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Armani al arco: al grandote que todos pedían le llegó el debut

Lautaro Martínez baja un centro bombeado, Matías Zaracho inclina su cuerpo y de cachetada la direcciona contra un palo. Tiene que ser gol porque el disparo es fuerte, esquinado. Como salido de abajo del pasto, Franco Armani se estira con la mano derecha y la saca al corner. Se para y arenga a los compañeros mientras se golpea los guantes. La hinchada de Racing dice “uhh” y Sampaoli sonríe desde la platea.

El DT fue a ver el rendimiento del arquero, de Martínez y Ricardo Centurión, pero sólo terminó llevando a Armani al Mundial, aunque como suplente. Los arqueros que van al banco sólo pueden saltar a la cancha por dos causas: lesión o bajo rendimiento del titular. Y esta segunda opción le hizo un guiño al casildense, como si todo hubiese estado diagramado por el destino para darle el gusto a muchos. 

 

El grosero error de Wilfredo Caballero le entregó los tres palos al arquero reclamado por la mayoría de los hinchas y periodistas. Finalmente en la tercer fecha del grupo D, asumirá un desafío más que caliente nada más y nada menos que en su debut en el arco nacional.

Desde un primer momento se dijo que Sampaoli priorizó a Caballero por su buen trato con la pelota al pie, lo que le daba garantías para salir jugando desde abajo, un sello de los equipos diagramados por el DT. Sin embargo se mostró permeable en una jugada puntual frente a Islandia y luego llegó el descrédito total –casi al punto del destierro- con el error frente a Croacia que dio el puntapié para el abismo del 0 – 3.

Así, resurgió la figura del grandote. Nadie lo reclamó por sus dotes con los pies, y ganó terreno la idea de que “el arquero sólo debe saber atajar”, como si los pies estarían vedados para los número 1. Cuando le preguntaron sobre este tema, Armani contestó con la parsimonia y solvencia que lo caracteriza: “Me siento capacitado para salir jugando”. Sampaoli estaba al lado.

Así las cosas, a pedido de todos Armani debutará en el arco argentino en un momento que requiere transmitir serenidad, algo que abunda en el grandote de Casilda. Un dato que aporta al misticismo mundialista: las dos veces que la selección se coronó campeón del mundo lo hizo con un jugador de River defendiendo los palos. Fillol en el ’78, y Pumpido en el ’90. 

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