Adiós, rey Giorgio

Un análisis sobre la renuncia del presidente italiano y su impacto para la comunidad italiana que vive en Argentina

Hace pocos días, el presidente italiano, Giorgio Napolitano, renunció a su cargo. La noticia reviste una importancia particular para la amplia comunidad italiana que vive en Argentina y una importancia mayúscula para la comunidad política global, que observa cómo una de las pocas figuras ejecutivas intachables del planeta se despide voluntariamente del poder.

            El “rey Giorgio”, como se lo llama cariñosamente en Italia dada su prolongada carrera y por el hecho inédito en la vida publica italiana de haber sido el único presidente reelecto en la historia del país, volvió a su despacho de senador vitalicio dejando su rol de árbitro de la política italiana no tanto por sus noventa años de edad como por el agotamiento ético de las formas de esa política, signada por Silvio Berlusconi y su eterna persecución por satisfacer sus propios intereses, la ambición desmedida de poder del joven primer ministro, Matteo Renzi, y los embates antisistema de Beppe Grillo y su movimiento Cinco Estrellas.

            Primer presidente de origen comunista en Italia, Napolitano luchó activamente contra en fascismo y fue parlamentario desde joven. Ocupó cargos de envergadura como el de presidente de la Cámara de Diputados o el de ministro del Interior. La prensa italiana destaca por estos días su virtud -algo poco habitual- de haber hecho siempre lo que había que hacer en el momento indicado: la batalla contra el fascismo, la construcción de una república constitucional y su compromiso con las instituciones democráticas.

            Al rey Giorgio le tocó lidiar con la debilidad del sistema de partidos italiano, en constante gresca entre ellos, con permanentes chicanas que han costado la caída de gobiernos enteros y siempre autistas ante las necesidades de una ciudadanía que por sentirse tantas veces subrepresentada, se ha ido echando en brazos de elementos de peligrosidad, como la ultraderecha reaccionaria y xenófoba o el movimiento Cinco Estrellas que directamente apunta a dinamitar el Sistema Político tal como es ahora. Es menester sostener que con ese mismo Sistema, tan imperfecto, los italianos se las han ingeniado para convertirse desde las postguerra en uno de los siete países mas poderosos de la Tierra.

            Esa debilidad institucional de los partidos políticos tradicionales lo obligaron a repetir el mandato, a forzar hasta el límite sus prerrogativas constitucionales, a proponer a técnicos para ocupar el cargo de primer ministro -Mario Monti y Enrico Letta- que después fueron derribados por ajustes de cuentas partidistas. Tuvo que utilizar al máximo sus dotes políticas para negociar con una figura tan compleja como la de Berlusconi, magnate de los medios de comunicación, dueño de la mayor partes de los votos en Italia y en permanente defensa en los tribunales por los múltiples hechos de corrupción que se le imputan. Berlusconi es actualmente el dueño de la primera minoría de los votos parlamentarios, los cuales no le alcanzan para encumbrarse en el poder nuevamente, pero le da la influencia necesaria para permitir u obstaculizar el natural desenvolvimiento de la vida  política italiana. Esa influencia la aprovecha Berlusconi -como siempre lo hizo- para obtener salvoconductos judiciales que le eviten ir a prisión, es decir, para su propio beneficio personal.

            Giorgio Napolitano es exactamente el opuesto de Berlusconi. Es un trabajador de la política, postergó muchas veces su beneficio y su tranquilidad, en defensa de los intereses de los italianos, como lo hizo cuando acepto ser reelecto a sus 87 años porque los parlamentarios no podían ponerse de acuerdo para elegir un sucesor.

            Un año después de la desaparición física de Nelson Mandela -uno de los más grandes lideres mundiales de los últimos 60 ó 70 años- el paso al costado de Napolitano deja un amargo sabor a orfandad en la política mundial que oscila peligrosamente entre el liderazgo de tecnócratas insulsos y auto proclamados salvadores mesiánicos.

            Conmueve observar la claridad de ideas de un político que sabe que el poder es un medio para hacer algo por el otro y no un fin a alcanzar para uno mismo. Adiós, rey Giorgio. Lo vamos a extrañar.

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