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De un lado, un centro de salud municipal, un grupo de médicos y una lucha desigual. Del otro, un contexto de extrema exclusión, una adicción que empezó a temprana edad y un submundo repetido en los márgenes de la ciudad que mezcla drogas, violencia y explotación.  

Nerea Barbosa pidió ayuda cuando se sintió en peligro. Se acercó en varias oportunidades al dispensario de su barrio en busca de contención. Los trabajadores la conocían, sabían de sus tormentos, la aconsejaban, pero no la juzgaban.

“Nos contaba sus padecimiento con las drogas, quería recuperarse, estar bien. Intentamos todo lo posible para lograr un tratamiento, para ayudarla, algo muy complejo en su contexto de vida. Sentíamos que hiciéramos lo que hiciéramos era siempre insuficiente”, contó la trabajadora social Marina Iraolagoitia, una de sus confidentes dentro del centro de salud.

Esa institución fue la única que se ocupó de Nerea en su corta vida. Se crío junto a sus cinco hermanos en una humilde vivienda de San Martín al 7200. En sexto grado dejó la escuela para hacer changas y a los 13 empezó a consumir. A los 17 quedó embarazada de su primera hija. Tres años más tarde tuvo a su segundo bebé.

Cristina, su mamá, se presentó varias veces en Tribunales para pedir por un tratamiento. Se topó siempre con la misma respuesta, que no había ningún lugar público para internar a su hija, excepto los establecimientos pagos. Encontró, tras mucho peregrinar, una cama en el Agudo Ávila, pero la ayuda estuvo lejos de la esperada. Narea se transformó en una “sonámbula”. “La saqué al poco tiempo, era un zombi”, contó la mujer.

A fines del año pasado, Nerea conoció a un hombre apodado “Chori” que vivía en el otro lado de la avenida San Martín, en Las Flores Sur. Se escapaba con él casi todas las noches. Por las mañanas, volvía golpeada y ultrajada. Ella decía siempre que se había caído y cambiaba de tema cuando su mamá la preguntaba por aquellas oscuras incursiones.

Cristina está convencida que su hija iba a Las Flores por su necesidad de consumo, y que por eso soportaba en silencio los malos tratos y los abusos. Deambulaba presas de los narcos. El 10 de febrero, Narea nunca regresó. Su familia la empezó a buscar temiendo lo peor.

A principio de abril, un llamado anónimo al 911 alertó por una calavera y otros restos óseos calcinados a la vera a la autopista a Buenos Aires. Cristina y su marido se acercaron hasta el lugar y reconocieron trozos de un vestido de Nerea. El primer peritaje determinó que los restos era de una mujer de aproximadamente 20 años. EL cráneo estaba perforado por un balazo. La fiscalía ordenó al otro día un examen de ADN para corroborar la identidad.

Un calvario que no termina

La reconstrucción de fiscalía es que Nerea fue secuestrada para vender drogas en la vivienda de un narco del barrio. La policía detuvo el propietario de la casilla donde se encontraron otras de sus pertenencias. El suelo y las paredes de la habitación tenían manchas de sangre.

En aquel momento, el sospechoso fue imputado por el delito de privación ilegítima de la libertad agravada y un juez dictaminó su prisión preventiva. Sin embargo, en las últimas semanas, el hombre recuperó la libertad.

Fuentes de la investigación le explicaron a Rosarioplus.com que las manchas de sangre halladas en la vivienda no eran de Nerea. El examen de ADN dio negativo, por lo que se decidió su excarcelación.  

La pericia más importante, la de los restos óseos, todavía está en trámite. “Se está realizando todavía la identificación de los restos, se busca confirmar si pertenecen a una mujer para luego realizar comparativas de ADN con los familiares de la chica. En un mes puede haber novedades”, explicaron desde Fiscalía.

Mientras, en zona sur, en su casa de Platón al 1400, Cristina ya no sabe qué responder cuando Ludmila, su nieta de 6 años, le pregunta: “Abuela, ¿Dónde está mamá? ¿Va a regresar algún día?”.