Los clásicos: la violencia no es ningún cliché

El cronista se remonta a su primer clásico, que pudo ser el último. Cuando la hostilidad por una rivalidad deportiva es tan pueril como real, y no sólo un lugar común del periodismo

Es un empeño constante que puede ser inconsciente pero es implacable. Puede ser fatiga o comodidad, falta de creatividad o pura holgazanería. Los periodistas licuamos el valor de las palabras cuando repetimos latiguillos idénticos para definir situaciones diversas, acontecimientos distintos, hechos contrapuestos. Cuando hablamos sobre incendios los adjetivamos con “voraz”. Si en las redes sociales millones de usuarios comparten una foto, un diálogo o un video decimos que hay “furor”. A veces los accidentes poseen ribetes “cinematográficos” o “espectaculares” y quienes conducen en automóviles y se enfrentan a la tragedia los transformamos en “asesinos al volante”. Si hay complicaciones en el tránsito hay “caos vehicular” y nunca faltan los “violadores seriales”, el “foco ígneo” o la “tierra de nadie”. El periodismo es una fábrica de clichés y en sus chimeneas se evaporan el contexto, el análisis, la dimensión ética y estética del oficio.

Una imagen de aquel River - Boca que los Millonarios ganaron 2 a 0.

Hace 25 años fui protagonista de otro lugar común del periodismo: la “violencia en el fútbol”. Frase inconsistente que aglomera muertes y bengalas, provocaciones y xenofobia, insultos y aprietes. Fue en septiembre del ’90 cuando a mis 16 tuve la oportunidad de ir a ver mi primer super clásico: River – Boca en el Monumental de Núñez.  Salimos de Colón, Buenos Aires -mi ciudad de origen a 277 kilómetros del ocaso- durante la madrugada. Éramos casi cuarenta hinchas de Boca embanderados en azul y oro con deseos de recuperar la esperanza para obtener un campeonato local. El último había sido nueve años atrás con el Boca de Maradona. Yo casi no me acordaba de ese torneo y debía construir en el presente un recuerdo glorioso: un Boca campeón.

Una  camiseta trucha que me prestó mi amiga Genoveva, un gorrito al estilo Piluso con el dibujo de un pizzero del barrio de la Boca y una radio Spika con cobertura de cuero marrón -que se la robé a mi vieja porque me habían advertido que mirar el partido sin relato le restaba emoción al encuentro- fueron mis tres elementos distintivos para esa fiesta inaugural. Atrás quedaban años y años de escuchar a Víctor Hugo en la plaza Pibelandia cuando la radio nos regalaba una épica de setenta años de historia porteña cuando el Loco Gatti, el Tigre Gareca, la Chancha Rinaldi, el Murciélago Graciani y el verdugo de River Jorge Comas equiparaban a nuestros de Titanes en el Ring. Futbolistas tan ídolos como los héroes del catch.

El bus no llegó ni tan temprano ni tan tarde pero el chofer cometió un error que pudo derivar en una tragedia. En los alrededores del estadio había gente por todos lados y eso complicó nuestro acceso, sumado el colapso vehicular que generaba la construcción de un puente peatonal sobre la avenida Lugones. Luego de varias maniobras, el chofer al fin pudo estacionar. Los 40 de Boca nos bajamos y comenzamos a caminar hacia el Monumental. Lo extraño era que mientras más nos acercábamos más nos cruzábamos con hinchas de River. Los más experimentados se sacaron los gorritos, otros se pusieron los abrigos con tal de tapar los colores de las camisetas por más que el sol de la primavera auguraba una tarde calurosa. En cambio, mi ingenuidad entorpeció al temor. Yo seguí avanzando con el gorro en la cabeza y una campera de jean que no ocultaba la camiseta trucha de Boca. El tiempo fue tan veloz que cuando advertimos que estábamos en la puerta de acceso para los seguidores de River la “violencia en el fútbol” ya se había desatado.

La crónica periodística ignoró el ataque ocurrido antes del cotejo.

“Bosteros, hijos de puta, la puta que los parió, Bosteros, hijos de puta, la puta que los parió” nos gritaban los hinchas que ya nos habían rodeado en el playón externo del estadio. Yo no tuve miedo. El cerebro tiene la capacidad de retrotraer en una milésima de segundo un recuerdo añejo e interpretar una secuencia extensa en esa porción de tiempo efímero. Ahí me acordé de una historia que me solía contar mi viejo cuando leíamos La Razón antes de dormirnos y las noticias eran mis mejores cuentos infantiles. Contaba mi viejo que cierta vez en las inmediaciones del Obelisco, en un acto multitudinario de la Unión Cívica Radical pasó un tipo en bicicleta muy cerquita de la muchedumbre. Mientras pedaleaba, durante todo el recorrido, fue silbando la marcha peronista. Siempre me gustó esa historia porque sentía que hablaba sobre la tolerancia. Pero cuando una mano me sacó el gorrito y otra se transformó en trompada en mí maxilar interpreté que esa historia no hablaba sobre la tolerancia sino sobre el significado de la provocación. Yo me había transformado en un provocador improvisado.

Después del primer golpe al mentón siguieron las patadas en las piernas y las trompadas en la espalda y en el estómago. Me doblé de dolor pero afortunadamente no me caí. Cuando reaccioné, corrí como una garza ciega hacia ningún lugar y sentí el golpe más contundente. Supongo que fue de zurda porque vino de atrás, con mano cerrada, en mi oreja izquierda. Me tambaleé y en medio del desequilibrio vi a un hombre grande que estaba parado siguiendo la escena. Me le lancé encima y mi instinto de supervivencia hizo que lo abrazara. Fuerte, bien fuerte. Puse mi rostro en su cuello y le suplicaba en el oído: “Soy del interior, soy del interior” como si eso me eximiera del terrible error del chofer por habernos lanzado en la puerta equivocada. Mientras agarraba al viejo y lloraba y ya sentía terror, otra vez los salvajes vinieron hacia mí y siguieron pegándome con pasión bélica. Ya me habían robado la Spika y el gorrito pero querían la camiseta que estaba rajada de par en par pero no me la podían sacar porque arriba tenía una campera de jean. Pero una acción imprevista iba a cambiar el sentido de la historia.

“Soy Martín, dame la campera”, escuché en el oído. Martín Pelle, otro pibe de 16, uno de los 40 boquenses del tour infernal se había camuflado entre los violentos y simuló el robo de mi abrigo.  Cuando escuché a Martín, eché hombros hacia adelante, brazos hacia atrás y Martín se alejó corriendo con mi campera. Ahí, los guapos pudieron alzarse con el botín de una guerra que ya estaba perdida: lo que quedaba de mi camiseta trucha. Aunque también me sacaron las zapatillas porque advirtieron que  llevaba medias de color azul. Fue un grito que extendió la agonía: “¡Tiene las medias de Boca!”.

En cuero, en patas y con sangre que brotaba de mi oído izquierdo quedé sólo el playón. Las puteadas seguían y muchas bajaban desde las escalinatas del ingreso a la cancha. En eso, un policía de la Federal me manoteó con firmeza del brazo derecho y me sacó a las zancadas. Cuando reaccioné ya estaba en otro sector y comenzaron a aparecer muchos de los compañeros de viaje. Uno me dio un buzo, otro me trajo hielo y más allá vi a Carlitos “Maradona” –le decían así porque sus rulos eran muy parecidos a los de Diego Armando- que le gritaba a un periodista radial: “Decí algo, la puta que te parió, que nos están matando”.

Nadie se acercó a entrevistarme. La agresión no fue título de ningún diario. No hubo suspensión, ni condena, ni vergüenza. La fiesta del fútbol debía comenzar en minutos. Esa pequeña historia sobre la “violencia en el fútbol” fue insignificante. River ganó con baile 2 a 0. Al finalizar el partido muchos plateístas de Boca incendiaron y destruyeron las butacas. “¡Rompé todo, Juanro!”, me dijo alguien como para que canalizara la bronca. Yo no me podía mover y seguía en estado de pánico. Sólo sabía que Martín Pelle había arriesgado su propia vida para salvarme y que al fin había entendido que la historia de la marchita peronista silbada en pleno acto radical no hablaba sobre la tolerancia sino sobre la provocación.

Esa tarde, en un Buenos Aires lejano, la “violencia en el fútbol” no fue ningún cliché sino un estigma. Heridas en mi cuerpo que se abren cada vez que los energúmenos nos ganan a los boludos.   

Nota del autor: En memoria de Martín Pelle, amigo de los amigos, boquense y futbolero, que partió demasiado rápido y quien me permitió con su noble gesto -vaya uno a saber- estar escribiendo este recuerdo borroso en una era plagada de demencial tumulto. 

 

 

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