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Aarón, el pibe de Ludueña que le ganó a la muerte

En 2013, con apenas 13 años, a Aarón Molina lo balearon dos veces en un lapso de cuatro meses. Milagrosamente, sobrevivió. Sufrió más de 20 operaciones y una estadía de casi un año en el hospital. Hoy, con muletas y casi sin poder moverse, lucha por salir adelante

En Rosario, la muerte suele ser el común denominador de la mayoría de las crónicas policiales. Más aún si los protagonistas son adolescentes, si los sucesos que se narran ocurren en la periferia de la ciudad y si la noticia está atravesada por balas y droga. Algunas historias, sin embargo, tienen un final distinto. Perturbador y muy violento, aunque menos trágico. En la crónica de Aarón, un pibe de Ludueña, no aparece la palabra muerte. Hay un chico implicado, hay un barrio postergado, hay balas --muchas balas-- y hay droga de por medio. Pero también hay vida. Y una conmovedora lucha por torcer un destino que parecía inevitable.

Aarón Molina tiene 15 años. Su delgado y frágil cuerpo sufrió más de 20 operaciones en los últimos dos años. Le cuesta sonreír y camina lo justo y necesario. “Está un poco deprimido, tiene sus días, pero es un remador. Sueña con volver a ser el de antes”, le cuenta Vanesa, su prima, a Rosarioplus.com.  “Lo más traumático  --agrega la chica con cierto pudor-- es el ano contra natura, vive con una bolsita pegada a su cuerpo”, señala haciendo referencia a la operación quirúrgica a la que fue sometido para poder evacuar la materia fecal.   

Vanesa, prima de Aarón. Imagen documental “Ciudad del boom, ciudad del bang”.
 

 

La historia de Aarón desnuda como pocas el absoluto desamparo en el que viven miles de pibes de Rosario que buscan a través del negocio de la droga escaparle a un destino del que reniegan día a día. Sobrevivió a dos balaceras. En enero de 2013, un disparo se incrustó en su pelvis. A principio de abril, a sólo cuatro meses del primer ataque, una segunda bala le perforó el abdomen.    

Las dos veces fue atacado en el mismo lugar, en la calle Pedro Lino Funes, en la intersección con las vías del ferrocarril. En ambas ocasiones le dispararon desde una moto. Los agresores lo interceptaron, lo arrinconaron y, con saña, apretaron el gatillo. El segundo balazo dejó a Aarón al borde de la muerte: un mes en terapia intensiva y 330 días postrado en la cama de un hospital

La Policía enmarcó los ataques contra Aarón en la figura de moda de estos tiempos, un móvil que ayuda a dormir sin culpas: el ajuste de cuentas. Según esta hipótesis, el adolescente “molestaba” porque les robaba a quienes compraban drogas en los búnkers de la zona.

En aquellos meses, su familia contó otra versión. En una conferencia realizada en el Bodegón Cultural Casa del Pocho, en Tupac Amaru y Teniente Agneta, en el corazón de Ludueña, los militantes sociales del barrio denunciaron que Aarón era otra víctima más del “desenfrenado y oscuro” negocio del narcotráfico. La versión de su círculo íntimo es que no le perdonaron nunca el haberse "alejado de su tarea de soldadito".

“Los del búnker lo metieron dentro de una casilla y le pegaron un tiro. Ellos manejan el barrio, son los dueños de este lugar. Compran los ranchos por 25 mil pesos y ahí arman el kiosco de droga. Están pudriendo a los pibes”, contaba Sandra, la mamá de Aarón, a los pocos periodistas que cubrieron aquella rueda de prensa.   

Sandra, la mamá de Aarón. Imagen documental “Ciudad del boom, ciudad del bang”.
 

 

Tras el segundo balazo, Aarón estuvo internado varias semanas en el Hospital de Emergencias Clemente Alvarez (HECA). Cuando su estado dejó de ser crítico, fue traslado al hospital Carrasco, donde pasó casi once meses internado: le extirparon parte del abdomen, le colocaron un injerto y lo abrieron para unirle el intestino, entre otras operaciones a la que fue sometido.

Con el tiempo dejó la silla de ruedas. Ahora se traslada con muletas, aunque sale muy poco de su casa. “No lo molestaron más, todo el mundo se olvidó de él”, señala Vanesa. La familia Molina aún recuerda las incursiones de Aarón por las aulas de la Secretaría de la Niñez. En 2012, antes de las balas, había participado de un curso contra las adicciones. Nadie en aquel momento imaginó que las marcas de la droga eran tan difíciles de borrar.

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