La semana pasada una noticia acaparó los medios de Rosario: los jueces de un tribunal de Sentencia declararon nulo el juicio abreviado por el crimen del dueño de un boliche de zona sur donde fue asesinado el Pájaro Cantero, líder hasta su muerte en mayo de 2013 de lo que se conoce en la ciudad como la banda Los Monos. Todo ese caso mediático, judicial, policial y político que dio en llamarse la causa “Los Monos” giró en torno al tráfico de drogas y sus abultados ingresos. Los Monos, un clan familiar asentado en los barrios Las Flores y La Granada, de los sectores políticamente más postergados de la ciudad, quedaron señalados como los enemigos públicos número uno en el discurso mediático, judicial, policial y político; responsables ellos solos de traficar drogas y vidas de jóvenes devorados por el negocio, la ambición y la violencia. Como si el dinero de “la droga” tuviera como único circuito el acotado recorrido de los barrios marginales, donde los pobres pueden morir y matar bajo la condición de no exportar su mugre y su violencia a las zonas más turísticas de la ciudad. De hecho, el nombre mismo –Los Monos– los excluía de la categoría de ciudadanos.

El sustantivo-calificativo “Los Monos” (un producto menos que humano, gestado en la oscuridad de las zonas indeseadas de Rosario) fue la principal cortina para ocultar a los nombres respetables que deben haber usado, lavado, puesto en circulación el dinero y puesto protección a las actividades de la banda, cuya criminalidad no ponemos acá en duda.

Pero, como en el ensayo de un eminente escritor argentino, para que algo circule es necesario que antes se le haya dado una forma, es decir, una representación. Y¿qué series expresaron hasta ahora de la mejor manera ese conflicto a veces inasible del tráfico de drogas?

1. The Wire

Emitida entre 2002 y 2008 (cinco temporadas en HBO), considerada por muchos –desde Mario Vargas Llosa al presidente Barack Obama, que incluso entrevistó en marzo de este año al creador de la serie, David Simon para conversar sobre la Guerra contra las Drogas– como una de las mejores series, y ambientada en Baltimore, una ciudad que suma poco más de dos millones y medio de habitantes. Cada temporada de “TheWire” se concentró en la relación de la ciudad con alguna de sus instituciones a partir del tráfico de drogas.

Filmada en las calles suburbanas de Baltimore, la primera temporada enseña de algún  modo el fracaso de los investigadores policiales y judiciales en la guerra contra el tráfico de drogas. El mismo Simon (ex periodista de policiales de un diario de Baltimore) se lo dice a Obama en una entrevista que de algún modo resume el espíritu de la serie: “Me di cuenta de que la policía arrestaba cada vez más gente, pero no estaba haciendo trabajo policial, no estaba investigando”. La idea es que la vigilancia (“wire” significa cable y, de ahí, escuchas telefónicas y todo lo que sirve de conexión entre el mundo del crimen y los encargados de combatirlo) pudiera conducir a los investigadores fuera del universo del menudeo  del tráfico de drogas para desarticular la verdadera red: la del dinero y el poder.

Cada temporada de “The Wire”, decíamos, focaliza un aspecto de ese enorme entramado cuyo síntoma más visible es la violencia que genera el tráfico de drogas. La primera transcurre en las calles pobres, en los “projects” –los grandes fonavis de la ciudad–; la segunda, ambientada en el puerto de Baltimore, mete las narices en los negocios del sindicato de estibadores; fue descripta por David Simon en estos términos: “Es una meditación sobre la muerte del trabajo y la traición de la clase trabajadora estadounidense. El argumento plantea con deliberación que un capitalismo sin responsabilidades no es sustituto de la política social, sino que, en sí mismo, sin una fuerte cohesión social, el capitalismo salvaje está destinado a servir a unos pocos a expensas de la mayoría”. La tercera temporada aborda el conflicto en el sistema municipal y su burocracia; la cuarta, el sistema educativo en una ciudad que ha generado desplazados y es incapaz de ofrecer alternativas para los más vulnerables. Por último, la cuarta enfoca el problema en los medios de comunicación y su discurso.

En la conversación Simon-Obama (tiene subtítulos en inglés, pero es el inglés de dos personas cultas con muy buena dicción, se entiende muy bien; vale la pena también leer los comentarios que el video tuvo en YouTube), el escritor y el presidente coinciden en que las cárceles crecieron de un modo desmedido, convirtiéndose en las verdaderas escuelas del crimen, mientras que el tráfico de drogas creció a pasos agigantados y logró toco muchos de los sectores del poder que lo vuelven impune.

Salvando las distancias, y sin entrar a considerar las virtudes estéticas y formales de “TheWire”, que son las que la hacen una serie única y maravillosa, sus cinco temporadas son las que mejor describen el proceso por el cual Rosario llegó a identificar la problemática del tráfico de drogas en uno de sus carteles, el de Los Monos, en cuya causa hay implicados policías y en cuyo “relato” intervinieron funcionarios judiciales y políticos, sin contar la participación, no investigada hasta ahora, de las altas esferas económicas de la ciudad.

2. Sons of Anarchy

“Sons of Anarchy” emitida entre 2008 y 2014 (7 temporadas en FX) es la que de modo más explícito declara su filiación al western en la relación del viejo sheriff con los forajidos de Samcro (un club de motociclistas –cuya versión histórica más conocida son los Hell Angels, nacidos de esa ambigua relación de los estadounidenses con el anarquismo y el rechazo de la guerra de Vietnam– que opera en la ficticia localidad californiana de Charming): pacta con ellos para proteger a Charming del tráfico de drogas, un mal con el que la ley y la justicia están lejos de poder lidiar.

Los motoqueros de Sons of Anarchy son, para el viejo sherif del pueblo, el mal menor hasta la cuarta temporada, cuando un cartel mexicano entra en relación con el club de motociclistas, que ofrecen una inmejorable posibilidad para el transporte y la distribución de drogas. Es decir, cuando la expansión del capital de la droga se impone como mercado y llega para quebrar todos los códigos.

3. Breaking Bad

Si hay algo que muchas series cuentan –y por eso es tan intensa la expectativa que generan– es el imperio, es decir, el despliegue y el soporte simbólico sobre el cual el actual imperio estadounidense se sostiene y, claro, tambalea. En el caso de “Breaking Bad” (cinco temporadas emitidas entre 2008 y 2013 por AMC), creada por Vince Gilligan, cuenta la historia de Walter White, un profesor de química quien, enterado de que va a morirse de un cáncer de pulmón, decide asociarse con un ex alumno para fabricar metanfetamina y asegurarle un futuro a su familia: su esposa espera un bebé y tiene un hijo con discapacidad motriz. Que no engañe el tono de comedia negra que muchas veces tienen los episodios (ambientados en Albuquerque, Nuevo México): el humor está allí para dar cuenta de eso que es imposible deslizar sin caer en el reduccionismo, que la relación entre el crimen y las drogas es el centro gravitacional del capitalismo.

Walter White consigue en la segunda temporada lo que sólo la droga podía ofrecerle, una cifra un poco menor al millón de dólares que garantizaba el pago de la hipoteca y la educación superior de su hijo. Pero entonces la droga le hace saber que no sólo se trata de sustancias ilegales: la droga es el capital. Entonces Walter White comienza su carrera como capitalista.