Try to remember the kind of September

When life was slow and oh, so mellow.

Try to remember the kind of September

When grass was green and grain so yellow.

Try to remember the kind of September

When you were a young and callow fellow,

Try to remember and if you remember then follow.

(Josh Groban. 2015)

 

Intenta recordar aquel septiembre

Cuando la vida era lenta y, oh, tan suave.

Intenta recordar aquel septiembre

Cuando la hierba era verde y los granos tan amarillos. 

Intenta recordar aquel septiembre

Cuando eras joven e inexperto,

Intenta recordar y si recuerdas, sigue.


 

Septiembre trae consigo la mayor concentración de efemérides educativas autorreferenciales del año; entre el día del maestro, del bibliotecario y la bibliotecaria, el profesor y la profesora, el preceptor y la preceptora, el director y la directora, la Noche de los Lápices, y el día del estudiante pasan los días  y las noches de este septiembre distópico.

Más allá de las celebraciones y salutaciones por redes sociales, es difícil saber cómo cada sujeto educativo experimenta en cada fecha su identificación, en estos tiempos en que algo –¿qué?, ¿cuánto?– del ser maestro, profesor o estudiante se ha alterado.

 

 

Con todo, el paso de los días permite que baje la espuma del día del maestro –¡oh, padre del aula, Sarmiento inmortal!– y los recuerdos más o menos tiernos de las seños y los profes se atenúa. Las evocaciones ancladas en las escenas de la primera infancia invisten de un aura particular el recuerdo, el reconocimiento y finalmente la celebración, pero se opera allí un deslizamiento sobre el que es preciso detenerse.

Es común que la experiencia subjetiva de los ciudadanos rescate a tal o cual maestra o maestro, incluso no es extraño que muchos docentes perciban su tarea como un acto individual, personal, pero la educación no es un acto individual sostenido en la vocación de sujetos más o menos dedicados; por el contrario, la enseñanza es una tarea colectiva sostenida en un entramado político e institucional (Terigi: 2013) concreto con una multitud de actores con responsabilidades diferenciadas específicas.

Más todavía, resuenan aquellas palabras que sostenían que “Para educar a un niño hace falta un pueblo (o más probablemente <> según el proverbio africano).”

 

 

 

En cualquier caso, tal vez resulte necesario pensar a qué intereses sirve la mirada mitificada y atomizada de la labor docente en un contexto en el que incluso antes de la pandemia se podía describir como de sobreexigencia: “Si sumáramos todas las demandas y expectativas que la sociedad deposita en el docente, este debería ser una especie de superhombre (más bien, supermujer)” según la descripción de Alejandro Grimson y Emilio Tenti Fanfani (2015).

La educación en modo pandemia agregó al cúmulo de exigencias la disposición de recursos tecnológicos, acceso a internet, el manejo de tics y de múltiples plataformas y el sostenimiento de agendas abiertas 24/7. Sin embargo, un efecto más preocupante –y difícil de resolver– tiene que ver con sobrellevar una propuesta educativa en buena medida dominados por una estrategia didáctica reducida, constreñida por el uso restringido de unas plataformas educativas restrictivas.

Si esto es así –y habrá que ver cuánto, dónde y para quiénes– buena parte de la enseñanza se deslizó al envío de materiales (en formato word, jpg, pdf, ppt, mp3, mp4), lo que supone el retorno inesperado y no deseado a una forma de educación bancaria; una bancarización de la educación definida o sobredeterminada por la dimensión técnica de su implementación.

 

 

La diversidad de realidades territoriales complica las generalizaciones, pero aún así sorprende el modo pasivo en que se acepta el exceso de atomización de la labor docente y falta de alternativas que permitan el abordaje compartido de esta nueva y profundizada complejidad en la tarea de enseñar.

Fluorescente azul / Luz que baña mis sentidos 

Donde todo empieza a ser real

Siempre vuelve a dar / Nuevas chances

Una vuelta más / Entera

Nena tal vez fui / Un sueño de otro / Un rumbo incierto

La verdad es que nadie vive sin amor

y ahora estoy aquí / Temblando frágil en la multitud / y la espero

Primavera 0 / Primavera 0

El avión se va / Recuerdos del futuro juntos

Goles suenan a la distancia

Te espero / Primavera 0

(Gustavo Cerati. 1992)

Con la mochila cargada de seis meses de aislamiento, si la situación es cada vez más compleja para los docentes –que intentan seguir “salvando a los niños de sus padres”, como sostiene la protagonista homónima de la serie de Netflix Rita–; también lo es también para los estudiantes.

La imposibilidad del encuentro que recae especialmente sobre las niñas, niños y adolescentes. En vano repetir las cifras escandalosas de la situación en que se deja a las nuevas generaciones, cifras que el marco de la pandemia –y la falta de respuestas contundentes– no hace más que agravar minuto a minuto; en vano señalar los crecientes contingentes de niñas, niños y adolescentes literalmente abandonados a lo que puedan crear en su entorno más inmediato porque las instituciones del Estado, las de la salud y la cultura no alcanzan, no llegan, no dan más y las políticas han sido lentas cuando no indolentes para articular respuestas. ¿En vano? En vano se posponen las propuestas para adolescentes y jóvenes porque, como escribe Abelardo Castillo “Lo que no tiene el adolescente, lo que no puede sentir, es el futuro: puede evocar la infancia, puede recordar la desdicha del día de ayer o la felicidad de hace una hora y, sobre todo, puede vivir con la intensidad de lo eterno este minuto presente: lo que no puede ni quiere sentir es lo que vendrá después”. (Castillo: 2010, 31).

Esas políticas, si llegan, cuando lleguen, serán para otros, porque los adolescentes y jóvenes no esperan, porque la juventud y la adolescencia no los esperan a ellos, porque la “adolescencia es el País de Nunca Jamás, y ese país es siempre ahora.” (Castillo: 2010, 32)

Loca vos no entendés nada de vivir

Se fueron con septiembre tus ganas de mí

Y una forma errante de permanecer

Llenó de noches todo nuestro amanecer

(Gonzalo Moreno Charpentier / Santiago Moreno Charpentier. 2010)

Las coordenadas de la actividad educativa se volvieron difusas. Si en algún momento se entendió que “El salón de clases representa así una pequeña unidad donde lo social habita estructurado de una manera particular” (Salord y Vanella: 2003; 10), hoy ya no queda claro qué cosa es el “salón de clases”, ni si continúa siendo un objeto material o simbólico relevante.

En este nuevo contexto, si los caminos del enseñar se tornan sinuosos, los caminos del acompañar se vuelven resbaladizos. El abordaje de los valores y de todo aquello que supone el aprender los modos de vivir con otros, la administración de la proximidad, el soportar de las diferencias puede discurrir distintos carriles, con riesgos sobre dos banquinas o queda simplemente excluido de la intención pedagógica o se estructura sobre la base de discursos explícitos al estilo de los libros de autoayuda, que como bien recuerda Leo Masliah solo “autoayudan” a quienes los escriben.

La arenga directa a los estudiantes para que sean solidarios, empáticos, creativos, resilientes, curiosos, críticos; probablemente no produzca más que indiferencia. “Como Jon Elster ha señalado con precisión, esos estados obsesivamente buscados son subproductos, es decir, estados emocionales que no sólo no se producen intencionalmente sino que la tentativa misma de producirlos los ahuyenta.” (Antelo: 2014; 87)

“El tiempo pasa y nos vamos poniendo tecnos”, según la máxima con la que Luca Prodan reversiona a Pablo Milanés. El tiempo pasa y no espera. El tiempo construye nuevas identificaciones con las nuevas formas de ser y hacer docente y estudiante; sería deseable para unos y otros que al menos no sea en soledad, porque, como dijo recientemente Naomi Klein: "Nuestra mejor tecnología es la comunidad. Vivir juntos, estar juntos, apoyarnos mutuamente".

(*) Profesor y licenciado en Ciencias de la Educación.
Miembro del Centro de Estudios en Políticas Sociales y Educativas.

Referencias:

Antelo, Estanislao. Padres nuestros que están en las escuelas y otros ensayos. Rosario. Homo Sapiens Ediciones. 2014.

Castillo, Abelardo. Desconsideraciones. Buenos Aires. Seix Barral. 2010.

Grimson, Alejandro y Tenti Fanfani, Emilio. Los mitos de la educación argentina. Buenos Aires. Siglo XXI Editores. 2015.

Terigi, Flavia. VIII Foro Latinoamericano de Educación. Saberes docentes: qué debe saber un docente y por qué. Buenos Aires. Santillana. 2013.