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El gobierno está convencido de que el desalojo de la planta de Pepsico esta semana en Buenos Aires, fue un éxito. Reprimió con la orden de un juez, atribuyó la resistencia a un puñado de agrupaciones de izquierda y expandió la ejemplaridad de lo que se viene ante los conflictos laborales y sociales que sabe, se van a multiplicar. Pero no todo es tan lineal, ni siquiera para un gobierno que se siente avalado en cada uno de sus avances hacia un cambio de sociedad que considera virtuoso cuando, claramente, construye un proyecto que no puede contemplar a la mayoría de los argentinos.

Con la represión de los trabajadores el gobierno volvió a despertar a la CGT que invernaba como un oso viejo en alguna cueva confortable. Es cierto que la central obrera está desprestigiada ante propios y extraños, sumida en las más perjudiciales prácticas burocráticas y dominada por una aristocracia sindical que lleva 30 años promedio en el poder de sus gremios. Pero así y todo sigue siendo la CGT. Como lo dijo esta semana un experimentado dirigente rosarino: “Vamos a marchar el 22 de agosto frente a estas políticas antiobreras del macrismo. Porque con todos nuestros defectos somos la última línea de combate en defensa de los trabajadores. Si nos pasan por arriba a nosotros, se viene una reforma laboral atroz como en Brasil”.

Y no se equivoca. Como tampoco se equivoca Héctor Daer, triunviro de la CGT nacional y diputado cuando dijo ante los numerosos cuestionamientos que hay hacia la central obrera, “hay que tener en
cuenta que la mitad de los obreros que nosotros representamos han votado por este modelo de país en las últimas elecciones”. No deja de ser una justificación, pero intenta aclarar también el panorama de cómo se llegó a este escenario.

El caso Pepsico es ilustrativo además del plan económico vigente. La multinacional no cerró sus puertas porque estaba cansada de lidiar con comisiones internas intransigentes o porque perdiera dinero. Menos por estar acosada por juicios laborales, como insiste en señalar el presidente de la Nación. La firma tiró las persianas para hacer un negocio financiero y ganar más dinero trayendo las papas fritas de su propia planta en Chile. Para eso, estuvo dispuesta a pagar indemnizaciones dobles y sacarse a los obreros de encima.

Pero el gran triunfo del gobierno es quizás el arraigo profundo del discurso de la meritocracia y el individualismo. “De que se quejan estos obreros si se van a llevar una torta de plata”, se lee en las
redes sociales. Aunque pensándolo mejor, quizás se trate de un triunfo global del capitalismo.

Una encuesta hecha en Brasil sobre los motivos por el cual millones de brasileros accedieron por primera vez a una casa propia durante las gestiones de Lula Da Silva y Dilma Roussef también es ilustrativa. El mayor porcentaje atribuyó acceder a esa vivienda al “esfuerzo propio”, en segundo lugar “al apoyo de toda mi familia”, en tercer lugar “a dios” y recién en cuarto lugar a “la ayuda del gobierno”.