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El sinsentido de contar muertes

Hoy me preguntaba cuántas muertes contamos

Todos los días las redacciones se visten de morgues de anticipación, y salimos a la calle a ponerles rostros y manos, pasado y memoria, nombres y sentimientos a los muertos del día. ¿Cuántos son?, me preguntaba. ¿Cuántas muertes hemos contado?, querido Pablo.

Podríamos abrazarnos y llorar. Podríamos PUTEAR EN MAYÚSCULAS e indignarnos. Podríamos quedarnos en silencio y no decir nada. Podríamos escribir un ensayo sobre el origen de la violencia o un libro de investigación que desenmascare las redes de impunidad entre los poderes, o un poema para exorcizar el dolor, o una crónica periodística que condense en escenas y resúmenes los perfiles de ese montón de fantasmas que laten en cada rincón de Rosario. ¿Y de qué serviría? ¿Qué sentido tienen las noticias del día? ¿Qué podemos hacer ante tanta impotencia?

Cuántas veces hemos repetido los latiguillos de la prensa: esta es tierra de nadie, queremos justicia, basta de impunidad. Cuántas marchas, cuántas madres y padres del dolor, cuántas velas, cuánto duelo, cuánto velo ante tanta muerte acumulada.

Los muertos tienen nombres, Pablo. Vos los has contado. Vos lo escribiste en las páginas de El Decano. Lo has narrado en el éter de Rosario. Ellos se llaman Pocho, Meche, Leandro, Gabriel y ahora Sandro, tu hermano. Los muertos son pibes, amas de casa, empleados metalúrgicos, militantes, obreros, changarines y médicos. Los muertos son como los fantasmas de una ciudad hipócrita que se divide entre la farsa de un corredor al aire libre y la densidad del dolor que se replica en cada esquina. Una Rosario que agrupa violencia, que recluta soldaditos, que diseña un ejército de gurkas que se apañan detrás de los colores de las camisetas de fútbol. Una Rosario que camina en una espiral de crimen que parece infinito. Una Rosario de asesinos que están dispuestos a todo. Y ya no nos sorprenden.

¿Qué vamos a hacer? Encerrarnos. Escapar. Huir. Meditar. Resignarnos. Ojalá que no nos toque. Los funcionarios hablarán sobre los índices de violencia. Sacarán cuentas estadísticas. La Justicia dirá ‘caiga quien caiga’. La policía reunirá pruebas. Y estarán quienes pidan cambiar las leyes para incrementar las penas. Y habrá otros que nos compararán con México, o con Colombia, o con Afganistán como si el origen del mal viniera de lejos.

El dolor vuelve a tener nombre y apellido. Sandro Procopio. Arquitecto. Padre. 48 años. Hoy es tu hermano, Pablo. El hermano de un compañero, de un colega que con respeto y ética ha narrado durante casi veinte años las historias de una ciudad que una vez más nos deja huérfanos. Hoy volvió a suceder. Y podríamos hacer todo: abrazarnos, llorar, putear, indignarnos, escribir y quedarnos en silencio. Y nada será suficiente. Como estas palabras que escribo, querido Pablo, que no cambiarán el destino de un dolor sin sentido.      

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