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El Cabezón Enriotti, un barra que ardió en su propia hoguera

Lideró la barrabrava de Rosario Central entre los ‘80 y ‘90. Quienes lo conocieron lo recuerdan aquí como violento al extremo, y vinculado a rubros diversos del delito. Lo mató su mujer, harta de su maltrato. Así encontraron en su casa un cheque firmado por el ex presidente canalla, Víctor Vesco. fue la primera prueba veraz de la relación entre barras y dirigentes

El Cabezón era un tipo duro de Parque Casas; boxeador, guardaespaldas, ladrón, perverso y cocainómano. Mató a su mejor amigo y lo mató su novia. Protagonista de fugas y peleas, fue el Capo de la barrabrava de Central parte de los ‘80 y los ‘90. El día que la policía fue a buscar su cadáver a la casa en la que vivía junto con su asesina, los uniformados se toparon con un documento que dejó al descubierto la corrupción en la que estaba inmersa el club de Arroyito.

Los menchos de Parque Casas

Se llamaba Sergio Enriotti, pero todos lo conocieron como El Cabezón. Fue el líder de un grupo de muchachos de barrio Casiano Casas que ostentaban prontuarios sobresalientes. Entre sus filas caminaron ladrones y narcos de la ciudad que por ese entonces estaban haciendo sus primeras experiencias delictivas. “Un par eran albañiles, pero la mayoría eran delincuentes; todos boxeadores y si te metías con uno te la daban entre todos”, contó a Rosarioplus.com un muchacho que los conoció de cerca.  Sergio era el más pesado de todos, un tipo complicado al que le temían hasta sus allegados más íntimos.

La banda de Casiano Casas, con Enriotti a la cabeza, empezó a ir a la popular del Gigante entre el ‘83 y el ‘84. Antes de eso,  el Cabezón y sus muchachos solían ir a ver a Argentino de Rosario. Una noche tuvieron una pelea en el bufet del club salaito con los muchachos de Gustavo Chueco Digiacomo; si bien pintaba feo el panorama, la disputa no pasó a mayores; después de un par de piñas los grupos se calmaron y el Chueco, que hacía rato era de la banda de Central, los terminó invitando a ir con él a la cancha.

“Somos los menchos de Parque Casas/

El que no es chorro, es criminal/

El más cobarde mató a su madre,/

Y el más valiente, pá que le vamo'hablar”

El Cabezón no tardó en hacerse conocido en los paraavalanchas del Gigante y de algunos de los capos del momento, entre ellos Vitamina Barberis, que lo adoptaron entre sus filas.

“Sergio era muy bravo. Mataba por encargo; en general lo hacía en otras provincias. El cliente marcaba a la víctima, iba, se la daba y desaparecía un tiempo. En Rosario trabajaba de guardaespaldas de un vicegobernador, uno que después estuvo preso por un tema con juguetes”, contó un vecino del barrio del Cabezón.

Los cabezones

El mejor amigo del Cabezón Sergio era, casualmente, un habitué de la tribuna de Newell´s Old Boys, El Cabezón Nelson, de Villa Churrasco. Se conocían desde muy pibes; cada uno comandaba su grupo de muchachos, pero entre ellos no había broncas. Sí era bastante común que se agarraran a las piñas, “pero siempre eran cosas de limados; al rato se amigaban”, explicó alguien que los conoció de cerca. 

Los cabezones patearon juntos las calles de Rosario; compartieron las primeras experiencias delictivas y, a fuerza de golpes, se convirtieron en hombres de respeto.

Pero en una de las tantas noches de excesos, con los colores de las camisetas como excusa, Sergio y Nelson vivieron su última anécdota.

Fue un domingo de 1985, después de un clásico que ganó Central. Los dos capos de la zona noroeste fueron a jugar un pool a Taorina, un bar que estaba en Sorrento y bulevar Rondeau, junto con otros amigos. Sergio venía con el ego cargado por el triunfo y Nelson tenía mucha bronca encima; los dos estaban muy locos. Excusas no faltaron. “Estaban los dos muy puestos y borrachos. Sergio lo empezó a verduguear y terminaron a las piñas”. Al parecer Nelson le pegó bastante a su amigo, que medio noqueado, sacado por toda la locura que se había metido por la nariz, desconoció a su amigo y sacó un arma. Varios de los muchachos que estaban con ellos le pidieron que pare, pero Enriotti estaba fuera de sí y le disparó. “El Sergio no lo quería matar, le tiró a las patas, pero le pegó en la arteria femoral y Nelson se terminó desangrando en la vereda del boliche”, contó un testigo de la pelea.

Cárcel y Fuga

El Cabezón Enriotti cayó en cana por la muerte de su amigo y fue a parar al penal de la Alcaidía. El homicidio de su amigo lo había dejado bastante loco, y el médico de la cárcel ordenó que lo empiece a atender un psiquiatra; pero, como en el penal no había ninguno, al Cabezón lo llevaban una vez por semana a un consultorio particular. “Vitamina (Barberis) se enteró de que lo sacaban de la cárcel para que lo atiendan de la cabeza y arrancó a hacer inteligencia, para conocer todos los movimientos que hacían en el traslado y encontrar la forma de sacarlo”, explicó un allegado a Barberis. A Sergio lo trasladaban en un auto 3 policías. Paraban frente a la oficina del psiquiatra, bajaba el trío de uniformados, con el Cabezón en el medio; uno entraba al consultorio con él y otros dos hacían guardia en la puerta.

Vitamina, que por ese entonces tenía buena onda con el Cabezón, se puso a la cabeza del operativo. Sabían donde estacionar, cuando atacar y por donde rajar.

Habían pasado tres meses del homicidio de Nelson. Barberis y una pareja fueron en su Fiat 147 verde hasta la zona del consultorio. Pararon en frente y esperaron el momento adecuado. Es muy posible que vieran llegar el móvil y bajar a los tres policías, con el Cabezón esposado entre ellos; tal vez Enriotti los pudo ver de reojo mientras los policías le marcaban el paso hasta la entrada del consultorio. El comando de Vitamina dejó que pase un tiempo prudencial antes de salir del Fiat. Caminaron juntos por la vereda, charlando tranquilos y se pararon frente a los dos custodios. Ella les habló en forma amable a los muchachos de azul. Es muy probable que Vitamina y su otro acompañante aprovecharan el momento para reducir a los milicos, apoyándoles en la espalda el caño frío de las pistolas. Después, sólo tuvieron que esperar que el Cabezón y su carcelero salieran de la consulta. Eran 3 y tenían dos rehenes; el intercambio de prisioneros fue una transacción muy simple.

Con el Cabezón Sergio sentado en el asiento de atrás, el grupo que comandaba Vitamina se escapó en el 147 hasta Funes; ahí bajó Enriotti y sus salvadores se fueron. El fugitivo quedó a cargo de otro cómplice, que lo trasladó a Camilo Aldao y de ahí a una localidad de la provincia de Buenos Aires.

 

Contra San Martín de Tucumán

Según cuentan los que lo conocieron, en la clandestinidad El Cabezón empezó una nueva etapa de su vida; mucho más extrema que la anterior; ya que había quedado muy loco. Tuvo que  dejar de ir al Gigante porque la Policía lo tenía marcado; pero siguió yendo a los partidos de visitante. Según un viejo barra canalla, uno de los momentos de furia más recordados de Enriotti ocurrió durante un viaje a Tucumán. El Cabezón no se podía subir al colectivo en Rosario, así que viajaba hasta la primera parada de la comitiva canalla y ahí se sumaba a sus compañeros de tribuna. Aquel día, subió al bondi muy sacado y, con un arma en la mano, hizo que los pasajeros corearan su nombre: “Borombombón, borombombón, esta es la banda del Cabezón” gritaron todos con una mezcla de bronca y miedo.

Ni bien llegó, hizo que una de las chicas que viajaba en otro de los colectivos, que era streeper, subiera a su micro. La bailarina era muy popular entre la muchachada; ellos le cantaban “negrito cuando yo bailo, y bailo de noche y día, a todos los vuelvo locos con la azul y amarilla” y la chica mostraba los pechos. Pero el Cabezón, que ya la tenía junada de antes, quiso que la chica baile sólo para él. Y todo estalló.

“No se bien que fue lo que pasó, pero Sergio le terminó poniendo una piña y tirándole uno de los pocos dientes que tenía la pobre piba”, explicó uno de los testigos. Dos muchachos se levantaron de sus asientos e intercedieron por la chica; el Cabezón reaccionó y sacó su revolver. Uno de sus contrincantes corrió despavorido y se escondió en el baño del micro. Sergio corrió atrás de él, zamarreó un poco el picaporte y, al no poder abrir,  le metió 3 tiros. La cerradura se rompió, pero cuando Enriotti abrió la puerta su rival ya no estaba, se había tirado por la ventanilla. Enfurecido, el pistolero volvió sobre sus pasos y le apuntó a otro de los muchachos que le había hecho frente. Cuando el capo canalla le estaba por disparar, se levantó otro de pasajeros: “Si vos le das un tiro a mi amigo, me tirás a mi”. Enriotti no dudó y le gatilló un plomo al tercer contrincante; después ordenó que pare el colectivo, tiró al baleado a la ruta y le hizo un gesto al chofer para que arranque de nuevo. No conforme con lo que ya había hecho, en el estadio tucumano mandó a apuñalar a un compañero de paraavalanchas.

“Era muy violento, por ahí agarraba a uno de los pibes que lo acompañaba, le ponía una bolsa de merca al lado y lo obligaba a tomar, poniéndole un arma en la cabeza”, explicó a Rosarioplus.com un muchacho que lo conoció de cerca.

Con Vitamina Barberis terminaron peleados; incluso se tirotearon en más de una ocasión. Una vez, yendo al ex Chateau Carreras (estadio mundialista de Córdoba) Vitamina lo encaró en medio de la ruta y le dijo “Sergio, la verdad me tenés hinchado los huevos”, desenfundó un revolver 22 y disparó un par de balas en dirección a donde estaba el Cabezón. Sergio ni se inmutó, sabía que Vitamina no era un gran tirador y si lo hacía, no apuntaba a matar. “Se le cagó de la risa. Cuando termino de disparar el Vita, sacó él una 9 mm y le apuntó a la cabeza, pero se le trabó el arma”, relató un testigo.

El último amor

El Cabezón, con la ley encima y todo, se las arregló para hacer carrera en la tribuna del Gigante. Cayó preso muchas veces más y se fugó otras tantas. Era un especialista de los negocios turbios, el choreo y los aprietes. “El Sergio fue empeorando. Con cada año se ponía más loco; entongado con la Comisión Directiva de Central, siempre arreglaba todo con el escribano (Víctor Vesco). También manejaba putas, les hacía de cafisho. No se privaba de nada” le contó a Rosarioplus.com un muchacho que lo conoció de cerca.

Pero, con sus miserias y todo, Enriotti llegó a enamorarse; o por lo menos se encariñó con una chica. Graciela tenía 18 años, Sergio 37; salieron un tiempo y como la cosa venía en serio se mudaron juntos a finales de 1995. Vivían en una casa de planta alta, en la esquina noreste de Warnes y Baigorria, en Alberdi; un departamento lindo, luminoso, con grandes ventanas en cada uno de los ambientes y un balcón espacioso en el que se podía colgar la ropa y hacer un asado. En frente tenían la panadería “La Argentina”, que era atendida por dos inmigrantes italianos. De todas maneras, las cosas no anduvieron bien y duraron poco.

Sergio estaba más violento que nunca y Graciela la pasó muy mal. La golpeaba por cualquier cosa; cuando se enojaba mucho llegaba a darle culatazos en la cabeza con su Browning de nueve milímetros. Por ahí se enojaba, se iba de la casa y la dejaba encerrada por dos o tres días. Pero tal vez en esos momentos era cuando la chica mejor estaba.

Según contó un compañero de paraavalanchas, el Cabezón comía todo con mostaza, le encantaba y no tener un pote de “Savora” en la mesa podía hacerlo explotar de ira. “Una vez la piba le hizo panchos y se olvidó de comprarle el aderezo. El Sergio se puso tan loco que sacó el arma, se la puso en la cabeza y la obligó a desnudarse. Después la puso de cuatro patas arriba de la mesa y le dijo que si no se comía los 12 panchos la mataba”, contó el barra, quien agregó que Graciela cumplió con el pedido de su pareja, lo tuvo que hacer sin tomar una gota de agua. Cuando se terminó de tragar el último pedazo de pan, pálida y sudada por el esfuerzo y el miedo, se desplomó y cayó de la mesa al piso, desmayada.

En total, Sergio y su novia vivieron juntos nueve meses. Sus vecinos no llegaron a conocerlos; se enteraron de quienes eran “el día del quilombo”. Ellos no interactuaban con los demás. Llegaban y se iban de la casa en un Ford Sierra o en una moto importada que tenía Enriotti.

El miércoles 16 de octubre, luego de un nuevo episodio violento del Cabezón, Graciela se hartó. Explotó. Él había tomado unos calmantes y se había quedado dormido viendo la televisión. Babeaba. Ella agarró la Browning por el mango, el mismo que le había roto la cabeza tantas veces y se fue al encuentro de su novio. Tal vez se quedó mirándolo un momento, apretando los dientes, sudando frío por la bronca o el pánico que le corría por el cuerpo. Gatilló cuatro veces; dos plomos a la cabeza y dos plomos al pecho; para estar segura. Un rato más tarde, fue con su mamá y se entregó en la comisaría 13º, de San Nicolás al 2000.

Cuando los uniformados fueron a buscar el cadáver del Cabezón Enriotti encontraron en la casa un cheque de 500 pesos a nombre de Víctor José Vesco, Roberto Gastaldi y Roberto Muñoz, el presidente, vice y tesorero de Rosario Central de ese entonces.  Luego se supo que de los 3 nombrados, sólo el escribano lo había firmado y que las otras dos firmas pertenecían a otros dos dirigentes: Juan Carlos De Felice y Oscar Mendoza.    

Graciela fue condenada por el homicidio a dos años de prisión, por el juez Carlos Carbone.

Al momento de su muerte, el Cabezón tenía cinco pedidos de captura.

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