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El Papa Francisco le tiende una mano al Estado Palestino

La impronta del Papa impacta una vez más.

El camino de los palestinos por alcanzar el establecimiento de un Estado soberano fue tortuoso desde el comienzo. Tras la Segunda Guerra Mundial se redactó el Plan de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para la partición del Mandato Británico de Palestina, que permitiría la creación de dos Estados, el de Israel y el de Palestina. La fundación del primero se produjo en 1948, pero no sucedió lo mismo con el segundo y a los palestinos nunca se le permitió ejercer el control efectivo de su territorio. En noviembre de 1988, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) declaró la independencia del Estado de Palestina y, en 1993, los Acuerdos de Oslo permitieron la creación de un gobierno autónomo provisional, la Autoridad Nacional Palestina (ANP), que administra desde entonces algunas zonas dentro de los territorios de Cisjordania y la Franja de Gaza, mientras el resto es ocupado por Israel. En 2011 la ANP solicitó la admisión de Palestina como Estado observador de la ONU, la que fue aceptada al año siguiente por la Asamblea General con 138 votos a favor sobre un total de 193 países. En breve y mediante la suscripción de un acuerdo referente a las actividades de la Iglesia Católica y la libre circulación de peregrinos cristianos en los territorios palestinos, el Vaticano oficializará su reconocimiento del Estado Palestino.

Hace más de veinte años que los palestinos negocian con el Vaticano para lograr su reconocimiento oficial como Estado soberano. Es decir que la diplomacia vaticana trabajaba en el tema desde tiempos de Juan Pablo II. Sin embargo, es evidente que más allá de los tiempos a veces extensos de la diplomacia, fue la decisión de Jorge Bergoglio la que definió de una vez por todas la posición de la Iglesia en un tema controvertido.

 

 

Para comprender en detalle los alcances de esta medida, es importante recordar que el Papa es un líder religioso pero también es un líder político, dada su condición de Jefe de Estado del Vaticano. En este sentido, el reconocimiento de Palestina como Estado independiente, tiene como efecto político directo que el Vaticano se suma a los 135 países que ya lo habían hecho con anterioridad. Sin lugar a dudas, el pueblo palestino siempre tuvo derecho a gozar de una entidad política soberana que lo acogiera, independientemente de que los vericuetos de la conveniencia de los países más poderosos del planeta se lo negaran.

Aquí entra en juego el sentido ético de la medida, que es mucho más profundo. El Papa Francisco es jefe político del Vaticano que es el Estado más pequeño del mundo. Pero su poder real no se asienta en ese hecho, sino en su condición de jefe de la institución religiosa con mayor alcance y logística en el planeta -la Iglesia Católica- con más de mil millones de seguidores en todo el mundo y con una influencia ética sobre una cantidad aún mayor de personas. En última instancia, el mensaje ético de Francisco es que hay que reconocerle a Palestina los mismos derechos que a Israel.

Uno de los sustentos ideológico-religiosos de esta postura tiene que ver con la convicción del Sumo Pontífice de que las tres grandes religiones monoteístas -cristianismo, islam y judaísmo- son hermanas en la fe y reconocen en Abraham a su padre común. Por eso se autodenominan “abrahámicas”. Y no es menor el dato de que el Papa sea de origen argentino. Porque quizás mejor que en cualquier otra parte del mundo, en Argentina -país receptivo de la más variada inmigración- han convivido como auténticos hermanos judíos y palestinos en un medio predominantemente cristiano que los acogió sin mayores dificultades. Bergoglio frecuentaba en Argentina a amigos musulmanes y judíos y siempre propició el diálogo intereligioso. Lo que antes hacía en miniatura en el contexto receptivo de Argentina, ahora intenta implementarlo en el más alto nivel de decisión global.

 

 

Con su decisión, el Papa está influyendo desde un punto de vista ideológico-religioso de una manera directa sobre pueblos enteros pero también sobre liderazgos políticos concretos para que se avance en el reconocimiento global de Palestina como Estado soberano. Recuérdese que Francisco visitará los Estados Unidos en septiembre de este año y se entrevistará con el presidente Barack Obama. El gobierno de los Estados Unidos es aliado estratégico de su par de Israel y se ha opuesto sistemáticamente a reconocer al Estado Palestino. Y he aquí uno de los motivos más importantes por los cuales Estados Unidos es constantemente denostado en el mundo islámico: se ha sentado a todas las mesas de negociación entre israelíes y palestinos en calidad de tercero imparcial, cuando de hecho benefició siempre a Israel.

Puede pensarse que es improbable que el gobierno estadounidense cambie su tesitura en este tema de su política exterior, pero los hechos demuestran que era igualmente improbable que lo hiciera en la relación con Cuba y sin embargo lo hizo. Y en ese caso, Francisco fue quien acercó posiciones.

 

 

Respecto del asunto palestino, dos de los actores principales se repiten: Francisco y Obama. La postura del Papa es clara, aunque hay que destacar que respecto del caso cubano fue extremadamente astuto al anteponer al cristianismo como elemento común o unificador sobre las diferencias ideológicas y económicas que distanciaban a Cuba y Estados Unidos. En el caso palestino eso no sería tan sencillo, pues no podrá anteponer al cristianismo por sobre otras dos religiones. Quizás sea por eso que, en este caso, Francisco eligió directamente el camino de la  política a secas.

De Obama debe decirse que fue uno de los presidentes estadounidenses que más frecuentemente desairó los reclamos del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y que más cerca estuvo de comprender la realidad de los palestinos. Es el mandatario que resolvió una crisis de más de más de 50 años con Cuba y está en las vísperas de resolver otra de más de 20 años con Irán. Obama parece entenderse con Francisco. Y Obama quiere reservarse un lugar destacado en los libros de historia cuando deje la presidencia en 2017.

Pero independientemente de lo expresado, hay cuestiones más inmediatas y tangibles que provocan una inusual confluencia de intereses entre ambos líderes. Los estragos causados por el Estado Islámico (ISIS) en un Medio Oriente convulsionado, los llevó a la convicción de que hay que separar la paja del trigo. ISIS no es sinónimo de Islam. Y la única manera sustentable de restarle adeptos a esa y a otras organizaciones islámicas extremistas es serenando la región y aplicando criterios de justicia en casos emblemáticos como el palestino. “Si quieres paz, trabaja por la justicia”, sostuvo alguna vez otro Papa. El reconocimiento del Estado Palestino por parte del máximo referente del cristianismo católico es en sí mismo un mensaje de justicia y paz destinado a todo el mundo islámico y apunta a desalentar la vía violenta para la resolución de los conflictos.

 

 

No obstante lo dicho, el reconocimiento oficial del Estado Palestino no será gratuito para Francisco. Le traerá conflictos con el gobierno israelí y también con los sectores más conservadores de distintas sociedades, como la estadounidense.

Pero ninguna decisión puede conformar a todo el mundo y hay que priorizar. Desde el inicio de su pontificado, Francisco, que entiende la política y prioriza, ha establecido su propia agenda sin permitir que nadie le fije ni los temas ni los tiempos. La defensa de los sectores más desprotegidos, de los pobres y de los débiles, se encuentra en el tope de esa agenda. Y no cabe duda de que en la larga y dura historia de Medio Oriente, el pueblo palestino ha sido el más desfavorecido.

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