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La superposición de la crisis sanitaria y la crisis política hizo de Brasil un caso único, volátil y peligroso para Latinoamérica.

Brasil es un país atrapado -cada vez con menos espacio- entre la espada y la pared. La crisis sanitaria desatada por la pandemia de coronavirus Covid-19 agudizó una crisis política que, si bien es previa a la presidencia de Jair Bolsonaro, produjo como emergente al actual mandatario.

Bolsonaro lo que hizo es profundizar las contradicciones políticas, sociales y económicas del país y llevarlas a un extremo difícil de soportar. La ciudadanía se encuentra ahora atrapada entre la pandemia y un pandemónium político cuyo protagonista principal -aunque no exclusivo- es aquel a quien había elegido para levantar la cabeza de un país golpeado por la crisis económica y la corrupción.

Pandemia

Al momento de la redacción de este artículo, Brasil se ha convertido en el tercer país con mayor número de casos de Covid-19 en el mundo, sólo detrás de los Estados Unidos y Rusia. Las cifras son alarmantes: casi 294 mil casos -más de 157 mil de ellos activos-, más de mil muertes por día y alrededor de 19 mil en total, 89 fallecidos por cada millón de habitantes.

La crisis sanitaria escaló principalmente debido a la posición del Poder Ejecutivo. El Covid-19, un tipo de coronavirus de aparición reciente y repentina para el cual no solamente se busca una cura, sino que ante todo se persigue un mayor conocimiento para lograr combatirlo, produjo un daño que no puede calcularse ni preverse: la incertidumbre. Nadie estaba preparado para combatirlo. Ningún gobierno. Sin embargo, algunos adoptaron una actitud prudente y otros no. La actitud prudente consistió en escuchar a los científicos y a los médicos que fueron quienes sugirieron las medidas de aislamiento preventivo. Es lo que hicieron la mayor parte de los gobernantes del mundo. Algunos lo hicieron más velozmente que otros, algunos con mayor cantidad de recursos que otros, y eso configuró el grado mayor o menor de éxito alcanzado. La actitud imprudente, fue la que adoptaron otros gobernantes que partieron del principio de seguir su propio olfato o sus propios intereses. Es en definitiva, lo que hicieron Trump o Bolsonaro. Aunque el muerto se asuste del degollado y Trump mire ahora a su aliado con desconfianza, al punto de pensar en vetar el ingreso de brasileños a su país.

Sostenido desde antes del inicio de la pandemia en un núcleo duro de seguidores que se calcula en torno al 30 o 33 por ciento de la población, Bolsonaro optó por privilegiar un funcionamiento pleno de la economía que le permitiera responder a los intereses económicos concentrados que lo avalaron en su llegada a la presidencia. El mandatario de extrema derecha, dejó la economía en manos de un ultraliberal como Paulo Guedes para que, profundizando el camino ya adoptado durante la presidencia de Michel Temer, eliminara aquellos escollos que se interponían entre los poderes económicos concentrados y sus ganancias. El camino es ya conocido: ajuste y precarización de las condiciones de trabajo. El Estado abandona áreas sustanciales en las que debería estar presente al tiempo que exige mayores esfuerzos a quienes menos pueden realizarlos. La idea de una cuarentena o inversión en salud pública contrariaron expresamente ese camino adoptado. Los aislamientos sociales preventivos dictados por gobernadores e intendentes en numerosos puntos del país, medidas fundadas en la actitud prudente, impactaron lógicamente en esta política adoptada por el gobierno federal y enfriaron la marcha de la economía.

En vez de dejarse contagiar por la prudencia de gobernadores e intendentes, Bolsonaro decidió enfrentarlos, negarles presupuesto, extorsionarlos ofreciéndoles crédito para reactivar las economías locales a cambio de que abandonaran la cuarentena. Hace una vergonzosa exposición pública semanal para intentar demostrar que el Covid-19 es una gripecita, asociando el virus a una estrategia comunista, atacando a cada gobernante local o poder del Estado que lo contradiga. Se obsesionó con la imposición de la hidroxicloroquina como medicamento paliativo cuando se la está desaconsejando en el resto del mundo e inclusive Trump comenzó a tomar distancia de esa aparente solución. Bolsonaro ofreció una respuesta política caprichosa a cada desafío sanitario. Prueba de ello fue que en 28 días abandonaron su cargo dos ministros de salud pública y el tercer nominado -un militar por supuesto- se fotografió en una fiesta en pleno aislamiento social. Y cuando la realidad confronta al presidente y le demuestra que está equivocado, se limita a decir: ¿qué quieren que haga? No es mi culpa. Mi segundo nombre es Messias pero no hago milagros.

Pandemónium

Esta palabra, asociada habitualmente a la idea de todos los demonios, es definida en Castellano como un lugar en el que hay gran confusión, ruido y griterío. La política brasileña en tiempos de Bolsonaro es efectivamente eso. Quien alienta la confusión, el ruido y el griterío es principal y decididamente el presidente.

No solamente ha designado a más militares, ex militares y ex miembros de fuerzas de seguridad en puestos clave que ningún otro mandatario de la historia reciente de Brasil y la región. Además de perder dos ministros de salud en menos de un mes, provocó el alejamiento de una de las estrellas de su equipo, el ministro de justicia y exjuez, Sergio Moro. El presidente quiso que su ministro lo dejara designar al jefe de la Policía Federal de Río de Janeiro, a lo que Moro se negó e hizo una denuncia respecto de las presiones recibidas. Bolsonaro requirió el control de la policía en su Estado natal para acabar con las investigaciones que pesan sobre su familia y que incluyen corrupción y vínculos con las fuerzas paramilitares que en Río de Janeiro asesinaron a numerosas personas, incluyendo referentes sociales y políticos como Marielle Franco.

Sin partido político propio, el presidente ataca cotidianamente a un Congreso fuertemente desprestigiado y al Poder Judicial al que mira con recelo. De los tres sectores que avalaron la candidatura presidencial de Bolsonaro -militares, sectores religiosos evangélicos y los poderes económicos concentrados- podría decirse que los primeros ya se arrepintieron de haberlo elegido como representante, y los últimos sólo lo toleran porque sostiene al ministro de economía afín a sus intereses, Paulo Guedes. Solamente los evangélicos parecen coincidir genuinamente con Bolsonaro en que solamente una cura milagrosa podría sacar a Brasil de la penosa situación sanitaria en la que se encuentra.

El problema que se avecina entre los militares en el gobierno y los poderes económicos concentrados es una pauta del pandemónium político en el que Bolsonaro a sumido al país. El gabinete militar quiere un cambio de plan económico y una distribución de recursos mayor en los distintos Estados y municipios que les asegure mantenerse en el poder. Ello supondría la salida de Paulo Guedes, respaldado por los sectores de poder económico concentrado. La pugna entre el ala militar y el ala económica se avecina.

En este contexto, la posibilidad de que Bolsonaro concluya su mandato se hace cada vez menor. Más de 20 pedidos de juicio político descansan en la oficina del presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia, quien será protagonista del entramado de alianzas o diferencias con los militares en su afán de cambiar el plan económico. Los militares encaramados en el poder no quieren perderlo y posiblemente se encuentren calculando el momento más conveniente para eyectar a Bolsonaro del poder. Por ahora, hay una sola certeza: ni los militares, ni el poder económico concentrado de Brasil querrán pagar el costo del desastre de la crisis sanitaria que apenas está comenzando. Quizás esperan que lo peor haya pasado para pedir la cabeza del presidente.

Mientras tanto, los gobiernos sudamericanos observan con recelo a Brasil y mantienen sus fronteras cerradas. No tardarán en buscar otro liderazgo regional si el Gigante Sudamericano se mantiene atrapado entre la pandemia y el pandemónium.