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La marcha en el Monumento, en primera persona

La suma de las voces es una resta: #NiUnaMenos no es #NiUnaMás

Hay palabras tenues y frágiles de esas que se suele llevar el viento. Hay gritos desgarrados y sólidos como el hielo seco. Hay tambores de paz y consignas en fotocopias. Hay símbolos y vocales, un abecedario reordenado a la fuerza. Hay miradas que dicen y hablan y sugieren y cantan y maldicen y bendicen y redoblan la apuesta.

Hay reclamos que son viejos y que luchan contra el tiempo. Hay memoria del ayer y memoria de un presente inmediato que se escribe con Twitter y con selfies. Hay sindicalistas, políticos y militantes. Hay electricistas, amas de casa, estudiantes y comerciantes. Hay padres y madres: huérfanos de un amor arrebatado.

Hay paz. Hay solidaridad y abrazos. No hay silencio.

Porque son muchas las voces que estuvieron en la penumbra del reclamo solitario. Hoy hay una cuenta: la suma de todos los elementos es una resta. Porque “ni una menos” no es “ni una más”.

Fue una marcha de apoyo y testiminio.
 

 

De comienzos y finales

Gisel estudia Medicina y está en el final de su carrera universitaria. Llega a la concentración junto con Jimena, su hermana menor, que también eligió las ciencias médicas como futuro profesional. Ambas son oriundas de Pergamino  y creen que la violencia de género no es propia de las grandes urbes. Ellas apoyan la consigna sin tener ningún afiche ni volante. Sólo su presencia. El valor de estar.

Y la presencia no sólo es por el reclamo en contra de la gran cantidad de muertes que son noticia en título catástrofe sino también por “las barbaridades que te gritan o por los secuestros que existen por la trata de personas”. Ellas desean que el trato sea parejo e igualitario. “Que se nos cuide, se nos valore y se nos respete”, enumera la hermana mayor.  

Para Gisel la concentración es el punto cero. Es el inicio de algo y utiliza la metáfora “semillita”. Habla en diminutivo para graficar la potencia de miles de voces que se reunieron en un lugar más acostumbrado a recibir celebraciones futboleras o actos partidarios. La semillita está sembrada.

No hay soledad en la multitud

Maximiliano Cabañas es albañil. Y no tiene ningún familiar, ni amiga que haya sido víctima de la violencia de género. Él llegó desde Cabin 9 con la convicción de que esta concentración no es un tema de mujeres. “Me gusta venir y poder acompañar”. El joven tampoco tiene pancartas en su poder. En soledad, observa a la multitud.  Él ya forma parte de ella.

Un colectivo de voces

María del Carmen toma en Granadero Baigorria el colectivo de la línea 35/9 y se baja en Córdoba y Entre Ríos. De allí camina en soledad hasta el Monumento Nacional a la Bandera con una cartulina que ella mismo armó: desde Mafalda hasta los titulares en los diarios de esos que  escupen la violencia cotidianamente.  Más que una consigna es una desgarradora realidad. Ella dice que asiste por todas las injusticias que se cometen y por Lola, una joven que  conocía desde muy chiquita y que la mataron en noviembre del 2014 cuando apenas tenía 18 años.

María del Carmen es comerciante y dice que a ella no le pasó nada, pero eso no importa porque las cosas que ocurren también le ocurren a ella. 

El valor de la educación

Fernanda tiene 30 años y está por convicción propia junto a un grupo de amigas. Y dice estar no sólo por los derechos de las mujeres sino por todos los derechos. La convicción de Fernanda son “los hombres, los homosexuales, las mujeres y las niñas”. 

Fernanda estudia derecho y psicología y sostiene que las herramientas no llegan a las manos de las personas que pueden decidir. “No se trata de la modificación de una pena sino hay que apuntar a la educación. Hoy no hay que dejar de lado a los valores”.

De nuevos ojos y dolores añejos

Hugo aún cree en la igualdad y en la equidad. Y más allá del dolor hoy está presente. Él cree que cuando mañana abramos los ojos tal vez podamos ver un país distinto. Tal vez hoy puede darle un sentido a un dolor profundo, un dolor como estaca que lo  persigue desde el 8 de mayo del 2012 cuando desapareció su hija Dayana de 17 años. Hoy la noticia es su voz amplificada. Ayer la noticia impertinente fue la comunicación que nunca quiso escuchar: un cazador había encontrado el cuerpo de su hija incinerada en un monte de General Lagos.

El novio, el homicida, hoy se encuentra purgando una pena de 23 años en la cárcel de Coronda. Pero Hugo aún padece el silencio de no saber en qué circunstancia ocurrió el crimen. “Él pidió un juicio abreviado, nunca contó nada, no sabemos qué paso”.

Hugo, el padre, el electricista de Barrio La Guardia, sostiene que se va formando una muralla sumando distintos granitos de arena.

“Y como hombres, no como machos –aclara– tenemos el derecho de salir a pedir Justicia”.

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