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Humos del vecino: el rol clave del cigarrillo en las series

Hace años que el cigarrillo desapareció de la pantalla del cine como accesorio sensual. Pero vuelve en las series como recordatorio de las decisiones que no se tomaron

En 1996 ya estaba prohibido fumar en las universidades europeas y los estudiantes no fumadores comenzaban a hacer demandas judiciales contra los docentes que se reunían a fumar extra muros con los alumnos, con el argumento de que la camaradería entre personas que compartían el vicio podía redundar en beneficios a la hora de los exámenes. En ese año el director de cine John Carpenter estrenó Escape de Los Ángeles, en la que vuelve su personaje Snake Plissken (Kurt Russell), quien debe meterse en la ciudad de Los Ángeles, convertida en un campo de concentración de dimensiones cósmicas –a la que se deportan no sólo a los criminales, sino a los disidentes del régimen (un anticipo de lo que sería la era Bush Jr.. Plissken desobedece, se hace de un arma poderosa y apaga toda la energía del mundo (lo que lleva a la civilización a empezar de cero). Al final enciende un cigarrillo marca American Spirit (fumar, en los Estados Unidos totalitarios del film, está penado con la muerte) y con la brasa aún crepitando en la pantalla oscura dice: “Bienvenidos a la raza humana”.

Fumar es malo, quién no lo sabe, sin embargo hay algo muy humano en esa elección de algo que hace mal y de eso, que visualmente tiene tantas alusiones, se ha nutrido el cine: la consumación de la espera, del acto amoroso y de las cosas que se han ido tras el humo del cigarro. Fumar es una actividad metafísica: entablamos una relación con un objeto que consumimos y nos consume. En minutos tenemos la belleza, el gesto, el sabor, el aire turbio y el humo tornasolado; y también la ceniza.

Los ejemplos de personajes que fuman en cine son inagotables. Pero nos interesa, en estos tiempos antitabaco, señalar una nueva metáfora que trae el cigarrillo en algunas de las series que hemos visto.

La serie Mad Men (2009) vino a mostrar a las nuevas generaciones lo extendido que estaba el cigarrillo en los 60 (médicos que fumaban en el consultorio, reuniones cubiertas de humo), pero más allá de estas señales casi antropológicas, es notable cómo aparece el cigarrillo, de modo lateral, en otras series.

En Breaking Bad: la esposa de Walter White (Skyler: Anna Gunn) está embarazada y debe decidir si deja a su esposo. Enciende un cigarrillo en el auto, la cámara la toma de modo tal que vemos su panza abultada. Es  lo que ve también otra automovilista que le devuelve una mirada y un gesto condenatorio.

En la serie The Killing: la detective busca a su hijo adolescente y vuelve a fumar mientras hunde en el silencio sus fallas como madre y esposa.

En el primer episodio de la particular miniserie británica Black Mirror (creada por Charlie Brooker), el primer ministro inglés es retado a tener relaciones sexuales públicas con un cerdo a cambio de la vida de una princesa que fue secuestrada. En un momento el premier, rodeado del personal de su gabinete, sale al balcón a fumar un cigarrillo y, al regresar, nota la incomodidad que les produce el humo del tabaco a las personas que están en la habitación. Como si el cigarrillo resultara tan o más desagradable que el acto que se sopesa.

Fumar, en las series y películas que vemos hoy día, en un mundo destabaquizado e hiperdeportivizado (que tuvo su primer hito en los festivales olímpicos de 1936, no hay que olvidarlo) es una alusión a la otra vida, no sólo a la que no fue, sino a la que aún irradia el presente con una carga tardía, ni mejor ni deseable, pero sin la condena de un mandato siempre positivo, en la que los seres se rigen, antes que por una misión vital, trágica o ética, por una misión sanitaria.

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