La legendaria bailarina de cabarets Rita La Salvaje murió hace unos días en Pichincha, el barrio que la vio brillar. Más precisamente, en un geriátrico de Pueyrredón al 300, despojada de dinero y sin familia, pero agradecida, “siempre agradecida” a la vida.

María Ledesma es enfermera del geriátrico donde Rita (cuyo documento indicaba Juana González) vivió los últimos años de su vida. Ingresó de buen humor, lúcida y coqueta, con el pelo largo a sus 88 años, el 4 de septiembre de 2014, acompañada por su amiga y apoderada, Patricia.

“Cuando Patricia la presentó e hicimos los trámites no sabíamos que ella era Rita La Salvaje. La recibimos como cualquier paciente”, recordó María. Pero fue en seguida que contó sobre su fama, y todos, los ancianos y las enfermeras, se interesaron en escuchar su historia.

Al principio las enfermeras la llamaban Juana, pero ella las miraba mal, y comprendieron que ese nombre hacía tiempo que no le pertenecía. Ella ya era Rita. Y, según cuentan, sus días transcurrieron en ese espacio rodeada de cariño y horarios, luego de años de vivir en soledad en una pensión y luego en casa de Patricia.

María suele entretener a los pacientes poniendo música en el grabador. “En varias oportunidades la cargábamos para que bailara y decía que no tenía las plumas. Yo le pedía que moviera la cola, pero me decía que ya no”, recuerda la cuidadora.

“Al comienzo Rita estaba completamente lúcida y contaba sus actuaciones en Buenos Aires y en todos lados”, rememoró. No todo era color de rosa, porque otra de sus historias recurrentes fue cuando le robaron todo lo que tenía, y debió empezar de cero: “Cada vez que la llevaba al baño me agradecía y me decía que no tenía para pagarme porque le habían robado todo, y yo le explicaba que no tenía que pagar nada”.

Claro que enfermeras y pacientes tenían intriga sobre la vida amorosa de Rita, por lo que le preguntaron si alguna vez se había casado. “Respondió que no, que le hubiera encantado casarse y tener hijos, pero que sólo una vez se había enamorado y la habían engañado mucho”, contó apenada María.

-¿Cómo no encontraste un amor si sos hermosa?  

-No tuve suerte en el amor.

María no dejó de repetir a Rosarioplus.com lo agradecida y amorosa que era Rita siempre con todos. “Me agradecía mucho que la peinara y le hiciera la trenza cosida, y se maquillaba siempre para estar linda”. Como Rita no conoció las nuevas tecnologías, los empleados le mostraron sus fotografías en Internet, y respondía sorprendida: “Sí, esa soy yo, porque fui artista”.

Con el paso del tiempo, la artista fue perdiendo lucidez y, hacia el final, ya no reconocía a su gran amiga Patricia, a pesar de que ella la venía a visitar a menudo y le conseguía lo que necesitara. A comienzos de la semana pasada Rita comía poquito, y los enfermeros estaban preocupados por su salud.

“Una noche se descompensó, tenía temperatura y vino un móvil con médicos de emergencias. Decidieron internarla en el Pami I. No pensamos que esa era la última vez que la íbamos a ver”, recuerda María con tristeza.

Pasaron sólo unos días, tras lo cual Patricia informó al geriátrico que Rita no evolucionaba bien. Según parece, ya no comía, “como que se entregó”, analizó su cuidadora. Pero enfermeros y pacientes, los últimos amigos de Rita, se quedaron con el recuerdo de una mujer “muy contenta con su vida de artista, la bailarina de cabarets que fue un mito rosarino en Latinoamérica, que siempre la pasaba bien y vivía alegre”.