Llegaron de a miles, en una sola dirección y con el horizonte claro: el amplio escenario que se montó frente a la Plaza de Mayo y a espaldas de la Casa Rosada. 

Llegaron con lo justo, con el bolsillo saqueado luego sobrevivir a la inflación más alta de los últimos 28 años (desde 1991 la Argentina no tenía una inflación superior al 50%).

Llegaron sin laburo, o con una intermitente changa, o soportando un trabajo en negro que los dejó sin cobertura médica ni aportes previsionales. Intentando no caer en el 10,6% por ciento de la población (según los datos del último informe del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA)) que no goza de un salario digno.

Llegaron viendo a su familia sin el asado de los domingos (La Cámara de la Industria Cárnica de la Argentina informó que el consumo per cápita de carne vacuna, entre enero y septiembre de este año, cayó un 10,5%) y sumergidos en una gran angustia porque tuvieron que bajar la persiana de su pyme, que durante varios años alimentó a tres o cuatro generaciones. En los últimos cuatros años se cerraron casi 20 mil empresas en la Argentina, la peor marca desde la crisis del 2001 con el gobierno de la Alianza, según reveló un informe de consultora Radar en base a datos de la AFIP.

Llegaron con niños, esos que fueron las víctimas más vulnerables de la falta de comida en casa (el 59,5% de las personas que están por debajo de la línea de la pobreza son menores, según la UCA) y que presenciaron cómo sus progenitores no podían llevar un plato de comida a casa.

Llegaron con la ilusión de llevar algo de guita al hogar, como el vendedor de "los churros de la capital, los más ricos de todos", que en los últimos años estuvo complicado pero tiene fe en que la situaciñon va a mejorar.

Llegaron con hambre y sed, dispuestos a comerse un tradicional choripán peronista, pero también con la opción de digerir un pan relleno vegano, con queso de papa, tomate y albaca o con un mix de verdura. Por supuesto, respetando el menú "nacional, popular y feminista".

Llegaron con los ojos húmedos, como Alan, porque de su mano se agarraba su pequeña hija. Esa que mira a Zamba en Paka Paka y disfruta de cada marcha en la cual participa junto a su padre.

 

Llegaron con remeras estampadas con la cara de Evita, Cristina, Néstor o Perón. O con frases que marcaron su vida o tweets que se convirtieron en slogans (como el "Chau pelotuda" de Alberto Fernández). Intentando levantar una industria textil que está en caída libre por la dismunición del consumo y la apertura indiscriminada de las importaciones.

Llegaron.

Y con el correr de las horas siguieron llegando.

Pero... por qué llegaban. Porque soportaron cuatro años de sufrimiento, del "peor gobierno de la democracia", de esa gestión "que arruinó económicamente al país" y porque se cansaron de ver a ese, a aquel, al otro y la otra; a millones "pasándola mal".

Van a seguir llegando, porque entendieron que, como dijo Leonardo Favio, no se puede ser feliz en soledad.