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El Papa visita Colombia con los objetivos de apoyar la reconciliación de la sociedad, afianzar el proceso de paz y proyectarlo hacia el futuro.

Colombia es un país eminentemente católico y la presencia de Francisco tuvo un peso específico clave, en un momento político delicado del país, signado por el proceso de paz con los grupos guerrilleros, la división de la sociedad en torno a ese tema y el impacto de la crisis política, económica y social en la vecina Venezuela. 

Desde marzo, cuando el presidente Juan Manuel Santos anunció la visita del Papa, dejó claro iría a “apoyar a los colombianos en la construcción de la paz”. En términos políticos, la visita del Pontífice constituye una forma de legitimación del proceso de paz ante las críticas de quienes se opusieron a la metodología con la que se implementaron los acuerdos, encabezados por el expresidente Álvaro Uribe.

Desde el Vaticano siempre se evitó la adopción de posicionamientos respecto de la política local, aunque Francisco, un Papa con clara vocación política, nunca escondió su vocación de apoyar el proceso de paz. Más aún, a partir de sus acciones y de sus expresiones públicas podría concluirse que la idea que sustenta es que siempre es preferible un acuerdo de paz defectuoso que la ausencia de acuerdo.

Colombia atraviesa una transición sin antecedentes que, para afianzarse, precisa superar el escollo de la polarización política y social en la que se encuentra sumida la sociedad. El proceso de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), la guerrilla más antigua del continente, puso fin a un conflicto armado con el Estado de más de medio siglo, pero su implementación a pesar de un referéndum que lo rechazó por escaso margen, profundizó la brecha entre los partidarios del acuerdo y sus detractores.

Las heridas y el dolor son todavía muy profundos. La guerra entre el Estado y la guerrilla causó 220 mil muertes, seis millones de desplazados, el paramilitarismo, la proliferación del narcotráfico y la profundización de las desigualdades. En ese marco y con las inoportunas especulaciones electorales de sectores oportunistas de la dirigencia política, la brecha social se profundizó. Ideas como conflicto, convivencia, odio y perdón impregnan hoy el imaginario de una sociedad atravesada por la violencia que se asoma ahora a una etapa nueva y signada por las oportunidades.

Política de paz sí, política de facciones no

Colombia es el séptimo país con más católicos del mundo, y la Iglesia moviliza tradicionalmente el voto conservador, que en el referéndum celebrado hace un año inclinó la balanza en contra del acuerdo de paz con las Farc.

No obstante ello, los dirigentes de la antigua guerrilla también celebraron la visita de Francisco. Ante una carta que los exguerrilleros enviaron al Papa solicitando su respaldo a los esfuerzos de paz, él respondió con amabilidad. Fueron aún más allá y solicitaron un encuentro privado, que finalmente no tuvo lugar.

El Papa también descartó reunirse en privado con representantes de la oposición venezolana y con obispos de aquel país, como se había especulado en las últimas semanas. Colombia comparte con el país vecino una frontera de 2200 kilómetros que se convirtió en una de las principales vías de escape del régimen de Nicolás Maduro. Solamente en julio, el gobierno colombiano concedió el visado a 150 mil venezolanos sin papeles.

La diplomacia vaticana evitó las reuniones con facciones que pudieran poner en peligro el mensaje de paz del Papa alentando interpretaciones sectarias tanto en Colombia como en Venezuela.

El proceso de paz no llegó a su fin

Los acuerdos de paz alcanzados con los exguerrilleros de las Farc, discutidos y resistidos aún por amplios sectores de la sociedad, no suponen en modo alguno un punto de llegada. El proceso de paz  seguirá ahora con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), un grupo guerrillero más pequeño pero más beligerante que las Farc. El ELN nació casi en simultáneo con las Farc, a mediados de la década de 1960 y desde entonces está enfrentado a las fuerzas del Estado.

Es en este contexto en que debe entenderse el anuncio que Santos hizo dos días antes de la llegada del Papa: se acordó una tregua entre el gobierno y el ELN en la mesa de negociaciones de paz de Quito, Ecuador, que está en funcionamiento desde febrero de 2017. La tregua entrará en vigor el 1° de octubre y se extenderá hasta el 12 de enero de 2018, aunque podrá renovarse en la medida que se cumpla y se avance con las negociaciones.

Este cese de hostilidades apunta a proteger a la ciudadanía (secuestros y atentados) y a la infraestructura del país (ataques a oleoductos) de la violencia, mientras se negocia un acuerdo que permita un eventual desarme y posterior reincorporación a la vida civil de los guerrilleros. El acuerdo contempla el establecimiento de un mecanismo para hacerle seguimiento, compuesto por el gobierno, el ELN, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Iglesia Católica.

El proceso de paz colombiano deberá continuar aún cuando Juan Manuel Santos ya no esté en la presidencia e incluso cuando Francisco ya no ocupe el trono pontificio. Santos y Bergoglio saben eso e intentan sentar bases sólidas para que quienes los sucedan ya no puedan torcer el rumbo del camino que conduce a la paz.