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¿Por qué los extranjeros eligen visitar Rosario?

Es temporada alta de turismo y gente de todas parte del mundo llega a la ciudad por primera vez. Qué motiva a los jóvenes internacionales que llenan los hostels a poner a la cuna de la bandera como una de sus paradas en el viaje

Enero, calor. Sinónimo de vacaciones para muchos. Miles de rosarinos dejan la ciudad, reposera en el baúl, para partir hacia distintos destinos donde relajarse. Los que pueden, incluso salen del país y se embarcan en aventuras internacionales. Pero este movimiento no va en una sola dirección: cientos de extranjeros llegan a Rosario desde tierras lejanas para pasar sus vacaciones. Sí, vienen acá, por raro que suene.

Los hostels, claro, son el alojamiento preferido para los jóvenes turistas que arriban a la ciudad. Precios accesibles, códigos internacionales de buena onda, ambiente juvenil. En el microcentro de la ciudad, los hostels se acumulan por cuadra y las habitaciones se llenan rápido. En algunos la capacidad está casi completa durante toda la temporada. 

La Casona de Don Jaime, en San Lorenzo al 1500, aloja hacia finales de enero a todo tipo de visitantes del otro lado del océano. “Muchos europeos pero sobre todo israelíes”, cuenta la empleada. ¿Se podrá hablar con alguno? Son un poco más de las once de la mañana de un lunes, pero los chicos duermen. “Están de vacaciones”, dice la chica desde atrás del mostrador, “algunos se levantan temprano para recorrer pero la mayoría aprovecha para descansar”.

En La Casa de Pandora, que se erige sobre el tradicional bar La Sede, en la esquina de Entre Ríos y San Lorenzo, está parando Quentin, un francés de 23 años que es uno de esos que no quiere perder tiempo. Estudia en Mendoza desde hace cinco meses y habla perfecto español. Casi como cualquier argentino, salió a vacacionar por el país en verano. Mientras desayuna tostadas con dulce de leche y fuma un cigarrillo, cuenta que sólo va a pasar dos días en la ciudad así que, apenas se levante su novia que vino a visitarlo desde Francia, van a salir a caminar por el río y ver si pueden comer típico pescado rosarino en algún lado. Más tarde esa noche, parten para Iguazú a conocer las cataratas, un destino que parece obligado para los que están en plan de tour por Argentina.

Quentin y su novia llegaron a Rosario el domingo, cuando todavía hacía un calor asfixiante. “Hace mucho calor, como en toda Argentina, pero no nos molestó. Fuimos al Monumento, al Museo de la Bandera”. Es que, cuando las horas para conocer una ciudad son contadas, no hay tiempo para recluirse con el aire acondicionado a esperar que baje la temperatura. “Vinimos a Rosario porque amigos de afuera y de acá nos dijeron que era muy lindo para conocer, y como nos quedaba de paso en camino para Misiones, decidimos pasar unos días”, dice Quentin sonriendo mientras mira el cielo. “Y sí, la verdad es que es muy bonito, muy amigable, nada que ver con Buenos Aires que es gigante”, concluye.

Pasado el mediodía, en el hostel Cool Raul, apenas a una cuadra de La Casona, hay visitantes que ya no duermen. Shir tiene 22 años y, como tantos otros compatriotas suyos, llegó de Israel a recorrer toda la Argentina. La visita masiva de israelíes al país es todo un fenómeno: en todos los hostels cuentan que de noviembre a marzo, no dejan de tener huéspedes de ese país. “Terminan el Ejército y salen a viajar por el mundo, un año o menos, según lo que puedan. Eligen mucho Sudamérica o Asia, porque les conviene el cambio”, explican los empleados de los alojamientos, acostumbrados a escuchar las historias de los chicos y chicas. 

La mayoría sigue un tour más o menos parecido por la región: arrancan en Brasil y bajan hacia Argentina, o lo hacen en el sentido opuesto. Este último es el caso de Shir, que voló hasta el sur e inició su camino en Ushuaia. Fue subiendo por la Patagonia y hace tres días que está en Rosario. Aunque algo de español entiende, prefiere el inglés. Si bien formalmente viaja sola, insiste en que es casi imposible estar sola porque en todos lados encuentra compañeros viajeros con quienes compartir tramos del recorrido. En su caso, siguió un itinerario que habían hecho amigos y que incluye Argentina y Chile, pero no Brasil.

”Me lo estoy tomando con tranquilidad, son mis vacaciones”, cuenta, todavía un poco somnolienta, justificando el horario en que arranca su día. “La ciudad es muy linda, paseé por el centro. Hoy quiero ir al Parque, al río, me dijeron que hoy está perfecto para caminar por ahí”, dice entusiasmada. Claro, la pregunta del millón, siempre es por el calor: “Para mí no es demasiado porque estoy acostumbrada, pero sí, ayer hacía mucho calor”, explica Shir, recordando el clima de su país. 

La encargada de otro hostel cuenta que un motivo por el que muchos eligen poner Rosario en sus recorridos es la posibilidad de hacer skydiving (paracaidismo) a precios accesibles. “Para nosotros es caro pero para ellos es muy barato, y hay muchos lugares para hacerlo en localidades cercanas o acá en las afueras. Vienen varios paquetes para turistas y es lo primero que te preguntan cuando llegan”, explica mostrando folletos y posters que promocionan la actividad. ¿Quién lo hubiera pensado? Rosario capital de paracaidismo.


Jeff viene de Irlanda y tiene 26 años. Viaja con tres amigos más pero, sí, están durmiendo. “Nos acostamos tarde, generalmente. Siempre hay algo para hacer de noche”, cuenta con notable espíritu de fiesta y un irremediable acento irlandés. A Jeff y los suyos, más que el paracaidismo, les interesa conocer gente y mimetizarse con la cultura local. Lleva cinco días en Rosario y el tono rojizo de su piel blanca, indica que el calor lo afectó un poco: “¡Nunca había tenido tanto calor en mi vida!”, exclama sorprendido. “El viernes creo que fue, salimos a caminar y nos quemamos. Deberías ver a uno de mis amigos, parece un tomate”, dice divirtiéndose a costa de su compañero. 

¿Cómo llegaron desde las frías tierras de la isla irlandesa a Rosario? “Unos amigos habían viajado por Sudamérica hace unos años y les había encantado. Nos recomendaron varios lugares y sentimos que definitivamente teníamos que venir a Argentina. Siempre me pareció un lugar muy genial. Y amamos Rosario porque tiene como un equilibrio entre mucha actividad y tranquilidad. No nos queremos ir”, analiza Jeff, con ojo crítico.

A pesar de que los motivos cambian y varían, responden a historias de vida o trasfondos culturales de lo más diversos, todos los visitantes coinciden en algo: elogiar la buena onda rosarina. Shir cuenta que cuando ella y dos amigas llegaron a la Terminal, no conseguían un taxi que quisiera subirlas con sus suculentas mochilas, pero que rápidamente fueron ayudadas por unos chicos, que además se encargaron de recomendarles zona para conseguir hostels. Quentin está encantado con los argentinos general desde que arribó a finales de agosto: “Son muy abiertos, muy buena onda”. Y afirma que los rosarinos no son excepción. Jeff no puede creer la facilidad con la que hace amigos todas las noches en los bares. Recuerda a un grupo de chicas que conocieron por Pellegrini el sábado a la noche y lo mucho que se divirtieron entre todos. 

A algunos motivos más esperables, como aparecerse ante los visitantes como una metrópolis menos intimidante que la ciudad de Buenos Aires, el atractivo turístico que presentan el río y los espacios verdes o el Monumento, se suman otros menos obvios para los locales: la buena onda de la gente, la diversidad de la movida nocturna, o la posibilidad de hacer paracaidismo. Por un cruce único de estos factores, y de muchos otros, Rosario resulta un destino recomendado en los itinerarios de los jóvenes turistas extranjeros que llegan al país. Por ahora, los ojos foráneos dan el visto bueno.

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