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La inspiración de "Supercampeones" sigue jugando al fútbol

“En un principio la inspiración vino por Kempes y Maradona. A pesar de eso, lo que realmente quería era que el personaje de Oliver Atom tuviera muchas similitudes con Kazu Miura, ya que fue el primer futbolista japonés en jugar en el extranjero". Yoichi Takahashi es el creador de Supercampeones, el dibujo animado japonés que logró captar la atención de toda una generación en Argentina. Kempes fue el goleador y campeón del mundial 78. Maradona fue la máxima estrella del campeonato juvenil que en 1979 se jugó en Japón. Para esa época Kazu Miura (1967) se iba de Japón, sin permiso de sus padres, tras un sueño de otra geografía: ser jugador de fútbol.

La serie animada tendrá un relanzamiento en 2018, pero adelantó su reaparición con una aplicación para que puedas jugar con Oliver Atom, Benji Price, Steve Hyuga y los hermanos Korioto. La misma ya está disponible en los store de cualquier teléfono móvil (y sin costo).

Se cumplen 35 años de la aparición de 'Supercampeones', y Kazu Miura, la inspiración de estos personajes, todavía juega la fútbol.

Post Segunda Guerra Mundial, Japón -dominada por las influencias americanas-, tenía al baseball como deporte rey. El fútbol recién en los años sesenta empezó tener una competencia oficial. Universidades y fábricas dieron la espalda a los americanos y empujaron tan fuerte al fútbol que la Federación terminó por organizar aquel mundial juvenil a finales de los setenta.

Para esa época Kazu Miura, en los albores de su adolescencia y envalentonado por el fervor del deporte en su país, decidió ir de lleno a por su sueño: se profesional en esto de jugar a la pelota. Se fue del país, la liga japonesa todavía era amateur. Se fue a Brasil, influenciado por la selección verdeamarelha que jugó en el mundial de España 1982 (Sócrates, Zico, Toninho Cerezo y Falcao).

Miura eligió su destino por deseo. No fueron las televisadas y grandes ligas europeas las que lo sedujeron. Se fue a la tierra de la alegría y la samba, nada más recóndito para un japonés. Unos años después, en la ficción, Oliver Atom dominaba la liga japonesa y ponía rumbo a Brasil.

Tras su paso por Brasil y España, Atom terminó por retirarse. Miura, en cambio, nunca dejó de jugar.

Estuvo cinco años en Brasil. No le fue muy bien en comparación con cualquier otro futbolista de la liga brasilera. Pero nunca renunció. Mientras esperaba su gran oportunidad en primera trabajó como guía turístico, ayudante en intercambios de estudiantes, vendedor. Quien redacta se ha cruzado con muchas informaciones cruzadas. No queda claro si llegó a debutar en primera cuando estuvo en el Santos. Lo cierto es que los diarios de Japón tenían enviados especiales para cubrir el día a día de un jugador que estaba por cumplir su sueño. La expectativa lo catapultó al estrellato y lo transformó en el ídolo de los nipones futboleros.

A fines de los ochenta y comienzos de los noventa, Japón resolvió profesionalizar su Liga y para ello invirtió fuerte en figuras extranjeras (algunas de ellas argentinas como Ramón Medina Bello, Ramón Díaz, David Bisconti, el Beto Acosta, Pipo Gorosito). Los creadores de la J-League, Kawabuchi y Kenji Mori, miraban el escenario de la liga y sintieron que faltaba algo, un elemento para terminar de hacer que la iniciativa sea un éxito: había marcas multinacionales, dinero, televisación a nivel nacional, jugadores, extranjeros, estadios, entrenadores… pero algo no cerraba: “Faltaba nuestro héroe y Miura fue nuestro hombre”, dijo Kawabuchi.

Miura, que diez años atrás se había ido en busca de crecer en el mundo del fútbol, volvía a su aldea como un héroe. Fichado por el Verdy Kawasaki, lo organizadores no dudaron: el Verdy debía ser parte del partido inaugural. Miura debía brillar.

El estadio se llenó, se coreó el nombre de King Kazu. El Verdy perdió, pero finalmente se consagró campeón. No hubo estadio que  recibiera a Miura sin ovación mediante. Con la fama llegaron los paparazis y las excentricidades. Estuvo en pareja con una actriz, salía en las revistas, se pintaba los pelos de colores. Todavía se recuerda el ‘KazuDance’, que no era más que el resultado de este japonés intentando una samba brasilera.

Sus picos de gloria en Japón lo llevaron a ser el primer japonés en jugar la liga italiana. El Genova, pensando en el mercado asiático, compró su pase. La experiencia no fue buena. O al menos eso parece cuando uno revisa las noticias de aquella época: lo único que se recuerda vívidamente de su paso por Italia es la patada que le dio Franco Baresi. Miura terminó con el tabique roto.

Jugó eliminatorias para los mundiales de 1994 y 1998. Japón, con sus goles, llegó a Francia 98. Pero su técnico, Takeshi Okada, no lo llevó. El tema explotó en Japón: King Kazu era  el máximo goleador de la selección y el ídolo del pueblo. En la primera rueda de prensa en Francia, Okada se cansó de las preguntas por Miura. Eligió no dar explicaciones.

Algunos diarios de la época, en Tokio, dejaron entrever que la decisión de quitar al jugador del Mundial estaba vinculada a una cuestión de ‘imagen’. Las empresas que estaban detrás del fútbol en Japón ya no necesitaban a King Kazu. No querían un ídolo popular tan indie, desfachatado, llamativo y ‘revistero’. Preferían que los jóvenes nipones se referencien en un jugador de calidad dudosa como Hidetoshi Nakata (el ‘David Beckham asiático’, pero malo) y no en un delantero de comprobada calidad (en 1995 le hizo un gol a Bossio en un amistoso contra Argentina, rival en la zona de grupos del Mundial).

Miura no chistó. Vio de afuera como Japón quedó afuera del Mundial por falta de gol. Mientras Japón volvía con la friolera de 0 puntos y un solo gol convertido, Miura viajó a Croacia. Allí jugó un par de años y siguió cumpliendo sueños. Fue el primer japonés en jugar Champions League. Después viajó a Australia, y fue el primer japonés en jugar un Mundial de Clubes. Para esa época Takahashi ya cumplía 10 años sin dibujar a los ‘Supercampeones’. En 2006 Miura volvió a Japón y todavía, a sus casi 51 años, está ahí, jugando en el Yokohama FC. Su carrera es tan larga como las canchas que Oliver Atom corría.

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