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Cronicas de calle: vivir con miedo…

Tiene nombre de mujer, Stella Maris y es un barrio de casas bajitas, amontonadas sin veredas donde las calles van volviéndose más angostas conforme uno las penetra. Y la única palabra que cabe es el olvido. Al menos, así lo percibí al arribar a calle Génova al 8600, en busca de una casa a la que habían ingresado tres delincuentes armados rompiendo la puerta a patadas. Parecía una entradera más, de las tantas que la cobertura periodística nos impone narrar cada mañana. Pero no. El desamparo de las víctimas, doblemente doblegadas, causaba impotencia.

Al llegar encontramos en la puerta de su casa a Elvira, una empleada doméstica que se sobresaltó en la madrugada al escuchar los violentos golpes contra su puerta y en pocos minutos se vio arrodillada, con el pelo zamarreado por un desconocido que le apoyaba un revólver en el cuello mientras le exigía con gritos destemplados: “Dame plata”. Eran tres los delincuentes que revolvieron toda la casa, de humilde estructura.

“Le di 20 mil pesos y se fueron, era todo lo que teníamos”. “Mi marido es peón de taxi, yo limpio casas, ¿sabe lo que tardamos en juntar esa plata?”, me preguntó indignada, pero en un tono que era mezcla de resignación y derrota. “Yo se la di, mire si me mataban o me querían violar”, repetía culpándose. “Hizo bien, la vida vale más que nada”, le dije y asintió con un gesto cansado, puchereando de impotencia.

No es el primer robo. Sí, el más violento. Desde hace meses, cada vez que el esposo de Elvira llega a casa separa algo de la recaudación para dársela a los delincuentes que lo esperan puntualmente a las cinco, para asaltarlo junto al portón. La escena se repite pese a las numerosas denuncias realizadas. ¿Todos los días? “Sí, casi todos”, asiente ella… Pero aclara que “lo de anoche ya es mucho” y los ojos grises se le inundan.

Ese barrio, como tantos otros en la ciudad, se ha transformado en un laberinto en el que sobrevivir es cada vez más duro. No solo porque los sueldos son miserables y los servicios de transporte y energía se acoplan a esa precariedad. Sobre todo porque la violencia expolia la dignidad de quienes solo aspiran a tener lo propio, de los que salen a ganarse un mango, y se quedan sin nada en una noche, en unos minutos. Sin otra opción que volver a empezar, con desgano, mascullando la bronca que engulle poco a poco la voluntad.

“Este es un barrio feo, siempre hay tiros”, se lamenta otra vecina cuando ya estamos marchándonos, mientras señalaba la continuidad de una calle que se angosta hasta volverse diminuta y se pierde en un pasillo bordeado por un caserío cada vez más pequeño e indigente. La supervivencia allí es angustiante, desoladora. Huérfanos de toda seguridad, muchos sueñan con irse algún día “a un barrio mejor”. Como Elvira y su marido que hace un tiempo  pusieron la casa en venta, un cartel escrito a mano dice claramente que quieren deshacerse de la vivienda. Con esa esperanza transcurren los días lentos y tortuosos. Porque el miedo (siempre ahí, latente) es una puñalada que recrudece con saña.

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