Los bares, esos espacios colectivos

En época de campaña electoral, los hoteles y bares de la ciudad se transforman en el escenario donde muchos candidatos citan a los medios para dar a conocer sus propuestas. Suelen ser confiterías céntricas, con sillas de madera robusta y mozos ataviados de espléndidos chalecos, donde los hombres de la política prometen a periodistas, camarógrafos y fotógrafos un café que nunca llega, comenzando un auspicioso sendero de promesas incumplidas.

 

 

Pero esos no son los únicos recintos en donde los cronistas solemos aguardar por un entrevistado. Hay reductos menos coquetos, buhardillas con mesas más bien amontonadas y poca iluminación, donde los parroquianos no necesitan especificar si tomaran un cortado, una lágrima o un café, el mozo se los sirve tan pronto cruzan la puerta porque los conoce de memoria. En estos lugares el presupuesto alcanza apenas para comprar un solo diario, que los habitués codician cual tesoro, y aprenden a leerlo sosteniéndolo con una sola mano mientras con la otra degustan el desayuno en cuestión, sabiendo que tan pronto bajen la vista para echarle azúcar a la taza o revolver la infusión, alguien les reclamará el matutino indefectiblemente. La penuria abunda, salvo en el tamaño de las facturas que exceden el puño de una mano, y en la camaradería que se respira cotidianamente.

Las citas en esos espacios, de muy bajo perfil, escasean por estas horas, donde los hombres de la política se pasean por las avenidas y se encuentran en luminosos restaurantes arremetiendo a codazos y empujones en busca de una foto que les permita crecer en intención de votos.

 

 

En medio de la parafernalia de asesores que revolotean permanentemente en derredor de las cámaras y las propuestas reiteradas hasta el hartazgo, se extrañan las historias sencillas, con las que uno se topa en los cafés de barrio, historias mínimas de laburantes que se enamoran y se desenamoran, quinieleros clandestinos, monjas fanáticas del fútbol, mozos trasnochados con prodigiosa memoria, que atienden veinte mesas sin usar anotador y se quejan con razón por el sueldo magro que cobran, pequeños escenarios montados en rincones inhóspitos para cantantes de tango y aprendices de músicos…

Las historias que aún no se han escrito anidan en cientos de esquinas de Rosario, donde la soledad y el desencanto se encuentran en la tibieza de una mesa gastada, destinada al olvido.

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