Volver a zona cero: el minuto antes de la explosión

En la previa al segundo aniversario de la peor tragedia registrada en la ciudad, Rosarioplus.com propone una serie de notas diarias que, a través de diferentes voces, buscan recordar y reflexionar sobre lo ocurrido

A las 9.37 del martes 6 de agosto del 2013 la vida cotidiana en el edificio de Salta 2141 de Rosario aún era cotidiana, lo que llamamos normal, la rutina que encorseta y que obliga a repetir ritos uno detrás del otro. Un estudiante se queda dormido, un trabajador cambia el turno y aprovecha la mañana de invierno para quedarse en su departamento, una mujer bajando por el ascensor para hacer las compras, un gasista y su ayudante procuran reparar un medidor.

A las 9.37 aún faltaba un minuto para que ocurriera la peor tragedia de la ciudad. La explosión por fuga masiva de gas que derrumbó un edificio, sepultó veintidós vidas y millones de recuerdos, transformó a tipos cotidianos en verdaderos héroes –esos que no salen en las tapas de las revistas–, disparó un protocolo de emergencia que jamás se había utilizado, movilizó la solidaridad colectiva y creó a militantes del dolor: hombres y mujeres  que aprendieron rápido y con la desesperación de la pérdida que la muerte se revive con cada injusticia. Y, a pesar de ello, continúan marchando, reclamando, gritando, llorando. Ellos, los militantes, hubieran querido que el tiempo se detenga a las 9.37, pero no. El reloj se repite en loop un minuto después. El edificio se vuelve a derrumbar con cada minuto de impunidad, el minuto treinta y ocho de las nueve de la mañana de otro 6 de agosto, dos años atrás.

 
El minuto después fue descontrol, locura, caos. Corridas hacia ninguna parte. Una tragedia que se comunica por Twitter: “Explotó una caldera”. Teléfonos celulares que no respondían. Un edificio entero que ya no existía y que poca gente –casi nadie-advirtió que ya no estaba más. Una cortina de humo y tierra yacía como una estela que deja una bomba y todos quienes se acercaban al barrio sin ser expertos en nada que algo malo, que algo muy terrible había ocurrido. Las tragedias tienen una manera demasiada grotesca de presentarse. La vida cotidiana del minuto antes se había pulverizado.
 

 
Los periodistas llegamos con el afán de la primicia y nos encontramos con la paradoja de querer comunicar todo y no decir nada.  Los youtubers, celulares en mano, le pusieron imágenes a los primeros momentos, esos que quedaron como llagas para revivir el desastre. No debería ser el morbo de revivir el rostro de la tragedia sino imágenes como lema que se condensa en una palabra gastada: Justicia.
 

 
En el medio de la confusión, un minuto después de las 9.37, los sobrevivientes deambulaban sin ser reconocidos entre los curiosos, los solidarios, los funcionarios, los bomberos, los policías. Ellos sí sabían que allí en el hueco faltaba un edificio y habían visto a un gasista. En el medio del desorden que impone el minuto después de la tragedia, Evangelina, una docente universitaria que no quiso brindar su apellido, fue la primera voz de aquella mañana de invierno. Fuga masiva, gasistas, reparación, con lo puesto, techos que se caen y derrumbe fueron algunas de sus palabras. Aunque la tragedia ya se había presentado con su particular forma de arremeter lo que llamamos normal, la vida cotidiana que existió un minuto antes.

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