El otro gran amor de la vida de Messi

Antonella Rocuzzo, la joven rosarina con la que dará el "sí" el próximo viernes en el City Center, no es el único amor en la vida de Lionel Messi. En la vida del mejor futbolista del mundo hay otro romance, mucho más complicado, lleno de vaivenes y desencuentros: la selección argentina.

Lio llegó a la vida de la Albiceleste en un momento de profunda crisis. La selección de Bielsa se había quedado afuera del mundial de Corea y Japón en 2002, haciendo trizas la ilusión que generaba un equipo formidable a un pueblo castigado por su peor momento social y económico.

Si bien el DT rosarino seguía al frente de la celeste y blanca, el romance entre el público y el equipo se había roto y nada parecía hacerlo renacer. Por aquellos años, un adolescente Lionel comenzaba a hacerse conocido en La Masía, la fábrica de cracks del Barcelona.

Ya en 2004, el nombre Messi comenzaba a convertirse en una cuestión de Estado para la AFA. El pibe que la rompía en las inferiores del Barça había despertado el interés de los entrenadores de las selecciones juveniles de España, que comenzaban a pensar en cómo seducir a ese rosarino para nacionalizarlo español. 

Un par de videos le bastaron a Julio Grondona, por entonces poderoso mandamás del fútbol argentino, para entender que ese chico de apenas 17 años tenía que ponerse la celeste y blanca. Así fue que la AFA “inventó” un amistoso contra una débil selección de Paraguay y el 29 de junio de 2004, Messi pudo darse su primer beso con su novia albiceleste. 

El romance arrancó con viento a favor: apenas un año después, Lio se consagraba campeón mundial Sub-20 con Argentina en Holanda, en un torneo que comenzó siendo suplente y terminó como goleador y obteniendo la Bota de oro.

Ese mismo año, llegó su debut en la mayor, pero sin el color de rosas esperado. El 17 de agosto de 2005, Messi ingresó en el amistoso que Argentina disputaba con Hungría. Sin embargo, a los pocos segundos recibió su primera pelota, forcejeó con el rival y fue expulsado por un supuesto codazo. El pibe se retiró llorando de la cancha, se trataba del primer gran desencanto en esta historia de amor. No sería el último.

Un año después, Messi y Argentina viajaron a Alemania para disputar el Mundial. La Pulga era suplente de un equipo plagado de figuras, bajo la batuta de José Pekerman. Ingresó en la goleada ante Serbia y Montenegro y logró marcar su primer gol en mundiales. Luego fue titular ante Holanda y volvió a ingresar en octavos con México. Pero en los cuartos de final ante el local, Pekerman terminó optando por Julio Cruz, y Lio terminó viendo la eliminación argentina desde el banco de suplentes, en una imagen ya emblemática.

Tras el fallido paso de Alfio Basile, con decepción en la Copa América 2007 incluida, llegó Diego Maradona al cargo de DT de la selección y rápidamente aupó a Messi en el rol de líder del equipo, dándole la cinta de capitán e intentando convertirlo en el dueño del equipo. Aquello, que parecía ser un voto de confianza del futbolista más grande de la historia del país, terminó siendo una pesada carga sobre los hombros de la Pulga, un peso con el que conviviría de allí en adelante.

Su personalidad introvertida, sumado a rendimientos más bien discretos con la celeste y blanca, pusieron a Messi en el ojo de la tormenta. “Cuando viene a Argentina no es el Messi del Barça”, “No siente la camiseta”, “No se siente argentino, es más español”, fueron algunas de las tantas críticas que se reproducían en cualquier medio y en todos los formatos.

Hasta acá, el romance parecía traer más pesares que alegrías. Sin embargo, la llegada de Alejandro Sabella al banco de suplentes argentino trajo aires renovados. Por aquel entonces, Messi la rompía en el Barcelona y su crecimiento parecía no tener techo. Por primera vez, el rendimiento superlativo con la blaugrana comenzó a repetirse con la celeste y blanca. Aquel brillante 2012 cerró con un Messi record: 91 goles en 365 días, 12 de ellos con la selección.

Messi y Argentina llegaron a Brasil 2014 en su mejor momento. La Pulga fue el artífice de que un equipo conservador llegara por primera vez en 24 años a una final mundialista. Pero aquella tarde de Río de Janeiro, Lio no brilló, el equipo no rindió lo esperado y Alemania se quedó con la Copa. La frustración de un país que era toda ilusión se volcó otra vez en las espaldas del 10, que eligió callar y seguir.

Un año después, en Chile, ya el Tata Martino estaba a cargo del seleccionado y el fútbol daba una segunda oportunidad: otra final y la posibilidad de ganar la Copa América después de 22 años. Pero los penales dijeron que no, después de otra pálida actuación, y una vez más Messi fue el blanco de la mayoría de los dardos.

El último capítulo, hasta ahora, de esta historia de amor llena de obstáculos se escribió en Estados Unidos, en 2016. Otra vez la Copa América, otra vez una final y otra vez Chile enfrente. El destino se ensañó con la Pulga, que no jugó bien, erró su penal en la definición y volvió a ver postergada su ilusión de campeón. Aquella tarde de dolor, la Pulga dijo basta y renunció a la selección, en una decisión que desató una lluvia de críticas, pero también una andanada de mensajes de apoyo.

Finalmente, Messi revisó su decisión y decidió volver a ponerse la celeste y blanca. Sin embargo, el corto ciclo de Edgardo Bauza estuvo carente de alegrías. La llegada de Jorge Sampaoli implica renovar aires, pero la coyuntura pone a Lio ante el mayor desafío de su carrera: enderezar el rumbo en la Eliminatoria y llevar a su amor esquivo, la selección, al mundial de Rusia 2018. Cuando los flashes de la noche del viernes se apaguen y el astro rosarino regrese de su merecida luna de miel, esta historia continuará.

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