saer, eran tipos que recitaban a San Juan de la Cruz para aprender su respiración, su puntuación. Y eso en la Facultad no lo podemos dar porque es inabarcable. Y estaba Lope de Vega, que en una noche podía hacer una comedia de tres mil versos rimados. Cervantes mismo escribió el Quijote en una cárcel. A veces yo tengo todas las comodidades para escribir y me pongo nervioso. Y uno se siente lo peor cuando lee sobre estos tipos, que escribieron en cárceles donde una rata era un amigo, y bueno, San Juan de la Cruz escribe en una cárcel de la Inquisición, y una cárcel es mucho decir, imaginemos un placard, ahí lo tenían, y él se escapa tipo a lo Rambo, pero en la cárcel tenían una pequeña hendija y al mediodía convencía al guardia de que le pasara un papel y una pluma y así escribe el “Cántico espiritual”.

 

COMENTARIOS

Seguí leyendo