El tercer asesinato del 2022, o el segundo de este jueves de Reyes, puede considerarse como una profecía cumplida, o al menos un final previsible que el Estado dejó de hacer algo por evitarlo.

Pedro Daniel Coronel, a los 28 años, quería enderezar su vida y alejarse de los problemas que supo tener con la ley, a pesar de ser hijo de un policía. En ese contexto, había aceptado declarar en una causa penal como testigo de identidad reservada, para dejar al descubierto una organización dedicada al tráfico de estupefacientes.

Él había sido parte de ese negocio ilegal, y ahora quería abrirse, según confiaron entre dientes en el vecindario de Sinópolis al 500, una de las numerosas cortadas y callecitas de ese sector del Barrio de la Carne que los habitantes llaman "Magnano", unas pocas manzanas antes de Circunvalación, entre San Martín y Ayacucho.

En esas deducciones se adentra ahora el fiscal de Homicidios Alejandro Ferlazzo.

Los vecinos cuentan que el último patrullero que había quedado como custodia frente a la modesta vivienda de una sola ventana se había retirado dos meses antes, por lo menos. Y desde entonces Coronel estaba sin la protección que se le había prometido.

Entre las 5 y las 5.30 de este jueves, dos hombres en una moto lo sorprendieron cuando estaba por entrar a su casa. Le acertaron un par de balazos entre el pecho y el vientre, y escaparon.

La compañera de Coronel salió a la calle, alertada por el ruido, y así lo auxilió. Como pudo lo cargó con ayuda de vecinos, y lo llevó al Hospital Roque Sáenz Peña, donde murió casi enseguida.