Fútbol para pocos

Un análisis sobre los incidentes ocurridos durante el Superclásico

El jueves pasado, mi hija de 9 años se interesó cuando le conté que esa noche se jugaba el superclásico entre Boca y River con motivo de la Copa Libertadores de América. Me hizo el honor de acompañarme para ver un espectáculo futbolístico, independientemente de que ninguno fuera el club de simpatía, ni de ella ni mío.

En el entretiempo aproveché para hacer algunas cosas. Mi hija me llamó cuando se suponía que comenzaría la segunda etapa para preguntarme qué pasaba, porque no entendía nada. Empecé a mirar la televisión sin comprender tampoco. El resto de la historia es conocida.

Decidí no sumarme al mundo encapsulado de las redes sociales para no regurgitar el fastidio de los amos de la verdad en la web. Preferí esperar a que los medios anunciaran las sanciones adoptadas por los organismos pertinentes y hablé del tema con unas pocas personas cercanas. Las dilaciones en la adopción de las sanciones anunciaron su insustancialidad.

Pensé bastante acerca del tema. Y pese a que las conclusiones no son ni pueden ser ni definitivas ni definitorias, sirvieron para conducirme a escribir estas líneas.

Intereses cruzados

La violencia en el fútbol argentino no va a concluir. Porque es funcional a sectores que ejercen de manera perversa una cuota de poder. Es funcional a las barras bravas, que con el correr del tiempo devinieron en organizaciones criminales cada vez más complejas, hasta introducirse en el rentable negocio de las drogas. A los sectores corruptos de la policía, que necesita aumentar el número de efectivos y de horas trabajadas para generar recursos, y también recauda fondos de las propias barras de los clubes. A los sectores corruptos de la política, que se nutren del dinero mal habido y tributado por los policías desviados. Hasta aquí, los sectores que actúan por acción. Porque también están los sectores que actúan por omisión. La AFA, la Conmebol y la FIFA, que amenazan con sanciones ejemplares, pero que descubren que de esa manera la recaudación podría mermar, sin contar que los manejos internos son tan oscuros e interesados que recuerdan más a organizaciones religiosas arcaicas que a instituciones que velan por la nobleza del deporte. Numerosos dirigentes de clubes, técnicos y jugadores, que tienen confluencia de intereses o con los barra bravas, o con los policías y los políticos corrompidos, o con los tres sectores al mismo tiempo. A muchos de los representantes de futbolistas que negocian con las barras para hacer más populares a sus representados, y a hasta algunos barras que, como por arte de magia, se convirtieron en representantes de futbolistas. A comunicadores y medios de comunicación que parten del razonamiento tan cierto como miserable de que el conflicto ofrece titulares, el conflicto vende.

Lógica de negocios

Hace mucho tiempo que el fútbol mutó en narcótico popular. Hay quienes son capaces de insultar, pegar, maltratar y hasta matar a un semejante defendiendo un supuesto honor que no es más que prenda de cotillón. Pero al momento de reclamar, por ejemplo, por una educación integral, moderna e inclusiva, la vehemencia no aparece. La de la educación es una problemática tan exasperante como la del fútbol. ¿Por qué la educación no mejora? Porque se transformó en un negocio. Y goza de la lógica de los negocios. Tiene que ser redituable. Sino, no sirve. Entonces, educación privada redituable, requiere de problemas estructurales en la educación pública. Los que pueden pagar se pasarán a la educación privada no porque el nivel académico sea superior, sino para evitar las huelgas y que los chicos se queden en casa sin hacer nada. Los que no pueden pagar, que se queden en la educación pública, total no importan -porque no pueden pagar- y así el circuito del conflicto social se mantiene siempre vivo y presionando para permitirle a los sectores dominantes absorber hasta el último centavo que se pueda. Lo mismo sucede con la seguridad y la salud. Sectores dominantes hubo siempre, en Argentina y en todo el mundo. Pero uno tiene la sensación de que en algunos sitios del planeta esos sectores comprendieron que hacer partícipe al conjunto de la sociedad de algunos de los beneficios, también puede ser redituable. Si: la tranquilidad y la prosperidad del de “abajo” pueden ser muy redituables.

Cuestión de exigir

Por todas las razones mencionadas entiendo que no es que haya violencia en el fútbol argentino, sino que por el predominio de estas estructuras pervertidas de poder, el fútbol argentino es en sí mismo violento. El fútbol argentino se empequeñeció y no es para todos. Es de unos pocos.

Cansa y aburre la reiteración de la verdad de perogrullo “la solución es política”. ¿Quién no sabe eso? La cuestión es que la responsabilidad es social. La política no va a hacer lo que la sociedad civil no le demande. O mejor dicho, hasta que la sociedad civil no demande concretamente lo que quiere, la política interpretará la realidad a su gusto. Y la sociedad -al menos por ahora- demanda que “el show debe continuar”. No importa cómo. Porque si el show no continúa, no queda más remedio que confrontar con las miserias de la vida cotidiana. Con la falta de trabajo, con la plata que no alcanza, con los precios que se fugan, con el delito y el crimen acechantes, con la educación insuficiente, con los impuestos agobiantes, con la salud que se deteriora, con el ninguneo diario de una ciudadanía que en la mayoría de los casos se escruta el ombligo. Y a no tergiversar: nada de esto se reduce a la falsa antinomia de ser oficialista u opositor. Se refiere simplemente a una realidad que está a la vista para quienes tienen la voluntad de verla.

Nada va a cambiar en el fútbol ni en ningún otro aspecto si quienes integramos esta sociedad -la nuestra, de la cual no me excluyo porque también debo, debemos, hacernos cargo- no reclamamos con contundencia ese cambio del que tanto se habla, pero que nadie define.

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