El mundo cambia permanentemente y cada vez más rápido. Los partidos políticos parecen tener un rol cada vez más decadente y hueco frente a al poder de las comunicaciones, donde los contenidos y los programas políticos parecen ser cada vez menos importantes que ganar elecciones a cualquier precio. El tiempo de exposición de un candidato en los medios de comunicación y en las redes sociales parece rendir más y mejor que la militancia, la participación, el debate de ideas y la competencia interna. Para muchos, la batalla debe darse casi con exclusividad en las redes sociales y no tanto en medios masivos de comunicación social que parecen ir detrás de lo que se dice, se opina y se dicta en ellas. Copar ese microclima que son las redes sociales es garantizar la presencia en los medios masivos de comunicación. 

En ese mundo, en el que los partidos políticos ya nada se parecen a esos “laboratorios del ejercicio del poder” cuyo objetivo esencial era que los futuros gobernantes aprendieran a gobernar y no solamente a imponerse al adversario, en ese mundo, el Partido Comunista Chino (PCCh) no deja de ascender, de crecer y de acumular poder.

El partido único

Como casi todos los partidos comunistas, el chino fue originariamente combativo, minoritario y cuyo objetivo era cambiar una realidad social a todas luces injusta. Hasta que alcanzó el poder en 1949. Desde entonces, controla de manera férrea los destinos China, y le falta muy poco tiempo  para alcanzar -y superar- al Partido Comunista de la Unión Soviética, que gobernó hasta el colapso de 1991.

La estructura del Estado chino bajo el PCCh se desarrolló de una manera similar a la de otros regímenes autoritarios socialistas. Sin embargo, desde la década de los años ‘70, el rótulo de “comunista” podría ser puesto en tela de juicio. Las reformas económicas iniciadas en aquel entonces llevaron a China a seguir políticas económicas que son capitalistas, aunque dirigidas por el Estado, con el partido como máxima autoridad política e ideológica. 

Podría decirse que la vida política -si se la entiende como pugna por el poder- en China transcurre puertas adentro del PCCh. Los funcionarios partidarios son "elegidos" para ocupar puestos de liderazgo cada cinco años, momento en el que los altos cargos se reúnen en Beijing para los congresos nacionales del partido. Detrás del fachada, son los líderes del partido quienes deciden anticipadamente los resultados en negociaciones secretas. Los cargos más codiciados son los del Comité Permanente del Politburó, cuyos siete miembros tienen la última palabra en los principales problemas políticos, económicos y sociales.

De acuerdo al relato oficial, el partido está para apoyar a las empresas y los trabajadores y no al revés. Eso sí: las críticas públicas al partido no son bienvenidas, no importa cuan podero alguien sea. El multimillonario empresario Jack Ma, creador de Alibaba lo vivió en carne propia. 

El control que el partido ejerce sobre la población es férreo aunque, para muchos analistas, no es totalitario. La mayoría de las personas desarrolla su vida diaria en China sin preocuparse demasiado por lo que el partido hace o deja de hacer. Actualmente, no ejerce una intromisión destacable en temas tales como el sitio dónde se elige vivir, qué estudiar o qué trabajo desempeñar. Lo que sí hace el PCCh es establecer límites estrictos a la expresión política y hacer cumplir duros castigos para quienes transgreden esos límites, y adopta una línea dura en la vigilancia y persecución de los disidentes políticos y de las minorías étnicas.

Simultáneamente, el PCCh invierte enormes recursos en sistemas de propaganda y censura que garantizan que su mensaje siga siendo dominante. Sin embargo, en el partido tienen claro que más allá de la propaganda, de la censura y -eventualmente- de la represión, no hay posibilidades de sostén a largo plazo si no hay una fórmula eficiente de legitimación. Y en el PCCh saben perfectamente que en la actualidad, la legitimidad proviene de la capacidad de Estado de generar crecimiento y brindar servicios públicos. Es por eso que monitorea activamente a la opinión pública y agradece los comentarios de la ciudadanía sobre el desempeño -bueno o malo- de los funcionarios locales. Esta combinación de factores permite a amplios sectores de la población vivir sin miedo al PCCh, cuyos llamamientos nacionalistas, su éxito en cuanto a su desarrollo económico y a la contención de la epidemia de Covid-19 lo han dotado de un sorprendente grado de legitimidad popular en el último tiempo. De hecho, son muchas las personas que quieren unirse al partido, que cuenta con casi 92 millones de afiliados, porque la membresía constituye un vehículo para la movilidad social ascendente. El líder, Xi Jimping lo sabe y ha elevado los requisitos para el ingreso, porque sólo quiere que gobiernen los mejores, los más brillantes y -lo que es más importante- los más leales.

El partido y el líder

Como secretario general del partido, presidente de la República Popular y presidente de la Comisión Militar Central, Xi ha centralizado el poder de toma de decisiones para convertirse en el líder chino más influyente desde Mao Zedong. Es más, desde que ascendió a la cima del liderazgo partidario hace casi nueve años, Xi ha purgado sus filas de posibles rivales y eliminado los límites del mandato presidencial, lo que significa que podría permanecer en el poder durante varios años más. 

En China, el partido y el gobierno son prácticamente lo mismo. En realidad, el PCCh controla al gobierno y, a través de él -y de las Fuerzas Armadas- controla al país. Es decir que, quien lidere el partido es quien manda. La diferencia entre Xi y sus antecesores, es que él logró minimizar los límites impuestos a la figura del líder después de Mao. Pocos seres humanos en el mundo tienen tanto poder como Xi.

Durante su mandato se ha puesto el énfasis en evitar aquellas versiones del pasado que critiquen errores y disientan de la narrativa impuesta por el partido. En abril, una agencia del gobierno puso a disposición del público un número de teléfono y una página web para denunciar a cualquiera que distorsionara la versión histórica oficial, criticara a líderes del partido o difundiera una imagen degradada de héroes y mártires. En mayo, ya se habían censurado más de dos millones de comentarios “perjudiciales” en internet.

Las ventajas del manejo de la historia es algo que el partido siempre tuvo claro. En la época maoísta, altos cargos aparecían y desaparecían de las fotos, dependiendo de que hubieran caído o no en desgracia. Aún hoy sigue borrado del relato oficial de Zhao Zhiyang, el secretario general del PCCh destituido en vísperas de la matanza de Tiananmen en 1989. Pero Xi, ávido estudioso de la historia, parece especialmente consciente de la importancia de controlar el pasado como herramienta para controlar el futuro.

Para Xi y para el partido, el control de la historia también se traduce en legitimidad. Un relato histórico positivo, que unge al mandatario actual como el heredero del legado de un Mao benevolente y padre de la patria, refuerza la figura de Xi ante un año fundamental. En 2022 se celebrará el 20º Congreso del Partido, que deberá confirmarlo en sus cargos por otros cinco años luego de haber eliminado las antiguas limitaciones que lo obligaban a dejar el poder tras dos períodos.

En un mundo cambiante, en el que China desafía el liderazgo global de los Estados Unidos, en el que se cuestiona con extrema dureza a la democracia asociándola al fracaso económico en muchas naciones, en el que los liderazgos políticos parecen adquirir cada vez más características despóticas y donde el debate se confunde deliberadamente con el combate, en ese mundo en el que los partidos políticos tradicionales parecen condenados a su empequeñecimiento, el PCCh se ha convertido en una estructura política todopoderosa.