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Viernes. Empieza a oscurecer. Llega un mensaje. “increíble”, pienso. Hace dos meses que no salgo. Es hoy. “Se lesionó Zlatan. Nueve meses afuera”, me escribe un amigo. Oscurece del todo.

Ibraimovic es el jugador fetiche de los ganadores. Cualquier club decidido a ganar algo –y con dinero suficiente- ojea en qué anda Zlatan, ganador de la liga en en todos los clubes donde jugó. De todas las que disputó solo no ganó tres de ellas. Hace uso y abuso de su estadística. No reprime su ego. “Un Zlatan lesionado es algo muy serio para cualquier equipo”, cuenta en su biografía “Yo soy Zlatan” haciendo referencia, no a sus rivales, sino a la dificultad con la que se encontraran sus compañeros al momento de querer ganar algo en su ausencia.

Me llega otro mensaje. “¿Vamos a tomar algo?”. Otro amigo. “No, se lesionó Zlatan. Nueve meses afuera. Me guardo”, le contesto. “Jajaja, dale boludo. Estamos en el bar de siempre, venite”, insiste. “No, se murió Ibrahimovic, no da”. Recién cuando vuelvo a abrir esa conversación en el teléfono me doy cuenta de lo que escribí. Zlatan no murió, se lesionó. Pero la tragedia de quizás no volver a ver más al sueco competir a lo grande es más que una simple lesión.

Ibrahimovic tiene 35 años. Para cuando pueda volver habrá cumplido 36, edad a la que a un delantero europeo dejan de darle crédito. Lejos está este Ibrahimovic de parecer a aquel chicos del Malmoe FC o del Ajax que solo recibía quejas de sus compañeros porque nunca daba un pase y siempre elegía patear al arco. “Se que algunos se enojan porque decido patear al arco. Pero es parte del juego. Si no, no sería divertido”, respondía ante las cámaras que ya de pequeño lo perseguían.

Luego de un año en el Malmoe (equipo sueco) los directivos dieron cuenta de la calidad del jugador. A partir de ello comenzaron a seguirlo con una cámara por todos lados, inclusive en su pase al Ajax y sus primeros años allí. “Becoming Zlatan”, disponible en Netflix, recoge con criterio esas imágenes y los transforma en un documental que difícilmente otro futbolista pueda tener. En la época en la que los jugadores de fútbol se mueven con el hermetismo de un presidente, Zlatan se dejaba filmar y respondía a cualquier rumor que le pusieran delante. Aunque a veces no dejaba contento con sus respuestas.

“¿Que son esos rasguños que tienes en la cara?”, le preguntaron una vez. “Tendrás que preguntárselo a tu hermana”, devolvió el sueco, hijo de padre bosnio y madre croata, acostumbrado a faltar el respeto cuando la situación lo incomodase.

Se fue del Barcelona por la sombra que echaba sobre los chicos de La Masía. A ninguno le gustaba su perfil provocador. A él tampoco le gustó que le marcasen la cancha. Se fue. En lo albores de su carrera el técnico del poderoso Arsenal inglés lo llamó para hacer una prueba y se negó. “Zlatan no hace castings”, respondió inaugurando esto de hablar haciendo referencia de uno mismo utilizando la tercera persona de singular. En los siguientes 20 años Zlatan ganó 30 títulos, el Arsenal FC no llegó a diez. Las frases de Zlatan a lo largo de su carrera lo hacen un delantero más diferente aún.

Llegó a compararse con Dios:
-¿Sabés cómo terminará este partido?- consultó un periodista.
- Solo Dios sabe.
- Es un tanto difícil hablar con él.
- Lo tienes enfrente.

“¿Que tipo de jugador crees que eres? –le preguntó otro periodista sueco antes de que Zlatan sea el jugador más caro que alguna vez en la historia pagó el Ajax holandés- ¿Estilo sueco?”.
- No
- ¿Estilo yugoslavo?
-  Por supuesto que no.
- ¿Entonces?
- Estilo Zlatan

Tal era la admiración que se tenía que inclusive durante los primeros años de su carrera, los peores años en términos estadísticos, en su camiseta aparecía sólo su nombre. “ZLATAN”.

En el Ajax padecía la falta de minutos producto de sus malos comportamientos. El técnico, Ronald Koeman, prefería no contar con un jugador solista en la delantera. No solo el entrenador, el Ajax lleva toda la vida con delanteros que construyen con el equipo, y no con delanteros egoístas. El que padecía desde la grada era el histórico Leo Beenhakker, director deportivo del club, quién había asumido ser la garantía de que el “tosco y corpulento” delantero sueco (1,92m y 95kg) alguna vez rindiera los 9 millones de euros que se habían pagado por él. “Cada mes que pasaba sentía más presión. Los fanáticos del Ajax no van al estadio a ver cómo juega al fútbol su equipo, el hincha va a cerciorarse de que los jugadores lo hagan bien. Y para Zlatan solo había murmullos y silbidos”.

En el club holandés, durante el primer año, Ibra se acercó mucho a Andy van der Meyde. El lateral holandés se fue rápido al futbol italiano, ese fútbol que Zlatan admiraba en su niñez y al que conquistaría con tres camisetas diferentes en el futuro. Andy, que padeció mucho tiempo la figura de un padre alcohólico y distante al igual que Zlatan, mantuvo el contacto a la distancia y fue determinante para que Zlatan dejase de ser Zlatan y se transformase en Ibrahimovic.

Al siguiente año Ibra fue la figura del equipo, ganó la liga, fue el máximo goleador y la Juventus de Italia pagó más del doble de lo que los holandeses habían invertido. Siempre fue en ascenso, furioso ascenso. Mantuvo un nivel que lo separó del resto de los jugadores promedio, pero nunca le alcanzó para meterse en la conversación que hace rato tienen Messi y Cristiano Ronaldo. Cómo un lobo suelto que no acepta ser parte de la manada, que prefiere arreglárselas con lo suyo que depender de otro.

“¿Nueve meses? Aaaaaaah, tranqui, el año que viene gana la Champions que es la que le falta”, aparece en mi whatsapp.